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En la visión oriental la divinidad es infinita o ilimitada pero también absoluta o concentrada en sí, aunque se dispersa en dioses, diosecillos, ángeles y démones de significación ambigua o ambivalente. El soberano oriental o déspota refleja esa infinitud divina como poder absoluto, mientras que en Confucio la tierra está regida por el orden absoluto celeste y sus leyes armónicas. El imperio de la ley que se encarna en el emperador promana directamente del empíreo.

En la versión occidental de Dios este comparece desde los griegos como una divinidad directamente absoluta o absolutista, tipo Zeus o Júpiter, si bien acompañado de otros dioses cuasi democráticamente. En Platón Dios personifica la idea de la verdad suprema frente al hombre relativo y relativista movido por la erótica del amor y la búsqueda o deseo insaciable. El propio Aristóteles representa al Dios como motor inmóvil que todo lo mueve, como éxtasis o estado de perfección frente a la complejidad humana. Por lo que respecta a los diablos o demonios obtienen un contrapunto matriarcal frente al ser del Dios padre, representando lo indefinido y el devenir, lo caótico matricial originario de todo.

La gran revolución humana del Dios ocurre con el judeocristianismo. En el judaísmo Dios parece el Ser supremo absoluto que se define ante Moisés como “Yo soy el que soy”, pero cuya expresión hebrea no denota un ser esencial sino un ser existencial que se define como “Yo soy el que estoy con vosotros”. En el propio cristianismo se radicaliza esta estancia existencial del Dios, encarnado en el genial profeta Jesús de Nazaret. El Dios cristiano mantiene la infinitud oriental pero atemperada por el tiempo de su encarnación o encarnadura. Aquí Dios ya no mueve inmóvilmente al amor, sino que es el mismo amor como motor móvil de la creación.

En este sentido el Dios cristiano es infinito o abierto y no absoluto o absolutista, por eso Tomás de Aquino lo define como el ser de la vida. Aunque luego ese ser vital queda enmarcado medievalmente como el Ente supremo y, por tanto, absoluto. Es la traducción/traición eclesiástica de la divinidad evangélica abierta, una tradición que revierte al Dios infinito en Dios absoluto, tratando de realizar una concordancia greco-cristiana que en realidad chirría. Heidegger ha intentado una mejor síntesis al concebir al ser que refleja al Dios como el infinito cuasi espacial (a lo Newton) pero encarnado en el ser temporal del mundo.

Desde esta perspectiva, el diablo es la negación de la infinitud en nombre de la impura finitud, así pues la denegación de la trascendencia en nombre de la inmanencia. Por eso en cierta tradición el diablo es el ángel caído por no querer venerar al hombre y su contingencia, algo que le muestra tan inteligente como sin corazón o compasión. Como muestran las tentaciones del diablo a Jesús, aquel trata de reducir la infinitud divina al absoluto cerrado del poder o dominio totalitario, propio del gran Inquisidor con su dogma/doma de la humanidad.

Fue el romanticismo radical el que invierte los términos y propone un diablo joven, rebelde e infinito contra el viejo Dios absolutista, un buen diablo anarcoide y disolutorio del poder que ostenta el mal Dios prepotente. Blake representa esta lucha romántica de la sombra y lo oscuro (black) contra la luz, aun sabiendo que la luz solo puede brillar en las tinieblas. El diablo se acabará convirtiendo en el señor de la materia impura, y Dios en el señor del espíritu puro. El propio Goethe presenta a su Fausto como un héroe simpático en contacto con el demonio mefistofélico y abierto. En definitiva, el diablo es ahora el emancipador o liberador del hombre del yugo divino o celeste. Será el existencialismo radical el que continúe esta revisión del buen demonio y del mal Dios, recogida por cierta progresía apresurada apresuradamente.

En efecto, el idealismo alemán se encargará de realizar una última síntesis tratando de redefinir a Dios junto al diablo como una unidad dialéctica de infinito y absoluto, de apertura y cerrazón, de existencia y esencia, con el peligro de recaer en un incierto panteísmo confusor de Dios y el diablo. Quizás sea la hora de traspasar del panteísmo confusor a un humanismo radical, en el que el Hombre encarna la extraña mediación de Dios y el diablo, infinito y absoluto, eternidad y tiempo, espíritu y materia.

   
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