VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

 

Se supone que quienes participamos en el culto de una Iglesia como la nuestra, que se dice fundada por Jesús de Nazaret, somos seguidores suyos, y como tal solemos definirnos. Pero esto es muy cuestionable, como vamos a ver. Podemos dejar de lado la cuestión, tan debatida, de si Jesús quiso instituir una Iglesia de alguno de los tipos que conocemos. Parece claro que él presuponía que sus seguidores continuarían organizados de alguna manera. Por ejemplo, cuando decía: Sabéis que los príncipes de las naciones se enseñorean sobre ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no ha de ser así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, sea vuestro servidor; Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, sea vuestro siervo. (Mateo, 20:25-27), estaba dando por sentado que sus discípulos seguirían agrupados en algún tipo de colectivo, pero él no recetaba formas concretas de organización, solamente formulaba líneas generales, principios, como el de excluir el dominio de jerarcas y sustituirlo por servicio a la comunidad. La comunidad en cuestión estaría constituida por el conjunto de personas que se sienten interpeladas por su llamamiento o convocatoria: «Sígueme».

 

Pues bien, cuando él llama a seguirle, lo hace con un objetivo concreto. El seguimiento significa algún tipo de proyecto, de finalidad. ¿Estamos, quienes nos consideramos seguidores suyos, volcados en su proyecto?. Él lo definía como «el Reino de Dios». Alguien que nos mire a los miembros de la Iglesia, ¿qué ve en nosotros? Parece que lo más destacable sobre lo que consideramos pertenencia a una iglesia cristiana, aparte de unas creencias concretas, es una práctica cultual. La asistencia a unos servicios religiosos, a ceremonias: misas, rezos, procesiones, peregrinaciones… la recepción de lo que llamamos sacramentos: bautismo, confirmación, matrimonio, comunión, penitencia… En resumen, la asistencia a ceremonias, actos de culto, litúrgicos… ¿Es para esto para lo que Jesús convoc(ab)a a sus seguidores?, ¿Es eso el Reino de los Cielos, del que él hablaba?

 

Parece ser que no. Precisamente, uno de los llamados por él a seguirle respondió que esperase a que asistiese antes a la ceremonia del entierro de su padre, y Jesús le replicó: Sígueme y deja que los muertos entierren a sus muertos. (Mateo, 8:22). Esto tiene un alto significado sombólico; en el judaismo era, y es, muy importante la ceremonia del קַדִּישׁ (Kadish), el rezo que el primogénito de la familia debe recitar en el funeral del padre. Jesús no menosprecia ese y otros actos de culto, pero relativizaba su valor al confrontarlos con otras cuestiones: Si vas a presentar tu ofrenda en el altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y vé, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces vuelve y presenta tu ofrenda. (Mateo, 8:23-24). Es decir, los ritos y el culto tienen el valor que tienen, pero no son un fin en sí mismos. Por cierto tampoco la Iglesia, es un fin en sí misma.  Su utilidad se mide por la eficacia que puedan tener en despertar y fomentar la conciencia del seguimiento a Jesús, de la vocación a construir el Reino de Dios que él anunciaba.

 

Es evidente que si Jesús postulaba la construcción de ese Reino y dedicó su vida a realizarlo es porque el mundo que conoció estaba muy alejado del ideal que perseguía. Tenía claro que su Reino no es como los de este mundo. Se supone, entonces, que sus seguidores, los que nos definimos como tales, tenemos la misión de proseguir esa tarea y estaríamos volcados en realizarla, y la Iglesia, la asamblea de sus seguidores, sería el modelo del mundo nuevo que se quiere conseguir. Vamos a ver que, en realidad, las cosas no son así. El sistema social dominante, lo que Jesús llamaba «el mundo», es hoy tan injusto como el que a él le tocó conocer. Al igual que los pueblos de entonces, muchos países hoy están siendo expoliados por potencias imperialistas. Y la desigualdad entre las clases sociales siempre fue una característica constante de este mundo: gran parte de la población mundial sufre hambre mientras otra parte consume desordenadamente unos recursos que deberían servir a todos. El expolio de amplias zonas del planeta genera una emigración masiva que es rechazada con criterios racistas en el mundo desarrollado. Los gobernantes de las naciones se ponen al servicio de los intereses de las clases dominantes.

 

El sistema social imperante, es la completa negación del Reino de Dios que Jesús deseaba instaurar: Entonces, ¿Dónde están los seguidores de Jesús de Nazaret que se supone deberían estar dedicados a su implantación? Tales seguidores son pocos y están muy dispersos, pero existen. Son las personas que, al igual que Jesús, sienten empatía hacia las víctimas de los problemas humanos. No se concentran en actos de culto. Se los encontrará al lado de los enfermos y de los que sufren, asistiendo y ayudando a los presos, colaborando con Cáritas o similares organizaciones asistenciales, proyectos de desarrollo en países atrasados y otros humanitarios similares, acogiendo y ayudando a los inmigrantes que no tienen otro apoyo, defendiendo a la gente en precario, a los que no encuentran trabajo o perdieron el que tenían, a los que ven su vivienda desauciada en provecho de fondos buitre, a las mujeres que son sojuzgadas y maltratadas… resumiendo, a esas personas se las encontrará fomentando opciones políticas progresistas que tengan como objetivo superar el actual sistema social clasista e injusto.

 

Tales personas existen pero son pocas; ya lo vaticinó Jesús: …la mies es mucha, mas los obreros pocos. (Mateo, 9:37-38). Pero lo que interesa destacar es que ese tipo de gente no coincide totalmente con el ámbito de nuestra Iglesia, aunque algunos hay en ella: «ni son todos los que están, ni están todos lo que son». Algunos están en otras iglesias cristianas, también los hay en otras religiones, e incluso algunos que no pertenecen a ninguna religión y no tienen ningún tipo de creencia. Incluso estos, sin que ellos lo sepan, practicando la caridad y buscando la justicia, son seguidores de Jesús y trabajadores de su Reino. En cambio muchos miembros de nuestra Iglesia, de misa y comunión frecuente, incluso clérigos, están confortablemente instalados en este sistema injusto, en el reino de este mundo, y se esfuerzan en su conservación tal como es. Habrá muchas sorpresas el día del Juicio Final.

 

Pero ahora a nosotros nos toca analizar si nuestra Iglesia tiene aún alguna posibilidad y capacidad de reforma. Hay que tener en cuenta que fracasaron todos los intentos de reforma emprendidos desde el siglo XV. Algunos se saldaron con cismas y guerras religiosas. En el siglo pasado vimos el fracaso del 2º Concilio Vaticano. Le faltó coraje para acometer las reformas más importantes, y las tímidas emprendidas fueron después traicionadas y saboteadas durante el largo papado de Woytila. Y actualmente, los gestos progresistas del papa Bergolio son contestados por amplios sectores del catolicismo, incluidos distinguidos miembros del episcopado y la curia vaticana. Parece claro que este papa no puede, y es incluso dudoso que quiera, emprender la reforma de la Iglesia para que ésta sea verdaderamente un instrumento al servicio de la implantación del Reino de Dios tal como Jesús lo concebía. Esta Iglesia ni siquiera suscribió la Declaración Universal de Derechos Humanos, y no los practica en su seno respecto a unas cuestiones que vamos a ver. De momento queda claro que los únicos objetivos que parece haberse fijado son el mantenimiento del culto y la proclamación y defensa de un legado dogmático que es la herencia de siglos de ignorancia. Y todo ello gestionado por un entramado jerárquico que no tiene base evangélica y no funciona según el criterio de Jesús expresado en Mateo, 20:25-27 antes mencionado.

 

En los sectores progresistas del catolicismo crece el descontento y la impaciencia por el hecho de que su Iglesia persiste en la negativa a ordenar como sacerdotes a varones casados y a todo tipo de mujeres. Pero, realmente, ¿es esa la reforma que la Iglesia necesita? ¿es esa la solución a la falta de conexión de la Iglesia con el proyecto de Jesús? Esa reivindicación puede lograrse más o menos pronto, como ya se logró en la Iglesia Anglicana y en otras cristianas, pero cuando se consiga no se habrá solucionado nada, como tampoco se solucionó en esas iglesias. Como ellas, también la Católica Romana seguirá estando instalada en el sistema. Con o sin sacerdocio femenino, con o sin celibato sacerdotal, las iglesias pueden seguir volcadas en el mantenimiento de un culto alienante, desconectado de la problemática y de la realidad humanas, y lo que es peor, sin relación alguna con el trabajo por la implantación del Reino de Dios.

 

Para que el colectivo eclesial asuma la tarea que el Evangelio le asigna, es preciso que tal colectivo tenga consciencia de su propia existencia y de la misión que tiene encomendada. Pues bien, esa consciencia no existe ni puede existir con la actual organización de la institución. La estructura organizativa de la Iglesia y su manera de funcionar son un factor de sofocamiento del espíritu asambleario y comunitario del colectivo humano que dirige. La única autoconsciencia que se puede dar en el marco organizativo de la Iglesia es la que jerarquía tiene sobre su propio poder, un poder y unas atribuciones que se autoasignó la propia jerarquía. Basta leer el Código de Derecho Canónico para constatar eso. La tal jerarquía es un escalafón de grados de poder o autoridad, constituido por un personal consagrado, es decir, segregado de la masa del pueblo cristiano al que se asignó la denominación de “laicado”. El mencionado Código asigna a ese personal consagrado la exclusividad de todas la funciones eclesiales: en el terreno de las creencias: definir dogmas, discutir en concilios, elaborar doctrina, interpretar las escrituras, e incluso leerlas (durante siglos estuvieron confinadas en idiomas incomprensibles para el pueblo), predicar, dictar normas morales definir lo que es pecado y lo que no, los matrimonios que son válidos o los que son nulos, determinar cuándo y cómo se debe ayunar… y en el terreno del culto: oficiar todo tipo de cultos, consagrar la eucaristía, administrar sacramentos, absolver o no los pecados, pronunciar condenas y excomuniones, bendecir… El personal dirigente que se autoasignó esas funciones tiene todos poderes sobre la multitud dirigida y no es elegido por ésta, ni le rinde a ésta ningún tipo de cuentas sobre la gestión realizada.

 

Y lo peor del caso es que esa jerarquía que se apropia y monopoliza las mencionadas funciones secundarias, ignora lo esencial: no tiene ningún proyecto concreto de cómo debería ser la sociedad para ser el Reino de Dios al que Jesús aspiraba, ni de cómo se debería actuar para alcanzar esa meta. Estudiar formas de actuación y ponerlas en práctica debería ser tarea del colectivo eclesial en su conjunto, de la asamblea de creyentes, pero esa asamblea no puede siquiera saber que existe si se limita a seguir el liderazgo de una jerarquía que sólo se ocupa del dogma y la liturgia, y que reduce al laicado a la condición de eterno menor de edad. En realidad, y a despecho del espíritu de la enseñanza de Jesús, ese personal jerárquico es mercenario, pues hizo del desempeño de las funciones que ejerce un modo o remedio de ganarse la vida que no encaja con la idea evangélica del Buen Pastor.

 

Retomando la pregunta hecha más arriba: ¿Tiene nuestra Iglesia aún alguna posibilidad y capacidad de reforma? El continuado fracaso de tantos siglos de experiencia nos hace ser pesimistas a este respecto, pero en la medida en que podamos promoverla, tenemos que seguir intentándolo. Como quedó dicho, seguidores de Jesús existen aunque escasean, y no saben coordinar su acción (como ovejas sin pastor). Dispersos en religiones variadas, y los que están en nuestra Iglesia resisten en pequeños grupos escasamente coordinados y sin conexión con la masa del rebaño, que sigue siendo un eterno menor de edad. ¿Qué hacer? ¿Cómo transmitir, dentro y fuera de la Iglesia, el llamamiento de Jesús, su mensaje movilizador?

Faustino Castaño pertenece a los grupos de Redes Cristianas en Gijón

   
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