VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Marcus Borg y John Dominic Crossan, en su libro, “La última semana”, nos ofrecen un estudio de la última semana de la vida de Jesús, que puede ayudarnos a profundizar – en este contexto de Semana Santa – en la vida, pasión, ejecución y resurrección de Jesús de Nazaret. Se trata de un estudio que cuenta y explica este trascendental acontecimiento, a partir del evangelio de Marcos. Según los autores, se escoge este evangelio por dos razones: primero, porque Marcos es el evangelio más antiguo; en consecuencia, es el primer relato de la última semana de Jesús.

Ahí se registra cómo se narraba la historia del “Hijo del Hombre” alrededor del año 70. Es la historia de Jesús “puesta al día” (recordada e interpretada) para la época en la que la comunidad de Marcos vivió. La segunda razón aludida – igualmente importante – es que Marcos hizo un gran esfuerzo para ofrecer una crónica de esa última semana, detallando los eventos día a día, mientras que los otros evangelios no siguen la cronología de los hechos. ¿Qué sucedió la última semana de la vida de Jesús? Esto es lo que recordamos durante la semana santa y que constituye la pregunta eje del estudio hecho por Borg y Crossan.

Uno de los hilos conductores fundamentales del libro es la distinción entre lo que se denomina la primera y segunda pasión de Jesús. En la “primera pasión”, el término se refiere a aquello que implica gran dedicación o compromiso intenso y continuado, aquello entorno a lo cual una persona entrega la vida. En este sentido, se dice que la primera pasión de Jesús fue el Reino de Dios, es decir, encarnar su justicia en la historia. Según Borg y Crossan, fue esa primera pasión por la justicia [distributiva] de Dios lo que condujo inevitablemente a la “segunda pasión”, la de la justicia punitiva de Pilatos. De aquí deriva una de sus principales conclusiones formulada en los siguientes términos: “antes de Jesús, después de Jesús y, para los cristianos, arquetípicamente en Jesús, aquellos que viven por la justicia no violenta, mueren con demasiada frecuencia por la justicia violenta”.

A partir de esta dramática constatación histórica, el libro se centra en aquello por lo cual Jesús era apasionado como un modo de entender por qué su vida terminó en la pasión del Viernes Santo. En esta línea aclaran que limitar la pasión de Jesús a sus últimas doce horas – arresto, juicio, tortura, y crucifixión – es ignorar la conexión entre su vida y su muerte.

Y al conectar esas doce horas con lo que fue la práctica de Jesús, estos biblistas resignifican los hechos de esa última semana en la vida del nazareno. Del primer día [Domingo de Ramos], reseñan que aquel día entraban a Jerusalén dos procesiones. Una era procesión de campesinos, la otra una procesión imperial. Así son descritas ambas entradas:
Desde el este, Jesús iba montado en un asno y bajaba del Monte de los Olivos, aclamado por sus seguidores. Jesús era de la aldea de campesinos de Nazaret, su mensaje era acerca del Reino de Dios, y sus seguidores eran de la clase campesina. Habían viajado a Jerusalén desde Galilea, aproximadamente cien millas al norte, un viaje que es la parte central y la idea principal sobre la que se basa el Evangelio de Marcos. La historia de Marcos sobre Jesús y el Reino de Dios ha tenido por objetivo, y ha estado dirigiéndose, a Jerusalén. Ahora ha llegado.

Y a renglón seguido el contraste:
En el lado opuesto de la ciudad, desde el oeste, Poncio Pilatos, el gobernador romano de Idumea, Judea y Samaria, entraba a Jerusalén al frente de una columna de caballería y soldados. La procesión de Jesús proclamaba el Reino de Dios; la de Pilatos proclamaba el poder del imperio. Las dos procesiones representaban el conflicto central de la semana que condujo a la crucifixión de Jesús.

Borg y Crossan afirman que, si bien la procesión militar de Pilatos no es familiar para la mayoría de gente hoy día, sí lo era en la tierra judía en el siglo primero. Marcos y la comunidad para la que escribía la conocían, ya que era una práctica habitual de los gobernadores romanos de Judea estar en Jerusalén para las festividades judías. Se explica en el texto, que esta presencia no era porque compartieran la devoción religiosa de sus sometidos, sino para estar en la ciudad en caso de que se presentara algún problema con los movimientos mesiánicos. En esta línea recuerdan que la Pascua Judía era una festividad que conmemoraba la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto y evocaba los sentimientos emancipadores.

Según estos biblistas, la historia de Jesús entrando a Jerusalén es una contra-procesión preparada de antemano por Jesús. Su significado es claro, ya que usa simbolismos del profeta Zacarías: “un rey vendría a Jerusalén humilde y montado sobre un asno”. Este rey desterrará la guerra de la tierra, proclamando la paz a las naciones: no más carros ni caballos ni arcos de guerra.

El Domingo de Ramos, pues, tenemos dos procesiones: la procesión de Pilatos representa el poder, la gloria, y la violencia del imperio que dominaba al mundo. La procesión de Jesús representaba una visión alternativa, el reino de Dios. Este contraste – entre el reino de Dios y el reino de César – es central no solo para el evangelio de Marcos, sino también para la historia de Jesús y los comienzos del cristianismo.
Frente a estas dos pasiones y dos procesiones, los autores del libro nos proponen algunas preguntas fundamentales que deben resonar en el Domingo de Ramos, en la Semana Santa, y, en definitiva, en la vida: ¿A quién seguimos? ¿En qué valores nos inspiramos? ¿Qué nos apasiona? ¿En qué procesión estamos? ¿En qué procesión queremos estar?

(*) Carlos Ayala Ramírez es profesor de teología del Instituto Hispano de la Escuela Jesuita de Teología (Santa Clara, University). Profesor de la Escuela de Liderazgo “San Carlos Borromeo” de la Arquidiócesis de San Francisco, CA. Docente jubilado de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador.
Carlos Ayala Ramírez

   
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