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La patria es sagrada, la Constitución es sagrada, la bandera es sagrada, la religión es sagrada, el rey es sagrado, los jueces son sagrados; hasta a Franco lo quieren hacer sagrado enterrándolo en la Almudena. Por lo visto, está resurgiendo con fuerza el fundamentalismo rancio que no hace mucho avergonzaba y que ahora se enarbola como valor identitario, moral y ético superior.

Absténgase usted de bromear, cuestionar o criticar cualquiera de estos asuntos santificados, porque, de hacerlo, caerá sobre usted el escarnio y la censura implacable de la opinión pública y publicada, además de la justicia presta a aplicar ciertas leyes mal nacidas y mal interpretadas.

Le dirán que en España gozamos de libertad de expresión, pero no se lo crean. Silenciar unas voces para poner el altavoz en otras, eso también es censura. Pero hay algo mucho más peligroso que esto último: la autocensura. El miedo a no ser políticamente correcto y a sus consecuencias personales hace que se prostituya la libertad de expresión y la verdad sea sacrificada sin pudor.

/ Antoñán del Valle ( León)

   
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