VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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REVISTA SUR. 12 julio
En el año 2020 hubo 31 millones de personas obligadas a dejar su lugar de residencia habitual debido a desastres naturales.
Estamos hablando de más de treinta millones de personas, población similar a la de Perú. Tuvieron que dejar sus hogares por desastres naturales: sequía o inundaciones, terremotos o tifones.
La mayoría de ellos no abandonaron sus países, pero se vieron obligados a dejar sus casas, sus tierras, sus familias de la noche a la mañana.

China lidera el ranking con más de cinco millones de personas forzadas a dejar su lugar de residencia habitual, en su totalidad por causas climáticas. Filipinas, Bangladesh e India, por este orden, le siguen a no mucha distancia, según el Centro de Control de Desplazamientos Internos (IDMC, por sus siglas en inglés). Estos desplazados climáticos tienen muy poca visibilidad a nivel de opinión pública. Son prácticamente invisibles.

Suecia o Finlandia han incluido en su legislación una categoría de migrante climático para encarar este tipo de refugiados. Sin embargo, los desplazamientos producidos por el cambio climático hasta ahora han sido desatendidos por la comunidad internacional. Y mientras unos países amplían sus leyes para dar un mayor respaldo a estas personas, Dinamarca ha decidido que aquel que solicite asilo en su país sea recluido en África hasta que se tramite su solicitud. Una decisión descabellada e inhumana.

Por el contrario, los desplazados por conflictos bélicos son más reconocidos aunque poco ayudados. Siria, Congo, Etiopía, Mozambique, Burkina Faso o Afganistán (territorios calientes del globo) son escenarios de guerra que causan millones de huidos de sus hogares a otras partes del país o al extranjero.

Mientras gran parte del planeta estaba confinado en sus casas, 82,4 millones de personas que se vieron obligadas a huir de sus hogares en 2020, según Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Es la cifra más alta jamás registrada y supone un aumento del cuatro por ciento con respecto al año anterior. De estos, 48 millones son desplazados dentro de su propio país. El resto suelen quedarse en los países limítrofes por razones económicas.

Al primer mundo llegan muy pocos.
“La pandemia ha paralizado las economías, los espacios aéreos y el transporte, pero ni la guerra ni los conflictos han cesado”, señala María Jesús Vega, portavoz del Acnur en España
El mayor país receptor es Turquía y vive una situación muy especial, ya que acoge a más de 3.7 millones de refugiados. La Unión Europea le ha dado ya más de seis mil millones de euros para que frene la llegada a Europa de refugiados que provienen de Siria, Irak o Afganistán pero  le parece poco y ha comenzado a negociar nuevos envíos de dinero además de revisar el acuerdo aduanero o la mejora del acceso de empresas turcas al mercado europeo.

Lo peor es que el sentimiento antisirio está creciendo. Según un estudio del think tank German Marshall Fund (GMF), el 70% de los turcos quieren que los sirios regresen a su país. No les faltan ataques de políticos ni acusaciones de que provocan crisis económicas.

La principal valedora del pacto con Erdogan fue la canciller Merkel ya que quería frenar la llegada de sirios a su país en el año 2015. El acuerdo migratorio fue duramente criticado por las organizaciones de derechos humanos, pues supone reconocer a Turquía como tercer país seguro cuando no cumple el principal requisito: dar el estatus de refugiado a los solicitantes sirios.  Ankara es firmante de la Convención de Ginebra de 1951, pero mantiene una cláusula según la cual solo a quienes procedan del continente europeo.

Europa está dispuesta a hacer lo posible y lo imposible para que estos refugiados no lleguen al viejo continente, pero la situación de estas personas en Turquía deja mucho que desear. Viven un alto grado de explotación. Un millón de ellos trabaja pero sin contratos y cobrando menos del salario mínimo. Muchos niños no están escolarizados y no tienen papeles.

En un principio, la ayuda de la UE iba dirigida a atención médica y alimentaria en los campos de refugiados pero Turquía los ha ido cerrando y ahora gran parte de éstos malviven en ciudades.

El que a pesar de todo quiere cruzar a Grecia, se encuentra con un muro de contención. Los refugiados han denunciado en numerosas ocasiones que las autoridades griegas les quitan sus pertenencias (ya les aseguro que pocas porque viajan con lo puesto), les pegan y los devuelven a Turquía. Mientras que el Presidente Erdogan amenaza siempre que puede con abrir sus fronteras y dejar a los refugiados que siguen en su país que crucen a la “Fortaleza Europea”.
Amenaza versus recompensa.

Erdogan amenaza y la UE rápidamente reacciona y le compensa económicamente. Así funciona. Vergonzoso.

   
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