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Fuente: Amerindia
Un tema muy hablado hoy en la Iglesia es el rol de las mujeres; muchos acusan a la Iglesia y al Cristianismo de machista. Al tiempo de Jesús en todo el oriente y en Palestina la mujer no tenía participación alguna en la vida pública. Cuando una mujer salía a la calle, cubría la cara de forma que nadie pudiera reconocerla; en caso contrario el marido tenía el derecho de echarla de casa. Lo mismo le podía suceder a la mujer que saludara o conversara con alguien por el camino. No se le permitía prestar testimonio en los tribunales, ya que su juicio no era considerado válido.

Cuando la niña cumplía doce años, su padre realizaba el contrato de matrimonio con el candidato que él había elegido, muchas veces desconocido por ella. Con el matrimonio la joven pasaba del poder del padre al poder del marido. Cuando la mujer era estéril o tuviera solo hijas mujeres, le asistía al marido el derecho de tener una o más concubinas. El derecho de divorcio era solo del varón; a la mujer sorprendida en adulterio el marido tenía derecho a lapidarla. La Ley de Dios no era enseñada a las mujeres sino solo a los varones en la sinagoga. La mujer era valorada tan solo por la descendencia que le daba al marido, a través de sus hijos varones. Se les sugería a los varones la siguiente oración: “Alabado seas Señor por haberme hecho judío y varón”. Era costumbre que las mujeres no aprendieran a leer ni a escribir; solo se les enseñaba a cumplir con sus obligaciones domésticas ya que ese era el papel que le asignaba la sociedad; debían quedarse en casa y nada más.
 
“NO HAY DIFERENCIA ENTRE VARÓN Y MUJER”

Los evangelios nos muestran a Jesús con una actitud hacia las mujeres radicalmente distinta de las costumbres de la época. Y totalmente distinta de los rabinos de su tiempo; estos no tenían discípulas en sus grupos. Por el contrario, entre los discípulos que acompañaban a Jesús de aldea en aldea había mujeres (Lc 8,1-3); Jesús las aceptaba en el grupo de sus íntimos. Y a ellas les confió prestar el primer testimonio público de su resurrección, después que lo hubieran acompañado hasta la cruz. Defendió a la prostituta arrepentida, salvó a la mujer adúltera, atendiò el pedido de la cananea, revelò sus secretos a la samaritana, cultivò una profunda amistad con Marta y Maria.

El Nuevo Testamento narra que la madre de Jesús así como otras mujeres participaron activamente de la vida de la primera Iglesia. Entre las mujeres que, según san Pablo, “trabajaron duro por el Señor” (Rom 16,12) están Trifena, Trifosa y Pérsida; están Lidia, una negociante de púrpura de Filipos, Dámaris, Evodia y Síntique . Había mujeres que predicaban; algunas ejercían un verdadero liderazgo y la comunidad se reunía en su casa, por ejemplo en la casa de Ninfa, Priscila y Febe. De una mujer, Junia junto con su marido Andrónico, dice Pablo que “son compañeros de cárcel, apóstoles notables que se entregaron a Cristo antes que yo” (Rom 16,7). Es evidente que en el apostolado de Pablo las mujeres participan de la evangelización al mismo nivel que los varones. Una cuarta parte de las personas que colaboraron activamente con Pablo eran mujeres. Al despedirse de los hermanos de Roma en su carta manda a saludar alrededor de 30 personas de las cuales diez son mujeres, y con grandes elogios. Llama “diaconisa” a Febe, a Junia “apóstol”, a Prisca o Priscila  “colaboradora” con el mismo título que dirige también a Timoteo que es obispo. No hay diferencia entre mujeres y varones.

Pablo recoge fielmente la tradición de Jesús y subraya la igualdad y reciprocidad entre los dos sexos con notable fuerza. Suya es la frase: “Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre varón y mujer; todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gal 3,28).  A diferencia de la sinagoga donde la presencia de la mujer no contaba en absoluto, Pablo les da a las mujeres un rol activo en el culto y les permite rezar y hablar en las asambleas litúrgicas (1Cor 11,3-10). Si les exige llevar el velo en la cabeza, es para evitar escándalos (1Cor 8,9) ya que esa era la costumbre de la época; sin embargo a lo del velo Pablo mismo no le da mayor importancia (1 Cor 11,16). En la carta además, contrariamente a lo dicho antes, Pablo ordena que las mujeres se callen (14,34-35) ; y dice que “es un mandato del Señor” (14,37). Se trata de un  texto tan en contradicción con el texto anterior y con la práctica pastoral de Pablo que los estudiosos piensan que ha sido introducido más tarde por un judío-cristiano sobre la base de la Ley judaica (14,34). También en 1Cor 7,25-28 parecería que Pablo aconseja no casarse porque el matrimonio trae demasiados problemas y conviene evitarlos. Sin embargo aquí Pablo responde no a todos los fieles sino a algunas inquietudes que les presentan los presbíteros y diáconos que acompañan a Pablo y viéndolo a él célibe, se preguntan qué es lo mejor para ellos.
 
¿SUBORDINACIÓN DE LA MUJER? 

A pesar de lo dicho, hay textos muy polémicos en algunas cartas tradicionalmente consideradas del apóstol Pablo donde se habla de la inferioridad y subordinación de la mujer al marido o de que “el marido es la cabeza de la mujer” (Ef 5, 22-24). Hay que recordar que de las 14 cartas que se atribuyen tradicionalmente a Pablo, en realidad según la unanimidad de los estudiosos, solo siete pertenecen de veras a él: la primera  a los Tesalonicenses, la primera y segunda a los Corintios, las cartas a los Romanos, a los Gálatas, a los Filipenses, a Filemón. Las demás fueron escritas años más tarde por otros autores y que la tradición unificó bajo el nombre de Pablo. En las cartas pastorales por ejemplo a Timoteo y Tito, se prohíbe expresamente a las mujeres de enseñar. Aludiendo a la primacía de Adán y a la transgresión de Eva, se las exhorta a alcanzar la salvación por la maternidad (1Tim 2,11-15). Allí se afirma como factor de superioridad del varón que Adán fue creado antes que Eva y que Eva fue la responsable de la transgresión original. En 1Tim 2,12 se dice: “No permito que la mujer enseñe ni que quiera mandar a su marido; fue la mujer, no Adán, que se dejó engañar por la serpiente y llegó a desobedecer”. Lamentablemente estos textos se siguen proclamando todavía hoy en la liturgia, por ejemplo en ocasión de los casamientos, aún tratándose de vestigios de la cultura judaica.

En efecto, en el mundo judío la mentalidad común era la de una total subordinación de la mujer al varón. Estos textos del Nuevo Testamento y otros  como Col 3,18 demuestran que a la Iglesia le costó pasar de la mentalidad pagana (con Aristóteles los griegos sostenían la inferioridad de la mujer) y de los resabios tradicionales judíos a la novedad predicada por Cristo y por Pablo. Los autores posteriores a Pablo se dejaron influenciar por la cultura y las costumbres de la época. La oficialización del Cristianismo con los emperadores Constantino y Teodosio no hizo más que profundizar y consolidar también en la Iglesia el rol insignificante que la mujer tenía en la sociedad. Y con el tiempo la mujer será progresivamente excluida también de los ministerios eclesiales. Fuera de figuras femeninas extraordinarias que hubo en la historia, ha sido lenta en la Iglesia la promoción de la mujer aún en la época moderna, siendo la Iglesia misma fuertemente marcada por una dirección masculina.

El movimiento feminista nació fuera de la Iglesia, pero el Papa Juan XXIII reconoció en este fenómeno un “signo de los tiempos”, es decir un designio de Dios.
P.C.

https://umbrales.edu.uy/2020/02/26/catequesis-de-adultos-el-cristianismo-y-las-mujeres-antes-de-cristo/#more-9414

   
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