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En contradicción con el Espíritu por aferrarnos a la Ley
Basta leer los párrafos 91-98, dedicados a promover la vida de las comunidades para percibir contradicciones con el Espíritu de Jesús por el apego eclesial a leyes añejas. Insiste en la necesidad de la celebración eucarística, vertebradora de la actividad eclesial, pues ella “significa y realiza la unidad de la Iglesia” (LG 3) y ayuda a vivir “unidos, iguales y amigos” (S. Pablo VI, Homilía del Corpus Christi. 17 junio 1965). “Quien preside la Eucaristía debe cuidar la comunión… que acoge la múltiple riqueza de dones y carismas que el Espíritu derrama en la comunidad” (n. 91).

Supone que no hay eucaristía sin presbítero. Pide que diáconos, religiosas y laicos “asuman responsabilidades importantes para el crecimiento de las comunidades y maduren en el ejercicio de esas funciones gracias a un acompañamiento adecuado” (n. 92). Omite la causa que impide celebrar la eucaristía (falta de presbíteros célibes) y llama al compromiso de los laicos para desempeñar labores que aquellos hacían: “Necesitamos promover el encuentro con la Palabra y la maduración en la santidad a través de variados servicios laicales, que suponen un proceso de preparación -bíblica, doctrinal, espiritual y práctica- y diversos caminos de formación permanente” (n. 93). “Una Iglesia con rostros amazónicos requiere la presencia estable de líderes laicos maduros y dotados de autoridad que conozcan las lenguas, las culturas, la experiencia espiritual y el modo de vivir en comunidad de cada lugar, al mismo tiempo que dejan espacio a la multiplicidad de dones que el Espíritu Santo siembra en todos” (n. 94).

Justifica la “dotación de autoridad” a los laicos con la cita parcial del canon 517 §2, del CDC, en nota marginal 136: “Es posible, por escasez de sacerdotes, que el obispo encomiende «una participación en el ejercicio de la cura pastoral de la parroquia a un diácono o a otra persona que no tiene el carácter sacerdotal, o a una comunidad»”. El texto papal omite la última parte del canon que deja las cosas igual. El parágrafo 2 es un condicional: “Si, por escasez de sacerdotes, el Obispo diocesano considera que ha de encomendarse una participación…, designará a un sacerdote que, dotado de las potestades propias del párroco, dirija la actividad pastoral”. Observación pertinente merece la expresión del CDC “persona que no tiene el carácter sacerdotal”. Jesús ha dado a todos los bautizados el “carácter sacerdotal”: “nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios” (Apoc 1,6). El “carácter sacerdotal ministerial” es un constructo teológico clerical para su propia exaltación. El Nuevo Testamento nunca llama “sacerdotes” a los “servidores” de la Iglesia. Los clérigos, creyéndose “señores”, se autoproclaman “sacerdotes” en exclusiva, y otros títulos antievangélicos, rayanos en la blasfemia.

Una “clave inutilizada”, o “desactivada”, podría llamarse a lo que se dice en la segunda parte del nº 94: “allí donde hay una necesidad peculiar, Él ya ha derramado carismas que permitan darle una respuesta. Ello supone en la Iglesia una capacidad para dar lugar a la audacia del Espíritu, para confiar y concretamente para permitir el desarrollo de una cultura eclesial propia, marcadamente laical. Los desafíos de la Amazonia exigen a la Iglesia un esfuerzo especial por lograr una presencia capilar que sólo es posible con un contundente protagonismo de los laicos” (n. 94). Ante tan clara expresión, uno siente la duda de si los dirigentes eclesiales se creen sus afirmaciones.

Si es verdad que “allí donde hay una necesidad peculiar, Él ya ha derramado carismas que permitan darle una respuesta”, ¿cómo es que no sabemos reconocer la respuesta de Dios a la necesidad de celebrar la eucaristía “el primer día de la semana”?

Dios “ya ha derramado carismas” para remediar esa necesidad. El problema radica en la autoridad eclesial que no acepta algunos carismas ministeriales, si no vienen acompañados de otro carisma exigido por ella. Aquí está la cuestión. La dirección de la Iglesia ha rechazado muchas vocaciones presbiterales y episcopales por no venir con celibato. Más aún, después de haberles “ordenado”, si no han sido capaces de seguir cargando con él, los dirigentes eclesiales han preferido dejar a las comunidades sin eucaristía y sin “presencia estable” de responsables “ordenados”. Han tronchado muchas vocaciones ministeriales de alto contenido espiritual, antes que ceder en su ley. Han puesto al ser humano al servicio de la ley, en vez de la ley al servicio de las personas. El amor pastoral -don divino- ha sido sometido a una promesa impuesta, atentatoria de derechos humanos. No “han dado lugar a la audacia del Espíritu, para confiar y concretamente para permitir el desarrollo de una cultura eclesial propia”. La misma “Querida Amazonía” nos advertía: “Hace falta aceptar con valentía la novedad del Espíritu capaz de crear siempre algo nuevo con el tesoro inagotable de Jesucristo… Es verdad que «aunque estos procesos son siempre lentos, a veces el miedo nos paraliza demasiado» y terminamos como «espectadores de un estancamiento infecundo de la Iglesia» [Evangelii gaudium, 129]. No temamos, no le cortemos las alas al Espíritu Santo” (n. 69).

Lo que se pide para los laicos es tanto o más exigible para todos los ministerios: “Presencia estable, autoridad, lenguas, culturas, experiencia espiritual, modo de vivir.., dejar espacio a la multiplicidad de dones”. Son exigencias básicas de los que presiden las comunidades y los sacramentos. Lo que no se requiere es el celibato: “la perfecta y perpetua continencia por el reino de los cielos… no es exigida ciertamente por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva (Cf. 1 Tim., 3, 2-5; Tit., 1, 6) y por la tradición de las Iglesias orientales, en donde, además de aquellos que con todos los obispos eligen el celibato como un don de la gracia, hay también presbíteros beneméritos casados” (Conc. Vat. II, PO 16).

Me parece extraño el nº 95 sobre las “personas consagradas”. Reconoce su “gastar energías y buena parte de vida” en la Amazonia. Cree que “tienen un lugar especial en esta configuración plural y armoniosa de la Iglesia amazónica”. Denuncia la falta “de inculturación, creatividad, audacia misionera, sensibilidad y fuerza peculiar de la vida comunitaria”. No aporta argumentos para apoyar esta opinión negativa.

Comunidades de base, “verdaderas experiencias de sinodalidad”. Eso dice de las amazónicas que unen “la defensa de los derechos sociales con el anuncio misionero y la espiritualidad” (n. 96). Lo demuestra la historia de muchos cristianos que llegaron “hasta derramar su sangre” por el evangelio (Documento de Aparecida, 178).

Aliento a la tarea conjunta (n. 97). Expresamente señala al REPAM (Red Eclesial Pan-Amazónica). Esta asociación, presidida por el Cardenal C. Hummes, trabaja por los deseos de Aparecida: «establecer, entre las iglesias locales de diversos países sudamericanos, que están en la cuenca amazónica, una pastoral de conjunto con prioridades diferenciadas» (Doc. Aparecida, n, 475).

Atención a la “trashumancia amazónica” (n. 98). «La región se ha convertido de hecho en un corredor migratorio» [Instr. laboris, 65]” . Este hecho “no ha sido bien comprendido ni suficientemente trabajado desde el punto de vista pastoral [Ibíd., 63]”. Sugiere crear “equipos misioneros itinerantes” que acompañen las migraciones. “Consagrados y consagradas” están en las mejores condiciones objetivas para esta tarea. También las comunidades de sus ciudades más grandes deberían tener en cuenta este problema, sobre todo las de las periferias.

Alcorcón, 19 junio 2020

   
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