VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Leonardo Boff1El Sínodo Panamazónico que se ha celebrado en Roma en el mes de octubre ha suscitado una gran discusión, especialmente entre católicos ligados a ciertas tradiciones y doctrinas, involucrando hasta a cardenales y obispos europeos, acerca de la evangelización de las culturas de los pueblos originarios. En este punto ha habido un cambio real de orientación, fruto de la apertura teológica del Concilio Vaticano II (1962-1965) y del diálogo interreligioso e intercultural, provocado por el proceso de mundialización. Este ha propiciado el encuentro de culturas y de religiones que antes apenas se conocían. Se ha desarrollado un rico diálogo y la exigencia de ver la presencia del Espíritu en aquellas culturas y religiones.

La cuestión se agudizó al tratar de la evangelización de los pueblos amazónicos que habitan en 9 países
de nuestro Continente. Evangelizar sus culturas o evangelizar en sus culturas, se preguntaban. La
evangelización tradicional buscaba evangelizar sus culturas, convirtiéndolas al cristianismo, moldeado
según la cultura occidental. El índio, al hacerse cristiano, prácticamente dejaba de ser indio y se
incorporaba a la cultura dominante occidental. Así fue siempre durante siglos. El cristianismo fue
impuesto por la cruz y por la espada, ocasionando no raramente grandes matanzas de indígenas por causa
de su resistencia.

Cómo olvidar aquella voz doliente del profeta maya Chilam Balam de Chumayel : “Ay! Entristezcámonos
porque llegaron los españoles … vinieron a marchitar nuestras flores para que solo sus flores viviesen …
vinieron a castrar el sol”. Y su lamento continúa: ”Entre nosotros se introdujo la tristeza, se introdujo el cristianismo… Ese fue el principio de nuestra miseria,¡ el principio de nuestra esclavitud”.

A la Iglesia le cuesta admitir que el proyecto de colonización y el proyecto misionero son en realidad
un único proyecto. Así ella se hizo cómplice del exterminio de millares de indígenas con la oposición
de un Bartolomé de las Casas, Sahagún, Padre Vieira y otros.

Fue preciso que viniera el Papa Francisco, del gran Sur del mundo para reconocer en la apertura del
Sínodo Panamazónico: ”Cuántas veces el don de Dios no fue ofrecido sino impuesto. Cuántas veces
hubo colonización en vez de evangelización”. Más enfático fue en Puerto Maldonado (Perú), cuando
dijo:”Pido humildemente perdón no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino también por los
crímenes contra los pueblos originarios cometidos durante la conquista de América”.

Ahora lo que se propone es evangelizar en las culturas. La Iglesia no escoge la cultura en la cual
quiere encarnarse. Toda cultura es apta para asumir el mensaje evangélico y expresarlo con los recursos
lingüísticos y simbólicos de que dispone. Por tanto, se trata de evangelizar en y a partir de la cultura
propia de los indígenas. Eso parece una obviedad.
Pero no lo es en muchos círculos hasta el día de hoy. Reina todavía cierto exclusivismo cristiano y católico, en la convicción de que la única forma de Iglesia de Cristo es esta que existe actualmente, con el Papa, toda la jerarquía eclesiástica y la multitud de fieles.
Esta sería la única válida y legítima.

Olvidan que Jesús no era un romano ni un griego. Era un hebreo medio-oriental, más próximo a la cultura
de aquellos pueblos que a la grecolatina.
Concretamente, el cristianismo actual es fruto de un gran sincretismo, tomado positivamente, con
elementos judaicos, griegos, romanos, germánicos y modernos. No es una religión revelada sino un
producto de la fe de convertidos, que, con los instrumentos de sus respectivas culturas, dieron
cuerpo a las Iglesias históricas, y en particular a la Iglesia católica romana con sus teologías, liturgias y símbolos.

Lo que fue derecho de los cristianos europeos vale también para los pueblos originarios
panamazónicos. Dice con razón el texto preparatorio:
“Una Iglesia con rostro amazónico deja atrás una tradición colonial, monocultural, clerical e impositiva,
y sabe discernir y asumir sin miedo las diversas expresiones culturales de los pueblos”. Aquí se
presenta la oportunidad de una eclesiogénesis, es decir, de la génesis de otro tipo de Iglesia católica, no
romana, sino en comunión con ella.

La evangelización convencional incurre en un reduccionismo: predica al Cristo encarnado, limitado
al espacio palestino. Pero el Cristo real es el resucitado que llena el universo, el mundo, las
personas y las Iglesias, como enseña la teología de San Pablo y de San Juan. Esta visión cristocéntrica
olvidó al Dios-comunión de Personas divinas, la Santísima Trinidad, fundamento de la comunión
entre los seres humanos y las culturas. Olvidó al Espíritu Santo que estuvo presente en el acto de la
creación, que hizo engendrar a Jesús en el seno de María y continúa y actualiza siempre su mensaje.
Este Espíritu está siempre presente en la creación, en las culturas y en el corazón de las personas. Donde
reina el amor, se hace fuerte la solidaridad, se actualiza la misericordia y se abre el corazón en la
veneración y en la unción a Dios, ahí estaba y está el Espíritu. Él siempre llega antes que el misionero en la Panamazonia. Este acoge el don del Espíritu en el pueblo, lo abraza y enriquece con la buena noticia de
vida eterna de Jesús.

Bellamente dice el texto preparatorio: “Tenemos que captar lo que el Espíritu del Señor ha enseñado a
estos pueblos a lo largo de los siglos: la fe en Dios Padre-Madre Creador, el sentido de comunión y de
armonía con la tierra, el sentido de solidaridad con sus compañeros, el proyecto del buen vivir…
Necesitamos que los pueblos originarios modelen culturalmente las Iglesias amazónicas locales”.

Seguramente en el contexto de la vieja cristiandad europea sería imposible dar ese paso adelante. Pero
estamos en el nuevo mundo, donde somos mayoría de católicos y tenemos condiciones para gestar un
rostro nuevo de la Iglesia de Cristo.

*Leonardo Boff es teólogo y filósofo y ha escrito:
Eclesiogénesis: la reinvención de la Iglesia a partir de las bases, Record, Rio 2010.

Traducción de María José Gavito Milano

   
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