VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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En los años cincuenta del pasado siglo pocos occidentales tenían conocimientos, más o menos amplios, de cómo era la vida en la sociedad tibetana. Más allá de las personas aficionadas a la lectura de viajes, a la geografía o a las culturas orientales nuestra información se limitaba a los datos imprescindibles de cultura general: un nombre en los mapas de Asia situado al norte de los Himalayas, al sur de la China y al norte de la India, donde existen las montañas y cumbres más altas del mundo que algunos escaladores pusieron de actualidad y las convirtieron en noticias de primera plana.

Era un lugar desconocido, incluso los aficionados a la literatura de viajes no tenían a su alcance mucha información; pocos fueron los afortunados viajeros que obtuvieron permisos para visitarlo. La exploradora del Tíbet más conocida universalmente, Alexandra D. Neel, tuvo que hacerlo de incógnito, disfrazada de monje tibetano; sus libros son muy recomendables, además de entretenidos, oues aportan una gran información sobre aquella cultura hoy en riesgo de extinción. Otros exploradores, como el ruso Roerich, que iba en busca del legendario Shambala, tuvieron grandes dificultades para sus exploraciones, hasta el extremo de tener que abandonarlas. Las razones de este aislamiento no eran caprichosas: el Tíbet es un territorio inmenso, con una extensión entre tres y cuatro veces la Península Ibérica; poblado, en aquel entonces, por cuatro millones de habitantes. La mayor parte de Asía estaba dominada, colonizada y explotada por las potencias occidentales y, si este dominio y colonización no había llegado a su territorio, a pesar del intento de algunas expediciones inglesas, fue gracias a su inaccesibilidad y a la política de aislamiento de sus gobiernos, que pretendían, fundamentalmente, preservar su cultura y tradiciones de la inculturación occidental.

No es objeto de este escrito, por su limitada extensión, hacer un relato de las características culturales, religiosas y sociales del pueblo tibetano, baste decir que su religión es el budismo que llegó desde la India y la China en el S. VIII y que, después de algunas vicisitudes, arraigó profundamente en la sociedad modelando su vida en torno a sus principios de compasión, benevolencia y pacifismo a ultranza.

En el año 1950, con la expansión del comunismo, China trata de anexionarse el Tíbet. En principio de forma pacífica y aceptada por sus gobernantes, fundamentalmente el Dali Lama, quien considera, y de vez en cuando lo repite, que, entre un comunismo autentico y el budismo puede existir una relación de armonía. A partir de ese momento, y por razones no muy claras, pues existen diferentes versiones sobre las causas, la situación evoluciona hasta un enfrentamiento militar que las débiles fuerzas tibetanas no pueden resistir. El verdadero desastre llega con la Revolución Cultural, que destruye monasterios, asesina monjes y amenaza acabar con su ancestral cultura, y es aquí cuando un gran número de tibetanos, siguiendo el ejemplo del Dalai Lama, líder religioso y político del pueblo tibetano, se ven obligados, para salvar sus vidas y al mismo tiempo preservar sus tradiciones, a lanzarse a una peligrosa huida y comenzar su exilio.

Hoy estamos hablando de refugiados en cifras de millones de personas que, para huir del horror que dejan detrás, se juegan la vida y se enfrentan a unas condiciones de existencia terribles. Acostumbrados como estamos a cuantificar hasta el dolor, nos parece más terrible cuando son muchos los que sufren, pero el dolor y el sufrimiento es siempre el mismo, con independencia de los avatares históricos y el número de personas afectadas. El número de tibetanos que se lanzaron inicialmente al exilio fue de unos cien mil, y su sufrimiento fue enorme. Iban hacia el sur, hacia los Himalayas, para llegar a la India y al Nepal, primeros países que los acogieron; para ello tuvieron que atravesar los pasos más difíciles del mundo, con temperaturas muy por debajo del cero, ventiscas y enormes altitudes. Se calcula que unos treinta mil murieron por el camino y después, ya asentados en la India, otros muchos murieron en poco tiempo por efectos de un clima al que no estaban acostumbrados.

La imagen de los refugiados, exiliados e inmigrantes trae a nuestras mentes una situación de inmediato peligro, sin caer en la cuenta de que, muchas veces, a pesar del horror al que tienen que enfrentarse, el exiliado es un privilegiado que, en un momento dado de su destino, puede elegir un riesgo para evitar otro mayor: los exiliados de la guerra civil española, sufrieron lo indecible en los campos franceses y otros lugares todavía menos acogedores, pero los que dejaban atrás se enfrentaban a los paredones y a las cárceles; los refugiados sirios se juegan la vida en el mar y en los campos de internamiento que deberían llamarse de concentración, pero se libran de los bombardeos, el hambre, las violaciones y toda la crueldad de una guerra horrible; y los refugiados tibetanos, sobre todo los religiosos, huían de una muerte casi segura y de ver el aniquilamiento y destrucción de una forma de vivir que ellos consideraban sagrada.

La mayor motivación de su huida fue preservar su cultura, su espiritualidad. En seguida levantaron templos y monasterios en los países de acogida y desde allí, sin proponérselo, extendieron esta espiritualidad por el mundo entero. Los monjes y maestros budistas fueron invitados por aquellos viajeros del espíritu, que por azar los conocieron, a visitar el resto del mundo. Con ellos traían la bienaventuranza de una espiritualidad antigua, luminosa, sencilla, benevolente, sin dogmatismos, compatible con cualquier creencia religiosa, que no pretendía hacer proselitismo y nos ofrecía, a todo aquel que supiera verlo y tuviera oídos, un gran mensaje de sabiduría para la convivencia como núcleo fundamental de su filosofía.

A lo largo de la historia estas migraciones y exterminios genocidas se han venido repitiendo sin cesar: judíos, kurdos, armenios, sirios, palestinos, españoles, hutus… Son las victimas de causas cuyos efectos no somos capaces de afrontar; de conflictos que se escapan a nuestra capacidad de resolución, por no decir que generamos conscientemente. El ser humano es una especie enferma; con independencia de la salud mental que tengamos como individuos, en su conjunto, es una raza locoide, profundamente neurótica, que no sabe enfrentarse al único y verdadero problema subyacente en la existencia: el sufrimiento; con su egoísmo y estulticia, crea constantemente causas y condiciones para el dolor individual y colectivo. Reconocer esta característica de nuestra especie, ser conscientes y tratar de ponerle remedio mediante la ciencia del espíritu, es uno de los mensajes y aportaciones a nuestra evolución como humanos que forma parte de la cultura y la espiritualidad del pueblo tibetano.

   
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