VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Koinonia

Había un hombre que lo podía todo. No sé si era alguien del tiempo en que las magias eran verdaderas, o alguien que había llegado al punto culminante del proceso evolutivo. Se llamaba simplemente el hombre-que-todo-lo-podía. Tenía una obsesión: la tranquilidad. No soportaba el torbellino de las cosas cotidianas y decidió huir de ellas.
Un buen día abandonó todo y buscó lugares solitarios para poder gozar de la tranquilidad de estar quieto. Después de algunos días, empezó a pensar y con la reflexión le vino la preocupación. Se dio cuenta de que estaba girando a una velocidad de 1.700 Km por hora, pues ésa es la velocidad de la Tierra alrededor de su propio eje. Se aburrió de la Tierra que lo arrastraba irresistiblemente consigo.

Como era el hombre-que-todo-lo-podía resolvió abandonar el suelo terrestre y se fue con su satélite, allá arriba, mucho más allá de la estratosfera. Corría mucho, pero por lo menos esa velocidad era menor que la de la Tierra alrededor su eje. Pronto perdió la tranquilidad porque se dio cuenta de que giraba junto con la Tierra a 107.000 Km. por hora alrededor del sol. Enfurecido, ideó una salida que le asegurase la tranquilidad. Decidió trasladarse fuera de la órbita terrestre. Se fue cerca de Júpiter. Ahí estaría, por fin, libre de la escalofriante velocidad de la Tierra. No tardo mucho, sin embargo, en inquietarse sobremanera. Por más que huyese de la Tierra no podía huir del Sol. Y juntamente con el Sol y los otros planetas se encontraba girando a 250 Km. por segundo alrededor del centro de nuestra galaxia, la Vía-Láctea.
Como era el hombre-que-todo-lo-podía resolvió abandonar el sistema solar. Buscó otros parajes cósmicos. Se fue tan lejos, que poco le importaba saber en qué sistema estelar se encontraba. Así por lo menos estaba tranquilo.

Cierto día, sin embargo, descubrió un dato que le robó totalmente la tranquilidad. Estaba efectivamente girando a una velocidad de 1.500 km por segundo, acompañando a nuestra galaxia en un viaje alrededor del centro de un conglomerado de otras 2.500 galaxias vecinas. Se puso furioso. Empezó a andar en sentido contrario al de la galaxia, seguro de que así anularía la velocidad y podría sentirse prácticamente en reposo.

Pero cierto día enmudeció de terror e impotencia. Se dio cuenta de que, integrado en el conjunto de todos los cuerpos celestes, conglomerados de galaxias y sistema solar estaba corriendo, no, huyendo a una velocidad de 5.790 Km. por segundo, de un punto imaginario del espacio donde presumiblemente todos tuvieron su origen, el big-bang, ocurrido hace 15.000 millones de años. Aunque nadie sabe en dirección hacia dónde huía.
Finalmente, el hombre-que-todo-lo podía intuyó que, por más que huyese, no podía huir lo suficiente. Era llevado por algo mayor que lo envolvía todo.

Y el hombre-que-todo-lo-podía renunció a su nombre y a sus pretensiones. Regresó humildemente a la Tierra y a su casa. Se sentó en el balcón y se puso a contemplar la tranquilidad de todas las cosas. A pesar de la velocidad, ellas estaban como paradas en la tranquila serenidad de una naturaleza muerta. Aceptar la velocidad era encontrar la tan ansiada tranquilidad.

¿Tendrá todo esto que ver con el grande e ignoto Atractor, con el Tao y con Dios?

   
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