VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Este es un tema eterno alrededor del cual se revolotea mucho sin llegar a concretarse algo “práctico” con el Evangelio en a mano. Como afirma Leonardo Boff, los laicos de hoy ya no aceptan una Iglesia autoritaria y triste, como si fuesen a su propio entierro. Pero están abiertos a Jesús, a su sueño divino y a los valores del Reino porque la Iglesia existe para anunciar a la humanidad que Dios es amor; ésta es su razón de ser, su dicha y su identidad más profunda.

En un mundo que se avecinaba tan plural, Pablo VI tocó la médula del problema al afirmar que hoy escucha más a los testigos que a los maestros, más al ejemplo que a lo mandado. Y si escucha a los maestros, lo hace porque dan ejemplo, no solo por maestros. En este sentido, Juan XXIII inició un retorno a las fuentes de la fraternidad universal que pone al amor como lo fundamental, en el que los laicos y laicas son un referente esencial en el mandato de ser luz para otros.

Al principio de la vida de la Iglesia el papel de los laicos fue muy importante, tanto de los hombres como de las mujeres. De hecho, el primer impulso evangelizador de la Iglesia se realizó a través de laicos y laicas. Y Jesús fue un laico. Pero caminar dos mil años en la vida de la Iglesia ha traído desviaciones entre las cuales no es la menor asumir que la inmensa tarea pastoral depende casi únicamente del clérigo.

Pocos conocen que existe un Día del Apostolado seglar (secular, de siglo, mundo…) que se celebra, qué casualidad, bien prontito: el día de Pentecostés, tal es la importancia real de esta fiesta en la Iglesia. El problema sigue siendo las funciones reales de los laicos, más ejecutores que “sujetos” de las decisiones, “corresponsables” solo con carismas diferentes. Pero llevamos años (¿siglos?) de una Iglesia y una pastoral muy clericalizada y hay que aceptar que queda mucho camino por hacer y no siempre sabemos cómo recorrerlo.

Quizás haya muchas explicaciones para el alejamiento práctico de muchos laicos o el cansancio de otros que han decidido mirar a otro lado desistiendo de esperar una renovación que no acaba de llegar. Pero tenemos derecho a esperar y a encontrar en la Iglesia institución lo que a todos nos gustaría: vivir más y mejor el gozo de la fe y el amor compartido que muestre al mundo la Buena Noticia, asociando la Iglesia a Caritas, a Manos Unidas, a las HH. de la Caridad, a los voluntarios de la pastoral de la Salud  y de la pastoral Peniteniaria… En lugar de que siga asociada con una curia burócrata y trasnochada, inexplicable en la iglesia del siglo XXI.

El laicado está inmerso en un mundo que ha desplazado a Dios pero también a todo lo que huela a clericalismo que, no obstante, continúa queriendo mediatizarlo todo, a pesar de sus graves contradicciones, sin entender que la única jerarquía que vale es: 1º, ser humano, 2º ser cristiano. 3º, serlo desde su responsabilidad de vivir el amor en el día a día.

La fragilidad colectiva entre fe y vida ha derivado en una realidad donde conviven cristianos del siglo XIX, del s. XX y del s. XXI. Los cambios, en todos los órdenes, justifican un nuevo Concilio para que desarrolle adecuadamente el anterior conforme a los signos de estos tiempos, un Concilio que debiera centrarse en el laicado, especialmente en la realidad que debe ocupar la mujer en la vida eclesial. La Iglesia alemana está dando pasos decididos en una dirección que compromete la corresponsabidad de todos sus miembros poniendo en evidencia que no somos ajenos como Iglesia a los tres grandes pecados que nos acechan siempre: el poder, la vanagloria y el dinero.

Más nos valdría ponernos a la escucha y recordar las palabras de Johann Baptist Metz, discípulo de Karl Rahner: “La primera mirada de de Jesús no se dirigía al pecado de los otros, sino a su sufrimiento”; y “el pecado era para Jesús negarse a tener compasión ante el sufrimiento de los otros”, cosa que el clericalismo centrado en sí mismo, al servicio de una institución poderosa, olvida frecuentemente, afirmo yo. Algunos se sorprenden de nuestra agudeza para ver el pecado en la sociedad y nuestra ceguera para verlo en la Iglesia. Tenemos una urgente tarea, de la mano, que no excluye la revisión honesta de nuestro seguimiento a Cristo ni la renovación de las estructuras que fortalezcan la misión principal, es decir, evangelizar con el ejemplo.

El amor por encima de la doctrina, la común unión por encima de las estructra de poder sin autoridad. El Papa está retrasando la reforma de la Curia porque, seguramente, no quiere contribuir a un cisma en la Iglesia por no centrarnos en la profundizar en la caridad interna y en la esperanza a partir del imperativo de buscar el Reino de Dios y su justicia. La Iglesia, en fin, para ser creíble tiene que apoyarse en hechos porque la sociedad actual, inmersa en la cultura de la imagen, sólo entiende el lenguaje de los gestos coherentes.
 
 

   
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