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celibatoEn ella, Jesús, sacerdote, ruega por todos los bautizados, pueblo sacerdotal
“Juan 17,17: La oración sacerdotal de Jesús, interpretación de la ordenación sacerdotal” (p. 68). En las páginas 68-71, José Ratzinger hace una una interpretación peculiar de la ordenación sacerdotal y sus exigencias, a partir de Juan 17,17-18. Como introducción digamos que Juan 17 es visto desde muy antiguo como una “oración sacerdotal” de Jesús. Ya san Cirilo de Alejandría (380-444) alude a este aspecto (Ratzinger, J./Benedicto XVI: Jesús de Nazaret II. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección. P. 95. Ed. Encuentro. Madrid 2011). El título formal de “oración sacerdotal” se le atribuye al teólogo luterano David Cytraeus (1530-1600), reformador e historiador alemán, discípulo de Melancthon, considerado como “el último de los padres de la Iglesia Luterana”.

Como género literario es, sin duda, una oración de intercesión ante el Padre Dios en favor de los discípulos. Se incluye en medio de un discurso de despedida con tinte de testamento, usual en la literatura bíblica y no bíblica antes de Cristo y en su época. Los comentaristas coinciden en destacar este capítulo como “joya de la teología del Evangelio de Juan”. Resumen magistral de su cristología, soteriología y eclesiología. Muy relacionado con el prólogo (Jn 1,1-18), forma con él dos pilares que enmarcan el principio y fin de este Evangelio. El primero se centra en la preexistencia de Jesús (el Logos no encarnado), y el segundo se orienta a su exaltación en la muerte, y al futuro de sus seguidores en la misión, cuyo destino es también participar su misma gloria.

Tres son las peticiones de la oración de Jesús por los discípulos (vv.11b-24):

“Guárdalos en tu nombre para que sean uno…, guárdalos del maligno” (vv. 11b -16).

“Santifícalos en la verdad…Como tú me enviaste… así yo los envío” (vv. 17-18).

“Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno; yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno…” (vv. 22-23; los vv. 20-21 son una adicción posterior al evangelio). La teología oriental ha interpretado siempre la palabra “gloria” como equivalente al Espíritu Santo, la fuerza divina cuyo fruto primero es el amor incondicional. El Padre da “su gloria” a Jesús, y éste a sus discípulos. Esto supone que los discípulos están unidos al Padre y a Jesús por gracia como las personas divinas lo están por naturaleza. Por Jesús, los discípulos entran en la unidad amorosa divina. Como reconoce Pablo: “Por Jesucristo hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual os encontramos” (Rm 5,2).

Veamos la interpretación de Benedicto XVI a la segunda petición. “Santifícalos” es la palabra clave. “Santo”, dice, “expresa la naturaleza particular de Dios”. El ser humano “se hace santo en la medida en que comienza a estar con Dios… Significa desechar todo lo que es únicamente yo y hacerse uno con toda la voluntad de Dios… Esta liberación puede resultar muy dolorosa y nunca se lleva a cabo de una sola vez…” (p. 69-70).

En la expresión “santifícalos en la verdad”, Jesús “suplica al Padre que “incluya a los Doce en esa misión, que los ordene sacerdotes… Da la impresión de que se quiere apuntar discretamente al rito de la ordenación sacerdotal del Antiguo Testamento, donde el ordenando quedaba físicamente purificado por un lavado completo antes de revestirse de las vestiduras sagradas” (p. 70).

Súplica y lavado, dice, “significan que así es como el enviado se convierte en un nuevo hombre”. En el Antiguo Testamento se trata de una figura simbólica, que “se hace realidad en la oración de Jesús. El único lavado capaz de purificar realmente al hombre es la verdad, es el propio Cristo. Y es también la nueva vestidura a la que alude la vestidura externa cultual. `Santifícalos en la verdad´ significa: sumérgelos totalmente en Jesucristo para que se verifique en ellos lo que Pablo señala como la experiencia fundamental de su apostolado: `vivo yo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí´ (Gál 2,20)… El hecho de ser ordenado sacerdote significa que hemos de ser incesantemente purificados e invadidos por Cristo para que sea Él quien hable y obre en nosotros, y nosotros cada vez menos… El proceso que consiste en hacerse uno con Él y en renunciar a lo que solo nos pertenece a nosotros se prolonga toda la vida…” (pp. 70-71).

No dice nada del celibato. Sugiere que el enviado al ministerio de Jesús “se hace santo en la medida en que comienza a estar con Dios… Significa desechar todo lo que es únicamente yo y hacerse uno con toda la voluntad de Dios”…(p. 69). Da a entender que el sacerdote ministerial se convierte en “hombre nuevo”, “sumergido totalmente en Jesucristo”, como Pablo, que decía: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20). Por ser sacerdotes tenemos que estar siempre en proceso de hacernos “uno con Él y renunciar a lo que solo nos pertenece a nosotros”.

No por el hecho de ser “sacerdotes ministeriales” estamos en proceso de hacernos “uno con Él y renunciar a lo que solo nos pertenece a nosotros”. Es por estar bautizados por lo que renunciamos a lo que no sea voluntad de Dios, y a “desechar todo que es únicamente yo” y “renunciar a lo que solo nos pertenece a nosotros”. La mentalidad clerical entiende la “oración sacerdotal” como plegaria exclusiva por los “sacerdotes ministeriales”. Ciertamente es una “oración sacerdotal” de Jesús, que actúa como sacerdote intercediendo ante el Padre en favor de sus discípulos, que por el bautismo del Espíritu han sido constituidos también sacerdotes.

Este proceso está muy claro en el Catecismo de la Iglesia Católica:

– “La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que le hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo…; le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo; le permite crecer en el bien… Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo…” (CIC, n. 1266).

– “Los bautizados vienen a ser “piedras vivas” para “edificación de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo” (1Pe 2,5). Por el Bautismo participan del sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz” (1Pe 2, 9). El Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles” (CIC, n.1268).

– “`Habéis sido lavados (…) habéis sido santificados, (…) habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios´ (1Cor 6,11)… Pero el apóstol san Juan dice también: `Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros´ (1Jn 1,8). Y el Señor mismo nos enseñó a orar: `Perdona nuestras ofensas´ (Lc 11,4) uniendo el perdón mutuo de nuestras ofensas al perdón que Dios concederá a nuestros pecados” (CIC, n. 1425).

– “La vida nueva recibida en la iniciación cristiana no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia, y que permanece en los bautizados a fin de que sirva de prueba en ellos en el combate de la vida cristiana ayudados por la gracia de Dios. Esta lucha es la de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna a la que el Señor no cesa de llamarnos (LG 40” (CIC, n. 1426).

Leganés, 27 noviembre 2020

   
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