VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Desde mi experiencia de vivir más de quince años en vecindad con un Monasterio cisterciense femenino, creo que el monacato vino para quedarse. Es cierto que no corren tiempos boyantes para la vivencia monacal, pero hay que decir que es una estructura eclesial imprescindible para la espiritualidad del creyente y del no creyente. Ortega y Gasset sostiene con convencimiento pleno que la persona que toma en serio su vida, que da sentido a su existencia es una persona profundamente religiosa. De ahí que el monacato juega un rol importante desde esta perspectiva. También es cierto que el monacato ha de adaptarse a los tiempos que corren, por más que esa adaptación implique renovaciones que, como advertía Tehilard de Chardin, al presentarse como una realidad nueva, puede parecer herética y, por lo tanto, rechazable por la cúpula jerárquica.

El hecho incuestionable es que los monasterios y conventos, sobre todo los femeninos, languidecen, se agotan y se cierran por falta de monjas, de mujeres que busquen a Dios en el silencio de un monasterio, viviendo comunitariamente y de espaldas al mundo que les rodea.  Es aquí, a mi entender, donde está el meollo de la cuestión. Desde los tiempos de san Benito, al menos, cuya festividad hemos celebrado el sábado pasado, día 11, las coordenadas de la vida monacal se centran en la “huida del mundo” y en el mérito, de ahí los votos de virginidad (castidad), obediencia y pobreza. Más de una vez he oído a alguna monja expresar sus méritos religiosos por ser estricta en el cumplimiento del voto de virginidad.

Claro que si escuchamos a san Anselmo de Canterbury: “la virginidad es oro, la continencia plata, el matrimonio cobre…, la virginidad es sol, la continencia luna, el matrimonio tinieblas…”, la virginidad (la castidad) es una alforja apropiada para llenarla de méritos. Con estos parámetros difícilmente puede ser atractiva en estos tiempos la vida monacal. No es, pues, la huida del mundo y el mérito el rostro del monacato, sino la gratuidad, Dios es gratuito, aunque no superfluo, y el encuentro: el encuentro consigo mismo, con el otro y con el Otro, con Dios.
            El encuentro consigo mismo, la armonía personal, es un cimiento básico para afrontar la vida comunitaria y de oración. El andamio interior y personal ha de estar bien ensamblado y con los soportes oportunos para construir el edificio de la propia madurez humana, de vida fraternal y oracional y de la propia vida interior. La armonía personal implica que todas las posibles preguntas tengan su respuesta adecuada; preguntas sobre uno mismo, sobre el mundo que me interpela… San Agustín solía repetirse: “No es que yo tenga preguntas, es que me he convertido en pregunta para mí mismo”.

Y tal vez la pregunta más radical y su correspondiente respuesta es que, desde esa armonía preestablecida de la que nos habla Leibniz, es que estamos en buenas manos, en las de Dios, y que esa armonía afecta a toda la creación; de ahí la confianza en la creación y en uno mismo, y, sobre todo, que la vida monacal no debe fundamentarse en el desprecio del mundo, ni en el desprecio del cuerpo, que viene a ser una especie de cárcel que nos impide ejercitar nuestra libertad. En el relato del Génesis toda la creación está bien hecha, porque ha salido de las manos de Dios, y de esta creación el ser humano es responsable de su desarrollo en paz y armonía.

            El encuentro con el otro ha de ser el segundo pilar del edificio cenobítico, por más que monje, monja, filológicamente signifique persona sola, solitaria, aislada. El otro es una realidad y el ser humano es ontológicamente un ser relacional, como ya decía Aristóteles, que es tanto como decir que el ser humano por naturaleza ha de crear comunidad y ser responsable de ella. Pero el crear comunidad no se ha de circunscribir de rejas para dentro, sino también de rejas para fuera, que es tanto como decir que las rejas físicas de los monasterios sobran por más que vivan en clausura.  San Benito en sus Reglas amortigua la soledad monacal mediante la “atención al huésped”, potenciando así el encuentro con el otro, con los de fuera. La vida monacal, por lo tanto, si en realidad quiere conseguir un desarrollo pleno, ha de abrirse al mundo, a la realidad histórica para su transformación desde la acogida, desde la misericordia y desde la praxis de liberación y de esperanza, como se ha puesto de manifiesto en estos meses de pandemia por parte de algunas comunidades de monjas.

            Como tercer pilar está el encuentro con el Otro, con Dios. Con razón decía Laín Entralgo que el encuentro con el otro posibilita el encuentro con el Otro, con Dios. La oración es, sin duda, epicentro de la vida monacal, la oración tanto personal como comunitaria y litúrgica. No hay que olvidar que también para el creyente en general la oración en cuanto relación con Dios y con los demás debe considerarse tarea diaria imprescindible. Ora et labora, reza y trabaja, establece san Benito como norma de vida monacal.

Ahora bien, la oración es imprescindible para la vida monacal, pero de un monasterio sin rejas, de puertas y ventanas abiertas, porque, como advierte J. Sobrino, “se va conociendo al Dios liberador en la praxis de la liberación, al Dios bueno en la praxis de la bondad y de la misericordia, al Dios plenificador de la utopía en la praxis de la esperanza”. La oración encerrada y de clausura sería una manifestación narcisista, como la del fariseo (Lc 18,11-12). La oración, pues, ha de ser un encuentro también con el otro desde dentro de la propia realidad histórica en que se vive y no desde fuera como si esa realidad histórica fuese algo que no me incumbe. Jesús de Nazaret rezaba y se comprometía con el otro atendiendo a sus necesidades vitales.

            Desde esta perspectiva entiendo que el monacato ha venido para no irse y que puede ofrecer, tanto al creyente como no creyente, un espacio inmejorable para llevar a cabo el encuentro consigo mismo, el encuentro con el otro y el encuentro con Dios. Desde esta perspectiva un monasterio o convento puede ser un espacio de silencio, donde “huir del mundanal ruido” por unos días, tanto personalmente como en grupo. Una parada en el camino siempre es conveniente y necesaria. El ruido, el ajetreo, las faenas cotidianas pueden destrozar esa armonía interior tan necesaria para seguir caminando. Para E. Kant el ruido es un componente devastador de nuestro pensamiento para elaborar ideas y proyectos; él mismo siguió esta norma a rajatabla vendiendo su casa y vivir en otro lugar, porque su vecino tenía un gallo que con su canto matutino impedía al filósofo concentrarse.

            Un espacio monacal puede ser un buen espacio relacional y de escuela comunitaria, donde aprender a convivir conociendo al otro desde la propia o ajena vulnerabilidad. En el silencio monacal la escucha del otro, de sus debilidades y carencias, se hace eco más intenso, se puede convertir en una palabra de compromiso y de salida del posible narcisismo. Y, sobre todo, el espacio de silencio monacal ofrece una apertura al Otro, a ese Misterio que nos rodea como seres humanos.
      
Tema: 2. RENOVACION DE LA IGLESIA, Contemplación, Espiritualidad, Oración
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