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Castillo1Teología sin censura.
Una parábola es un relato, tomado de la vida cotidiana, que contiene en sí un dato de sorpresa o incluso de extravagancia. Se trata siempre de algo que “no encaja” con la vida, tal como tendría que ser. Es siempre algo que nos extraña. Y que nos da que pensar. Pues bien, el que se da cuenta de ese dato de extravagancia o de impertinencia, ése es el que entiende la parábola. Y el que puede sacar las consecuencias de lo que el relato parabólico pretende enseñar (W. Harnisch, Paul Ricoeur). En esto radica la clave de lo que el Evangelio nos dice en las parábolas.

Pues bien, dicho esto, hay que preguntarse: ¿por qué el papa Francisco tiene enemigos precisamente en los más altos cargos de la Iglesia? Mas aún, ¿por qué los amigos del P. Bergoglio son los mendigos, los enfermos, los niños, los presos, los ancianos, los cismáticos, los luteranos, los musulmanes, los filipinos, los africanos, los indígenas de la América más pobre? Y todavía más, ¿cómo se explica que las cosas más duras, que ha dicho este papa, no se las ha dicho a los pecadores de la calle, sino a los cardenales de la Curia y a los clérigos que han hecho, de su vocación, un oficio para trepar en la Iglesia? ¿No hay, en todo esto, un elemento de “sorpresa” y hasta de “extravagancia”?

Es la “sorpresa” y la “extravagancia” que cualquiera encuentra en la parábola del buen samaritano. Una parábola que plantea una pregunta tan clara como provocativa. Ante una de tantas víctimas, como hay en esta vida, pasa un sacerdote y pasa un levita. Y los dos “dan un rodeo” o “pasan de largo” para seguir su camino (Lc 10, 31-32). Mientras que al hereje samaritano “se le conmovieron las entrañas”, “sintió misericordia” (esplagnísthe) (Lc 10, 34) (G. Sellin). Y curó al herido.

Aquí está la “extravagancia” del relato, que nos lleva derechos a una pregunta provocativa: ¿qué tiene la religión que, a sus funcionarios, les desarrolla tanto la preocupación por “aparecer como intachables” y les atrofia aún más la “sensibilidad ante el sufrimiento de las víctimas” de este mundo? Hay personas religiosas que son ejemplares. Pero, tal como están el mundo y la Iglesia, “ser ejemplar” es “ponerse de parte de las víctimas”. Y, por tanto, “en contra de los causantes del sufrimiento”.

Por eso el papa Francisco es, ahora mismo, una parábola en el mundo. Y en esto – me parece a mí – está su fuerza de atracción. Y también de rechazo. El día que salió la “fumata blanca”. Y detrás de la “fumata”, se asomó, al balcón de la basílica de San Pedro, un papa que, en lugar de dar la bendición al pueblo, fue él quien pidió que la gente le bendijera, cuando vi eso, enseguida me vino a la cabeza la idea fija de que este hombre trae a la Iglesia el conflicto del buen samaritano. Este hombre no pasará indiferente. Con él, sin duda alguna, vendrá el enfrentamiento. A fin de cuentas, el mismo enfrentamiento que provocó Jesús.

Hablo del enfrentamiento de Jesús con los Sumos Sacerdotes. Como hablo del conflicto que ahora soporta Francisco con el clericalismo intolerante, que en este momento está temblado porque el Sínodo de la Amazonía puede tomar (y las va a tomar) decisiones que anuncian una Iglesia nueva y distinta, en la que habrá un clero menos anclado en los ritos y ceremonias del siglo V (es lo que tenemos). Y tendremos un laicado más responsable y más participativo, en la vida de una Iglesia verdaderamente sinodal. Es decir, una Iglesia en la que los laicos no serán la clientela del clero. Porque todos seremos responsables de las víctimas que vemos tiradas en el camino de la vida.
Francisco es la parábola que tanto necesitamos. Franz Kafka dijo: “Si practicarais las parábolas, vosotros mismos os convertiríais en parábola, y de ese modo os veríais libres de la fatiga diaria”.

   
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