VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Una epidemia se convierte en pandemia cuando se producen contagios en más de un continente y los casos de cada país ya no son importados sino provocados internamente por transmisión comunitaria. No hace falta grandes reflexiones para darnos cuenta de que, junto a las consecuencias sanitarias, crece de manera preocupante el número de personas que engordan la lista de la exclusión social en forma de paro, depresiones, marginalidad… lo cual va minando la capacidad de respuesta a la adversidad.

Algunos recuerdan que el significado primario de crisis es “decidir”, (de crisis, criterio) ante algo que no funciona. La crisis nos obliga a pensar y decidir. Es en los momentos difíciles cuando el ser humano crece, madura y saca lo mejor que tiene. Pero ante el número creciente de excluidos sociales, a pesar del esfuerzo institucional y de las organizaciones solidarias, lo cierto es que su fragilidad puede darnos luz, paradójicamente, además de retumbar su clamor de justicia en nuestras conciencias.

La fragilidad de los que sufren es un elemento incluso evolutivo, como repiten los científicos ya que un sistema demasiado perfecto se vuelve pronto muy rígido en todos órdenes de la vida. Por el contrario, toda persona es capaz de contribuir a la mejora de las relaciones de fraternidad solidaria, da igual su status socioeconómico, edad o estado de salud. Y el colectivo de los más frágiles y vulnerables, nos humanizan como ningún otro cuando les acogemos en su necesidad. En la medida en que ignoramos su necesidad y sufrimiento, eliminamos todo sentido a la vida al tiempo que nos endurecemos y predisponemos a que otros hagan lo mismo con nosotros.

La indiferencia y desinterés en devolver la dignidad vital a quienes malviven en las cunetas de la sociedad nos deshumaniza porque ciega las fuentes de lo mejor del ser humano. Los que carecen de los esencial -trabajo, salud, esperanza… son, sin saberlo ellos, quienes permiten sacar lo mejor del ser humano cada vez que ponemos los ojos en su debilidad para paliarla implicados en la escucha, compañía, atención, medios.
No hay partes inútiles la evolución. Y aceptar al otro como igual, de verdad, vence el miedo egoísta al tiempo que la ayuda prestada se convierte en una ayuda a nosotros mismos transformándola en crecimiento personal y paz interior. La tarea en una pandemia como esta, es estar atentos a la posibilidad de aliviar el sufrimiento, cada cual desde su capacidad y situación.

La misericordia era ajena al mundo clásico griego, pero nosotros hemos avanzado mucho en esto desde la experiencia de lo que significar acoger a quien sufre con verdadera sabiduría. Para un cristiano, la aventura de la fe es la aventura del amor. Josef Blank afirma que, en la religión de Jesús, el prójimo toma el puesto de la ley. Pero no es un tema exclusivo de las religiones, ni mucho menos; existe una ética laica y un gen capaz de llegar al heroísmo, por ejemplo, cuando arriesgamos para salvar a alguien que se encuentra en peligro sin casi pensar en las consecuencias. Este tipo de experiencias son las que dan la medida más elevada de un ser humano.

No hay personas con más valor que otras, todas tienen los mismos derechos humanos y el desarrollo de sus capacidades, aunque no sean las más listas o las mejor preparadas, ni tengan la salud de hierro o su autonomía no sea muy elevada. Porque, de lo contrario, ¿dónde ponemos el listón?, ¿dónde decidimos desatender y descartar?, ¿en los muy ancianos, los discapacitados, los enfermos pluripatológicos que consumen muchos recursos públicos? Excluir a los que sufren es excluir la dimensión del amor, que es la palanca de transformación más importante con que contamos los humanos. Sin entrañas de verdadera empatía nos convertimos en seres discapacitados de verdad y descentrados de nuestro mejor ser.

Qué curioso, ahora estamos poniendo en valor todo aquello que hace pocos días pasaba desapercibido o rutinario por obvio sin cuestionarnos su importancia y que ahora apreciamos tanto. Algo debemos aprender, algo debe cambiar a partir de esta pandemia que ha puesto sobre la mesa una realidad que nos ha cogido a todos, ricos y pobres, con el pie cambiado. Lo curioso es que, si no somos solidarios en las normas contra el virus, no podremos curarnos todos, ni pobres ni ricos porque el virus no desaparecerá. Es necesario ver la vida de otra manera y la fragilidad de los más vulnerables nos muestra el mejor camino.

   
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