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Hay ciertas enseñanzas del evangelio que nos parece casi imposible de cumplir. Al haber sido el propio Jesús quien nos transmite algunas conductas como enseñanzas directamente relacionadas con el Reino, no nos atrevemos a cuestionarlas; lo que hacemos es contentarnos con no cumplirlas por lo bajini, como si nadie se fuera a dar cuenta, incluido el mismo Dios. Una de las más importantes enseñanzas es la necesidad del perdón, a veces heroico, pero necesario para mantener el corazón humanizado, aunque mejor sería expresarlo como la necesidad de conservar el corazón divinizado por estar hechos a imagen y semejanza de Dios. En el comienzo del Adviento es un tema que me parece necesario reflexionar.

Hablar del perdón es fácil cuando las situaciones no son excesivamente injuriosas o dañinas. Y aun así, nuestro orgullo nos juega malas pasadas. Pero cuando se trata de transformarnos a la manera de Jesús, las cosas se ponen difíciles. Entonces es cuando no debemos olvidar que el acto de perdonar en cosa de inteligentes, aunque cueste, igual que aceptar el perdón que viene del ofensor, que a veces cuesta más. Impulsadas por la conciencia ética, las inteligencias emocional y espiritual claman por el arrepentimiento y la aceptación del perdón. Ellas nos demandan encontrarnos cara a cara con la parte ofendida para corregir el mal causado tratando de restaurar la humanidad de la víctima y del propio victimario.

¿Qué estamos entendiendo por justicia? El odio y la revancha no aportan justicia ni tampoco liberación interior. Sumergidos en la competitividad, creemos que el perdón es un signo de falta de carácter; el recurso del débil y del perdedor. Nada más lejos de la verdad. Pongamos nuestro ego delante de Dios recordando que existen millones de situaciones de grandeza humana en torno al perdón frente a la gran tentación de alimentar la venganza y el resentimiento. Son muchas las víctimas y victimarios que han dado el paso para la reconciliación sin recibir el aplauso que se merecen al testimoniar un modelo de conducta a seguir por toda la sociedad, especialmente la parte que se dice cristiana.

Para muestra, un botón de oro de lo que es capaz de impulsar el Espíritu si dejamos que su fortaleza anide en nuestro ser:
En 1992, se estrena en Quebec el documental Le perdon que recrea un hecho real ocurrido en Monreal unos años antes. La joven Chantal Dupont y su amigo Maurice Marcil vuelven de un concierto y son brutalmente agredidos. Chantal es violada y después son ambos arrojados al río, donde la policía encuentra sus cadáveres una semana más tarde. El dolor de las familias es indecible. Pero los padres de Chantal, que viven la prueba con la intensidad de la fe, deciden perdonar al asesino de su hija. Y lo primero que hacen es ponerse en contacto con el asesino, primero por carta.

El documental narra en detalle esa experiencia singular de amor al prójimo. Al asesino  Normand Guérin, le resulta desconcertante y extraña esta voluntad de perdón fuera de toda previsión porque para él, supone una muestra inequívoca de insensatez, algo inexplicable y fuera de toda previsión.
Los padres de Chantal, en cambio, ven el perdón como una gracia que resulta para ellos una fuente de profunda paz. En la escena final tiene lugar el encuentro de reconciliación con una intensidad extrema. Los tres se abrazan emotivamente mientras Normand no puede contener las lágrimas. La señora Dupont le dice: “Que el señor te bendiga”. Y añade: “Eres bueno, Normand”. La madre logra así el renacimiento del asesino de su hija.
Ante nuestras serias dudas dado lo difícil que a veces resulta perdonar de corazón, la pregunta obligada es esta: ¿Jesús hubiese hecho lo mismo?

   
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