VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

bbc

Golpes, robos y violaciones, es el trato que denuncian los ilegales centroamericanos por parte de las corporaciones policiales en su paso por México, trampolín obligado para alcanzar su sueño: llegar a los Estados Unidos en busca de una mejor vida.

Miradas desconfiadas, voces temerosas de ser oídas y pies cansados de tanto andar son los elementos que me reciben en la zona férrea de Tultitlán, un barrio humilde, desordenado y ruidoso que colinda con la Ciudad de México.
Este lugar es el paso obligado para miles de indocumentados centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos como polizontes a bordo de trenes cargueros procedentes, en su mayoría, del sureño estado de Chiapas.
Aquí los inmigrantes cambian de convoy rumbo a la línea fronteriza en el norte del país, donde buscarán a un “pollero” para que los ayude a cruzar a su destino final.
Según datos del Instituto Nacional de Migración (INM), durante 2005 fueron asegurados y repatriados a sus países de origen 240 mil centroamericanos indocumentados, de los cuales 45% eran guatemaltecos, 34% hondureños y 15% salvadoreños y el comportamiento de este flujo migratorio va a la alza.

Maltratos policiales
La desconfianza es lo primero que brota cuando me acerco a ellos, un grupo de alrededor de 20 indocumentados que se ubican a un lado de las vías del tren, no quieren ser entrevistados, y mucho menos fotografiados, temen que “la policía los reconozca en su próxima parada”.

Cuando insisto ceden un poco y uno a uno me cuenta su historia, “de nada sirve si le digo que los policías me han robado”, me dice Nicolás Orijuela, un guatemalteco maduro que viste ropas desgastadas y sucias como el resto de sus compañeros.

“Yo prefiero que me roben los ‘mañosos’, porque ellos tal vez nos dejan un cinco, si nos roban los policías todo le quitan a uno y si es posible hasta le dan su calentada”, se lamenta Orijuela ante la BBC.

Un viento frío acompañado de sonoros truenos anuncia una tormenta durante mi visita a las vías de Tultitlán, lo que provoca que la mayoría de estos fugaces huéspedes se arremolinen debajo de un frondoso árbol para protegerse de la lluvia.

Ahí, Eleodoro Erazo, un hondureño de 32 años, de ojos vivarachos y sonrisa constante, me habla de lo que le ha tocado vivir en territorio mexicano durante este y sus otros dos intentos por lograr llegar a Estados Unidos.

“Aquí en México hay unos (policías) que se portan bien y otros que se portan mal, han violado hasta a las mujeres en el camino, hay policías que se las quitan a uno mismo de macho, lo que hacen es encañonarlas y violarlas enfrente de uno”.

Ayuda en tierra ajena

Los habitantes de Tultitlán en su mayoría han sido testigos del deteriorado estado en el que llegan los indocumentados, así como del trato que reciben por parte de la policía local, aseguran que “los tratan como perros” pero ellos intentan ayudarlos en lo que pueden.

A través de una red informal de ayuda humanitaria que han creado, les regalan ropa, calzado y un poco de comida, sin embargo, esto les ha costado su propia tranquilidad.

Una vecina de este lugar famosa en el barrio por su activismo humanitario, accedió a hablar conmigo pero con la condición de no ser grabada, fotografiarda, ni tampoco identificada con su nombre real.

Me contó cómo en diversas ocasiones ha tenido que enfrentarse con los judiciales (policías locales) para evitar que siguieran maltratando a un centroamericano.

“Dora”, como la llamaré para resguardar su identidad, asegura que ha tenido en su casa a varios de los indocumentados que han llegado enfermos o heridos y que por humanidad los ha ayudado “porque no quisiera que mis hijos sufran lo que ellos buscando una mejor vida.”

Pero este altruismo ha sido frenado, pues asegura que en diferentes ocasiones ha recibido amenazas directas de los policías y también anónimas, por eso ya no quiere hablar y dice “quiero irme de aquí, así lejos sabré que la están pasando mal pero ya no veré lo que les hacen”.

   
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