VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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En 2013 se cumplen quinientos años de “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo, con el honor añadido de ser la obra literaria italiana más difundida a nivel mundial además de mantenerse viva en las editoriales de muchos otros países ¿Por qué será? Ayuda mucho, desde luego, tener al alcance de la mano y en pocas páginas, a las mejores lecciones universales que se conocen para encaramarse y mantenerse en el poder político; en el caso de Maquiavelo, era para conseguir un Estado fuerte, aunque sus comentarios sirvieron -y continúan sirviendo- a quienes ambicionan cualquier otro tipo de poder.

De ahí que la imagen de este humanista del Renacimiento haya quedado asociada para siempre con la un tipo cínico y desalmado, triunfador gracias a su falta de escrúpulos. Lo corrobora, además, una de sus frases más conocidas: el fin justifica los medios.

Lo cierto es que esta fama ha sido ganada porque generaciones de trepas han utilizado su libro para alcanzar el poder a toda costa, a pesar de que Maquiavelo quiso escribir sobre este tipo de personajes para desenmascarar esa inmoralidad que tanto le hizo a él mismo. Aunque tampoco debemos olvidar que era un nostálgico de la grandeza de la antigua Roma y que esto iba unido a los postulados que escribió en “El Príncipe”, pero que, en su caso particular, no supo aplicarlos con éxito. Como les ha pasado a tantos que se han pasado la vida confiando en lo peor del ser humano para triunfar.

Maquiavelo no publicó nada en vida. No eran tiempos para mantener la vida con semejantes revelaciones. Empezó a escribir “El Príncipe” tras el regreso en 1512 a su Florencia querida donde los Médici eran la referencia. Con ellos le fue bastante mal hasta el punto de haber sido encarcelado y condenado a pagar una fuerte suma de dinero por participar en una conjura política. Visto lo que vio, en realidad escribe como lo siente y padece: que los deberes y obligaciones de un príncipe le impiden poseer ninguna característica loable. En ese estado de ánimo crea “El Príncipe” y su ansia de conquistar el poder a cualquier precio, convirtiéndose en el manual por antonomasia del tirano. Enumera, entre otras cualidades del gobernante, la fuerza de carácter y habilidad necesaria para conseguir sus intereses. No ha de tener escrúpulos morales para conseguir sus propósitos; de ahí que el príncipe ha de saber humillarse si es necesario, ejercer la fuerza y la violencia y no tener reparos en halagar a las multitudes para manejarlas mejor. Sin olvidarse del arte de simular integridad para mantener la fidelidad de sus súbditos.

Su triste mérito es que esta obra ha sido y sigue siendo el libro de cabecera de muchos políticos y mandatarios financieros que prescindieron de lecturas y comportamientos éticos. La paradoja de todo esto es que su autor no puede presumir personalmente del éxito de sus teorías porque, como indicaba líneas arriba, Maquiavelo no se libró de probar su propia medicina. A su fracaso profesional se une el descalabro personal ya que su familia no le respetó nunca por su falta de promoción, mientras que él consideró siempre a su mujer y a sus hijos como una fuente de estrecheces y penalidades. Y le salió mal en varias ocasiones, exilio y penurias económicas incluidas. La última vez, fue injustamente acusado de preparar un golpe de Estado contra los Médici; sus antiguos compañeros de partido le consideraron un traidor y murió en la más absoluta pobreza, olvidado y abandonado por todos.

Ahora que estamos desenmascarando a tanto lector de Maquiavelo en la política española (“por sus hechos les reconoceréis”), bueno será recordar a los 500 años de este clásico de la literatura, que la verdadera enseñanza atemporal de “El Príncipe” puede ser esta otra para quienes quieran convertirse en sus discípulos: siempre puede haber otro maquievelo más desalmado que tú.

   
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