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(Esto va por el silencio clamoroso de nuestros obispos, ¡con la que está cayendo!)
A mí me han dicho muchas veces, y también personas directamente relacionadas con mi misión pastoral en la Iglesia, que cuál es el motivo por el que me meto tanto con los obispos. Mi respuesta es siempre la misma: -¿Has leído el Evangelio?-, ¡qué cosas tienes!, ¿Cómo no voy a leer el Evangelio?-, me respondió un vicario episcopal. Y yo seguí: -pues ahí tienes la respuesta-. Jesús denunció, sobre todo, a los sumos sacerdotes, a los senadores de Israel, a los jefes de los fariseos, a las familias ricas de los saduceos, al rey Herodes, pero nunca a los publicanos, a los samaritanos, a las prostitutas, a los pobres, a los leprosos, a los impuros, etc., etc.

Pues yo hago lo mismo, le dije. En la Iglesia todos somos responsables de la evangelización, con nuestra vida diferente, con el perdón, con el amor y la preocupación por los demás. Al ver esos comportamientos de los primeros cristianos, los paganos romanos decían, ¡Mira como se quieren!, y así fueron convirtiendo a todo el imperio. Pero cada uno de los fieles de la Iglesia se comportan así desde el anonimato y la discreción.

Pero los pastores, los obispos, los sucesores de los apóstoles, están, como diría San Pablo, en el escenario, ante todos los públicos, ángeles y humanos, y su misión de pastoreo de los fieles les dota de una autoridad evangélica y eclesial, pero también, de unas responsabilidades especiales, sobre todo, del cuidado de sus ovejas, contra todos los lobos. especialmente, en la tempestad, en la tormenta, y en la zozobra. Todos admiramos la coherencia, la valentía y la fidelidad a su misión, del obispo Ambrosio, De Milán, que no se anduvo por las ramas al afear a propio Emperador Teodosio su abuso y su pecado, al pasar por las armas a los que lo habían abucheado en el anfiteatro de Tesalónica, prohibiéndole, además, la celebración de la Eucaristía hasta que no hubiese cumplido su pecado con una larga temporada de penitencia pública en el “orden de los penitentes”.

Y es que la misión de los obispos no es solo “la salvación de las almas”, esa fórmula vacua e inocua. Jesús curaba los cuerpos, se preocupaba por que la gente andaba “como ovejas sin pastor”, urgía a sus apóstoles a que dieran de comer al gentío hambriento, y nunca daba la espalda a los hipócritas que “andaban el mundo entero para hacer un discípulo”, para dejarlo, después tirado de la mano, peor que antes. Y los lobos y tormentas y tempestades que acechan el día de hoy a los españoles, todos ellos, al cuidado, ¡cura!, de alguno de los pastores-obispos de nuestro país, son numerosas, y variadas. Señalaré alguna:

A pesar de las proclamas del Gobierno, las cosas no andan bien para todos., Hay una buena minoría, cada vez mayor y menos minoritaria, a los que nos les llega la pretendida bonanza económica, y la salida de la crisis. Que se lo pregunten a los analistas de Caritas, institución de la Iglesia más apreciada por los ciudadanos españoles. Y esta situación tiene muchas causas. Seguiré denunciando algunas.

La dichosa reforma laboral, ha ayudado, desde luego, a cierta producción de la riqueza, pero a costa de dejar a los trabajadores a los pies de os caballos, con la facilidad que se ha regalado a los empresarios para perpetrar contrataciones inicuas, y despidos miserables. Esta situación en la relación empresarios y asalariados está perpetuando la injusta iniquidad, intolerable, de que el progreso económico recaiga, en nuestro país, en mucho mayor porcentaje, que determinan los expertos, en las espaldas de los trabajadores que en el bolsillo de los empresarios. Sigue, y se agrava, el eterno problema, y la situación de desequilibrio, entre el trabajo y el Capital. … y, los obispos, ¡callan!

No la precariedad, sino ¡la miseria de los salarios!, que provoca en España una desigualdad social, que ya ha denunciado con reiteración la Unión Europea, que aunque es verdad que aumenta en toda ella, lo hace de manera destacada en nuestro país. … y, los obispos, ¡callan!.
Se gasta, en la visita del Papa a Valencia, una cantidad desmesurada de dinero público, que las cuentas de los responsables del evento no aclaran con transparencia, sino que presentan en un galimatías inescrutable, y, a pesar de que en ese estilo de actuaciones, la Iglesia oficial está directamente afectada, … , los obispos, ¡callan!.

La corrupción de muchos dirigentes políticos, con la ayuda de empresarios inescrupulosos, tipificada ya sin lugar a dudas, y señalada en procesos judiciales, que ha producido diferencias notables en las probabilidades de éxito electoral entre los diversos partidos, … y, los obispos, ¡callan!
La impresión de mutua injerencia entre los poderes ejecutivos y judiciales de la nación, con el resultado que provoca de compadreo, en nombramientos, cambios estratégicos, y otras maniobras que muestran todo menos transparencia, … y, los obispos, ¡callan!

Una creciente, e inquietante tendencia de fiscales y jueces a la radicalización, a la vuelta a posturas de intolerancia y de escándalo farisaico, en unos temas, (como el caso del joven de Jaén, que ha publicado una composición fotográfica, nada irrespetuosa, ni indecente, ni ofensiva, o el caso de los titiriteros de antaño), mientras en otros, ciertamente, más serios y comprometidos, como las trabas de dirigentes políticos a las investigaciones que les perjudican, o evidentes incumplimientos de gobernantes a leyes que no les gustan, como la ostentación en el desprecio a la ley de Memoria Histórica, -“cero euros le hemos dedicado en mis dos períodos de Gobierno”, afirmó el presidente en una entrevista, o el elevado tanto por ciento de ciudadanos con derecho a ser atendidos por la ley de Dependencia, y que no reciben ninguna ayuda, los fiscales no denuncian esos incumplimientos, etc., … y, los obispos, ¡callan!

Un abuso desmedido, e interesado, del régimen jurídico de la prescripción, que acaba provocando una especie de inimputabilidad, o casi inmunidad, cuando la prescripción, según nos enseñó nuestro profesor de Derecho Canónico, y juez del Tribunal de la Rota de Madrid, P. Federico Zulaica Vidaurre, ss.cc., nunca debe correr cuando el proceso judicial está activo, ya que es un régimen jurídico que tiene como objetivo que los procesos no se eternicen, y, además, debería bastar, para activarlo, la simple denuncia por escrito del fiscal al juez para comenzar de cero el contaje del tiempo, pero contemplamos indignados cómo delincuentes probados y sentenciados, salen de rositas por la dichosa prescripción, que nunca, o raramente, alcanza a los pobres y desdichados delincuentes sin aparatos defensivos hinchados. (Sería de desear que cuando llega a tener efecto la prescripción, el fiscal tuviese que pagar lo que el erario público, o el perjudicado por la misma, hubiera dejado de lucrar), etc., … y, los obispos, ¡callan!

Y un ejemplo clamoroso de silencio, que prometí vocear, y llegar hasta el presidente de la Conferencia Episcopal (CEE), el que se produjo cuando dos ¿periodistas? de la COPE tacharon, uno a los responsables de una carroza de la Cabalgata de Reyes de Vallecas, de “maricones de mierda”, y otro, al evento en sí, de “ser peligroso agacharse para recoger los caramelos”, por el riesgo inminente de lo que podría suceder. Y sigo preguntando, ¿alguien entiende que en una emisora episcopal, o así lo piensa la gente, se pueda insultar de ese modo? O, ¿alguno de nuestros obispos supone que Jesús podría decir algo parecido? Porque Él, de insultar, lo haría, como lo hizo, y el Evangelio lo demuestra, contra los hipócritas fariseos, o el artero Herodes, o los Sumos Sacerdotes ambiciosos, o, incluso, contra su mejor amigo y primer Papa, Pedro, contra el que profirió el supremos insulto de mandarle, “¡Apártate, de mí, Satanás!, porque esto no te lo ha inspirado el Espíritu sino la carne”, y eso motivado porque el apóstol había intentado disuadir al Señor de aceptar la Pasión y muerte.

   
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