VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Teología sin censura

Expliqué en el post anterior que todos los autores del N. T. evitaron cuidadosamente utilizar el término “sacerdote” para designar a los ministros o responsables de las comunidades cristianas. Y es importante recordar que esta actitud se mantuvo hasta el siglo III. Como es lógico, si en la Iglesia de los dos primeros siglos se cuidó evitar esta designación, por algo sería, es decir, alguna rezón tendrían aquellas comunidades para no utilizar jamás el título de “sacerdote” cuando se referían a los líderes de las comunidades.

Esto da que pensar. Sobre todo, si tenemos en cuenta que, como no podía ser de otra manera, todos los grupos religiosos de la antigüedad tenían naturalmente una nomenclatura (consagrada y aceptada) para designar a sus cuadros de mando. Sin embargo – y por más sorprendente que pueda parecer -, las primeras comunidades de la Iglesia tomaron, para designar a los cargos en las comunidades, nombres tomados de las instituciones civiles.

Así: ” apostoloi” (enviados, mensajeros); “prophetai” (profetas, que con frecuencia eran laicos); “poimenes” (pastores); “euangelistês” (el que lleva buenas noticias); “episkopoi” (obispos), que eran los “vigilantes”, “inspectores”o “gobernadores”: “presbyteroi” (presbíteros), personas honorables y que en Asia Menor y Egipto designaban a los que presidían en una corporación; “proistámenoi” (los que presidían) (Rom 12, 8; 1 Tes 5, 12); “egoúmenoi” (dirigentes) (Heb 13, 7; Hech 15, 22); “diakonoi” (sirvientes o camareros); “douloi” (siervos o esclavos) (Rom 1, 1; 2 Cor 6, 4; Col 1, 25…; cf. Mc 10, 45 par).

La Iglesia naciente no toleró títulos “sagrados”, sino nombres o calificativos “civiles” y, en ese sentido, “laicos”. Nos guste o no nos guste, así fue. Y lo lógico es pensar que esto no pudo ser mera casualidad. Sin duda, esto tiene su lógica relación con el título mismo de “Iglesia”, que es la versión a nuestra lengua del término griego “ekklesía”, la palabra técnica que se utilizaba en Grecia para designar a la asamblea de ciudadnos libres, reunidos para tomar democráticamente sus decisiones.
Nada de esto impedía creer en Jesús el Señor. Y ser testigos de la fe. Es más, sin duda alguna, los primeros cristianos vieron que era así cómo tenían que denominarse y hacerse presentes en la sociedad del Imperio.

Precisando más: en la primera mitad del s. III, los ministros de las comunidades empezaron a utilizar los términos “orden” y “ordenación”. Ahora bien, estos términos remitían, ya entonces y sobre todo entonces, a las ideas de “honor”, “dignidad” y “potestad”. En efecto, el “ordo” y la “ordinatio” eran, en aquel tiempo, conceptos clave en la organización de la sociedad. Porque eran los términos clásicos para designar el nombramiento de los funcionarios imperiales, sobre todo del emperador.

El “ordo” tenía, en el imperio romano, la significación de “clase social”, de manera que existían tres “ordines”: el orden de los senadores (“ordo senatorum”) y el orden de los caballeros (“ordo equitum”), que se situaban claramente sobre la plebe o pueblo llano (“ordo plebeius”) (Pauly-Wissowa, 18/1, 930-936). Es claro que los ministros de las comunidades, en el s. III, se apropiaron el ” orden” y la ” ordenación”, como títulos de dignidad y supremacía, para diferenciarse de la gente sencilla y, por tanto, de la comunidad.

En buena medida, se puede decir que el derecho y la cultura del imperio fueron más determinantes que el Evangelio. Jesús había reprendido insistentemente a los discípulos y apóstoles por sus pretensiones de ser los más importantes, de situarse los primeros (Mc 10, 35-45 par; Mc 9, 33-37 par). El criterio de Jesús es que los primeros tenían que situarse como los últimos (Mt 20, 16; Mc 10, 31). En este sentido, la Iglesia tendría que ser la subversión del “orden” de este mundo. Pero el “clero”, como “porción escogida”, no quiso que fuera así.

Como es lógico, toda institución que pretenda perpetuarse ha de tener un mínimo de organización, una estructura. Pero eso se puede hacer de muchas maneras. Jesús no quiso, en el movimiento que el ponia en marcha, reproducir los modelos organizativos de los poderes de este mundo. Y, con claridad y firmeza, los primeros cristianos entendieron que la Iglesia no tiene por qué ser guiada por “hombres sagrados” o ” consagrados”. Pero el hecho es que en la Iglesia trastornó el ideal utópico de Jesús.

El ideal de quien está convencido que todo el que sube, por eso mismo, divide; mientras que todo el que baja, por eso mismo, une. Ya el autor de la primera carta de Pedro se dio cuenta del peligro que acechaba, a las comunidades de la Iglesia, cuando, dirigiéndose “a los responsables de las comunidades”, les dijo: “cuidad del rebaño de Dios que os han confiado, cuidando de él no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por por sacar dinero, sino generosamente; no tiranizando a los que os han confiado, sino haciéndoos modelos del rebaño” (1 Pe 5, 1-3).

Algunos comentarios al post anterior han dado a entender que en la Iglesia, desde el N. T. hasta hoy, se ha ha producido un “desarrollo del dogma”. Pero, ¿podemos los cristianos admitir un ” desarrollo” que resulta contradictorio con el Evangelio?

   
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