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CelibatoDe nada vale la “moción nueva del Espíritu”
Hoy, día en que escribo este post, jueves de la semana XII del TO, hemos rezado este Responsorio en el Oficio de Lecturas (inspirado en Rm 7, 6; Mc 2, 25-26):
“Muertos a lo que nos tenía cautivos, y desligados del vínculo de la ley. Tenemos que servir a Dios siguiendo la moción nueva del Espíritu, no la autoridad superada de un código escrito. ¿No habéis leído nunca lo que hizo David cuando tuvo hambre? Entró en la casa de Dios y comió de los panes presentados. Tenemos que servir a Dios…”.

Muchos sacerdotes casados “sirven a Dios siguiendo la moción nueva del Espíritu”

Sirven a las comunidades cristianas que les piden servicio, a pesar de la prohibición de la autoridad eclesial. La voluntad de Jesús está antes que el “código escrito”. Impedir la celebración de la eucaristía porque el presidente no es célibe, es oponerse a la voluntad de Cristo, es tentar a Dios, obligar a Dios a dar el don de la soltería…

La Iglesia católica occidental impone un don de Dios como obligatorio a quienes sienten vocación para el ministerio episcopal y presbiteral. Si Dios no les concede dicho don -celibato por el reino-, las comunidades se quedan sin obispos y presbíteros, sin eucaristía. “Haced esto en memoria de mí” (Lc22, 20), sólo vale si Dios concede el celibato de por vida a quien preside la celebración. Ya sabe Dios lo que tiene que hacer: dar los dones de la soltería y del amor pastoral, a la misma persona:

“Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Can. 277, par. 1. Código de Derecho Canónico 1983).

La Iglesia Oriental también en parte condiciona el Evangelio:

Can. 180: “Para que alguien sea considerado idóneo para el episcopado ha de ser no ligado por el vínculo matrimonial”.

Can. 373: “El celibato de los clérigos, elegido por el reino de los cielos y tan coherente con el sacerdocio, ha de ser tenido en gran estima, como atestigua la tradición de toda la Iglesia; asimismo ha de ser apreciado el estado de los clérigos unidos en matrimonio, atestiguado por la práctica de la Iglesia primitiva y de las Iglesias orientales a través de los siglos.” (Código de los Cánones de las Iglesias orientales 1990).

La ley eclesial sigue siendo más importante que el Evangelio

Ante la opinión pública queda bastante claro que a los dirigentes eclesiales les importa poco que no pueda celebrarse la eucaristía ni que la comunidad tenga pastores. Lo decisivo es que se cumpla la ley eclesial. No se respeta la conciencia personal que evoluciona y cambia ante exigencias humanas perentorias (físicas o psíquicas). La brutalidad de la ley arrolla todo lo humano y divino: esposa, hijos, escándalos, derecho de la comunidad a tener responsables, a celebrar la eucaristía, etc.

El sincero Pablo VI reconocía lo que hizo Jesús:

“no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas -1Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6-” (Pablo VI: Sacerd. Caelib. 5).

Sin embargo los Papas, el mismo Pablo VI, no se atreven a romper la ley, creada e impuesta por una parte dirigente de la Iglesia, en un tiempo oscuro y cruel. Ante los tradicionalistas, tienen miedo y no se atreven a hacer lo que hizo Jesús. Así “invalidan la palabra de Dios por una tradición” (Mc 7,13). Tradición que surgió de la ignorancia sobre el significado de la sexualidad, de la necia interpretación de la Escritura, de la imposición imperial de los Papas… El Espíritu de libertad y amor que llenaba a Jesús le llevó a respetar la opción celibataria. Hoy, sin duda, Jesús ayudaría a que fueran buenos maridos, padres y pastores de la comunidad cristiana (1Tim 3, 4-5). Lo que han hecho tantas iglesias, que nos “llevan la delantera” en libertad cristiana: la Iglesia oriental en parte, Ortodoxos, Anglicanos, Luteranos… En modo alguno Jesús impediría el ejercicio del ministerio a los presbíteros y obispos que no pueden seguir guardando el celibato de por vida.

Acerquémonos a los tiempos oscuros y crueles

San Siricio puede ser considerado el patrono de la “continencia obligatoria”. Diácono de la Iglesia romana con los papas Liberio y Dámaso. Tras morir éste, es proclamado Papa el año 388. Se cuenta que San Jerónimo marchó de Roma hacia Oriente por esta elección que no compartía en absoluto. Pronto se vio la línea de Siricio en el gobierno de la Iglesia. Amigo del emperador Valentiniano II, quiere erigirse en otro emperador del espíritu: el primero en atribuirse el nombre de “Papa” (según unos, del griego –pappas: padre-; según otros, son siglas: P –Petri- A –apostoli- P –potestatem- A –accepit-). En consonancia con su mentalidad y amistades, es también el primero en usar lenguaje imperial: “Mandamos”, “Decretamos”, “Por nuestra autoridad…”. Sus normas valen por su autoridad externa, más que por su contenido. Prefiere la prohibición y el mandato a la exhortación. Tras consagrar la iglesia de San Pablo Extramuros, hizo grabar su nombre en una de las columnas, que aún puede verse, al no ser destruida por el fuego de 1823 que arrasó gran parte de la basílica. Murió el 26 de noviembre de 399. En el siglo XVIII fue incluido en el santoral por Benedicto XIV.

Tras las huellas del concilio de Elvira (Granada-España)

El concilio de Elvira del año 306 había decretado que “todo sacerdote que duerma con su esposa la noche antes de dar misa perderá su trabajo”. En su canon 33, los obispos reunidos concretaron su deseo en estos términos: “Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos ¡y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” (Can. 33). San Siricio sigue esta línea, aportando razones para la “continencia” o no uso de la genitalidad. Se conserva una carta a Himerio, obispo de Tarraco (hoy Tarragona). En dicha carta [Directa ad decessorem, a Himerio, obispo de Tarragona, de 10 de febrero de 385] se percibe la mentalidad y la teología sobre la sexualidad vigentes en la Iglesia de Roma entonces.

“Santidad” es igual a “continencia”
La llamada a la santidad es para Siricio llamada a no tener relaciones sexuales, ni siquiera con la propia esposa. Así entiende el texto del Levítico (20,7), y la carta primera de Pedro (1,16). “¿Por qué también, el año de su turno, se manda a los sacerdotes habitar en el templo lejos de sus casas? Pues por la razón de que ni aun con sus mujeres tuvieran comercio carnal, a fin de que, brillando por la integridad de su conciencia, ofrecieran a Dios un don aceptable…”.

Produce hilaridad el que se llame “comercio carnal” a la intimidad matrimonial, tan moral y santa como el celebrar cualquier sacramento. “Procrear hijos”, tras la consagración sacerdotal, es un “crimen”, que “muchísimos sacerdotes de Cristo y levitas” han cometido, “con su mujer” o en “torpe unión”. Claramente se percibe una judaización del sacerdocio cristiano. Aberración que recorrerá siglos en la Iglesia: entender el sacerdocio existencial, vital, de Jesús como ritual. Y además creer que el sacerdocio ministerial es el único, más importante que el sacerdocio fundamental, común, recibido en el bautismo.

(Seguirá)

   
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