VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

La reciente sentencia del Tribunal  Supremo a los recursos interpuestos por las Consejerías de Educación de Andalucía y de Cantabria ha vuelto a traer a palestra el recurrente debate entre las ventajas y los inconvenientes  de la coeducación y de la educación segregada de chicos y chicas.  La sentencia del tribunal establece que las administraciones educativas no deberían conceder el concierto económico a aquellos centros que escolarizan únicamente a estudiantes de un sexo, ya que estarían incumpliendo la Ley Orgánica de Educación (LOE) que establece que los colegios no podrán discriminar a los alumnos por razón de sexo. Más allá de la decisión que finalmente se adopte en el ámbito jurídico, lo importante es reflexionar sobre los argumentos pedagógicos en los que se sustentan ambas posiciones que, por otra parte, deben ser los que fundamenten las normas que rigen nuestra sociedad.

Quienes proponen una educación diferenciada por sexos han venido apoyando su opción en ciertas investigaciones que encontraban mejores resultados académicos cuando los alumnos y alumnas estudiaban en centros diferentes. Como se muestra en un reciente artículo de la prestigiosa revista Science[1], la mayor parte de estos estudios carecen del rigor metodológico que permitiría dar por buenas sus conclusiones. Esta falta de fundamentación es por sí misma una poderosa razón para descalificar los modelos de educación segregada, junto al hecho de que se han publicado varios trabajos que muestran que la educación diferenciada por sexo incrementa los estereotipos de género.

Desde nuestro punto de vista de Redes Cristianas,  el argumento más importante a favor de la coeducación es el principio de normalización en el que se basa la escuela inclusiva. La educación escolar tiene que preparar para poder formar parte de la sociedad en la que el alumnado va a desenvolverse a lo largo de su vida. Los colegios e institutos deben ser lugares en los que convivan todo tipo de personas. La diversidad que de hecho existe en los grupos sociales debe estar presente en las aulas. En el aprendizaje de esta convivencia se basa la cohesión social y los derechos y deberes de los ciudadanos. El sexo es uno de los elementos de esta diversidad y garantizar que se superan los estereotipos sexuales, que todavía hoy en día tienen por desgracia una clara presencia, implica que la escuela cumpla con el papel que le corresponde en esta tarea. Enseñar a convivir juntos no supone negar las diferencias, significa saber tenerlas en cuenta en la práctica educativa. Sin duda no es una tarea fácil, por lo que el esfuerzo debería concentrarse en la formación de los equipos docentes en las estrategias de atención a esta característica de la diversidad, como a otras igualmente relevantes.

Desde esta posición, nos parece claro que el Estado debe apoyar a las escuelas que optan por la coeducación y no estaría justificado, por tanto, gastar dinero público en subvencionar a colegios concertados que no permiten el acceso con igual derecho de las chicas y los chicos e impiden con ello que aprendan a convivir juntos.


[1] Halpern y otros (2011). The Pseudoscience of Single-Sex Schooling. Science, 333, 1706-1077

   
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