images2Se ha dicho que las catástrofes humanitarias son como esos días cerrados que, a medida que el sol va disipando la niebla, van dejando aparecer la realidad que la oscuridad oculta. Arrastrados por otros intereses, los humanos no siempre vemos lo que realmente está ocurriendo entre nosotros. Una densa niebla nos oculta la realidad. Pensemos por un momento en las grandes catástrofes como el terremoto de Haití (2010) o en el tsunami de Japón (2011) y en la realidad tan contradictoria y distinta que dejaron al descubierto: improvisación y miseria, en un caso; fortaleza y previsión en el otro.

En el epicentro aun de la noche del coronavirus, varios factores de la realidad están ya emergiendo ante nuestros ojos con suficiente claridad. Señalamos, solo de pasada, —pues no es este el momento para desenterrar sus causas, darles nombre a los responsables, hacer la crítica y la autocrítica, etc.— la clamorosa ausencia de una coordinación mundial y planetaria, la falta de un liderazgo mundial y de la misma Unión Europea. Esta laguna está siendo suplida, a duras penas, por unos Estados suficientemente debilitados por largas décadas de esa otra pandemia que es el neoliberalismo del mercado y su mano providente. Es de justicia destacar en el contexto de esta debilidad institucional la urgente y eficaz articulación de lo social o de lo público-colectivo como único remedio frente a la ineficacia y ausencia del individualismo privatizador, tan rabiosamente dominante en las últimas décadas. En otro momento tendremos ocasión de ahondar en la crítica a un sistema que, en momentos como este, está probando suficientemente su volatilidad e ineficacia, y de hacer el elogio a las políticas de lo público colectivo que, al final, son siempre las que tienen que sacarnos del atolladero.
Queremos destacar hoy predominantemente esa otra realidad que está emergiendo también y con fuerza entre la densidad de esta pandemia. Nos referimos a ese otro lado luminoso y brillante que está poniendo en juego lo más noble y rico del ser humano. Y queremos hacerlo, desde la memoria, y ahora ausencia, de dos personas que nos han sido muy cercanas y que consideramos portadoras de grandes valores sociales del ser humano. Nos referimos al teólogo y místico Juan de Dios Martín Velasco y al humanista y activista sociopolítico musulmán el imán Riay Tatary. Los recordamos con cariño y veneración porque, desde nuestra experiencia inmediata, han sido infatigables luchadores por la dignidad de ser humano y grandes benefactores de la humanidad.
Ambos han sido arrancados de entre nosotros en este tiempo del coronavirus. Pero nos han dejado una huella indeleble por su bonhomía, personas de una bondad a flor de piel con quien te encontrabas siempre a gusto; por la sinceridad de su fe religiosa, por su espiritualidad (vinculados a la mística clásica española y la finura espiritual de los sufíes), una espiritualidad vivida con naturalidad en ambientes de gran indiferencia y fuerte pulsión de la secularización; y una militancia social y política en contextos populares de los barrios madrileños de exclusión, de refugio y de acogida.
De cada uno de ellos podríamos destacar no solo su resonancia nacional y mundial, debido a su obra literaria o a sus responsabilidades públicas —dirección del Seminario Conciliar y de Instituto Superior de Pastoral, el uno; Imán de la Mezquita Central de Madrid y presidente de la Comisión Islámica de España, el otro—, sino también su empeño por la reforma de las instituciones donde han estado con el fin de adaptarlas al momento histórico que estamos viviendo. Martín Velasco, empeñado en la reforma de la institución eclesial para adaptarla a la inspiración del Vaticano II y, sobre todo, a la mística del evangelio. Y Riay Tatary, haciendo de la Mezquita Central de Madrid un lugar abierto y acogedor, dialogante con todas las diferencias y acogedora de emigrantes y refugiados.
Martín Velasco y Riay Tatary nos han dejado un legado imborrable. ¡Que el Misterio en que ambos creyeron, aunque cada uno lo nombrara según su cultura, y la humanidad a la que dedicaron su vida, sean actualmente su hogar y su gozo!

   
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