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Sinodo AmazoniaRezar una y otra vez “para que la Iglesia se renueve sin cesar”
Tras leer muchos comentarios sobre el Sínodo de la Amazonía, me parece “justo y necesario, nuestro deber y salvación”, rezar una y otra vez la oración de esta mañana, 4 de noviembre, en memoria de san Carlos Borromeo: “conserva, Señor, en tu pueblo el espíritu que infundiste en el obispo san Carlos Borromeo, para que la Iglesia se renueve sin cesar y, transformada en imagen de Cristo, pueda presentar ante el mundo el verdadero rostro de tu Hijo”.

– Todos queremos presentar “el verdadero rostro del Hijo”. Pero la vida grita que no todos queremos dar pasos en esa dirección. La verdad evangélica, la libertad de Jesús, la mesa compartida, la fraternidad, la igual dignidad, procedentes de la vida de Jesús, chocan con nuestras tradiciones, leyes, dignidades, seguridades…

Renovar la Iglesia parece una tarea imposible. Instancias clericales altas y bajas insinúan reparos, posibles herejías, desacuerdos con la tradición, secularismo, falta de fe, etc. Los enemigos de la verdad y libertad evangélicas disparatan diciendo que “han expulsado a Jesús del Sínodo para la Amazonia” (card. Müller). Otros califican el texto aprobado como impropio de un Sínodo de la Iglesia Católica: “Después de leer el Documento final del Sínodo recién terminado, publicado por el Vaticano el sábado pasado, 26 de octubre, no puedo menos de reconocer que no le falta alguna razón a un periodista que comentó: `este documento parece redactado por la secretaria de una ONG internacional; por algún departamento de la ONU; por el comité de propaganda de un partido político, más que por un Sínodo de la Iglesia católica´… Apenas se habla del Espíritu Santo, y se emplea casi siempre el término Espíritu, que puede significar muchas cosas; no he encontrado -no descarto que se me haya pasado inadvertida- la palabra Salvación, que Cristo nos ofrece y que también los componentes de la Amazonia necesitan; y tampoco se menciona el anuncio del Credo, de la Verdad, del arrepentimiento por el pecado; de la Vida Eterna, etc., etc.” (Ernesto Juliá: Primera mirada al Sínodo. Religión Confidencial 02/11/19).

El cardenal alemán G. Müller llega a ridiculizarse al decir que “el Señor dio su vida para la salvación de los hombres, no del planeta”. Como si no se entendiera que el planeta es nuestra casa, nuestro continente, y no se pudiera utilizar por el contenido. La metonimia es una figura literaria que sustituye el nombre de un elemento por otro con el que tiene íntima relación. Si salvamos el planeta, salvamos al ser humano que lo habita. El maltrato del planeta repercute en quienes lo habitan. No podrán realizarse los seres humanos si no se realiza la vida terrestre. Nuestra esperanza de cielo no debe mermar el cuidado por la tierra.

También sobre la ordenación de casados, el mismo cardenal se opone a la libertad evangélica aludiendo a la gratuidad de los sacramentos:

“no existe ni puede existir un derecho al sacramento. Nosotros somos creaturas de Dios y una creatura no puede reclamar un derecho a su Creador. La vida y la gracia son un don. El hombre tiene el derecho de casarse, pero no puede pretender que una determinada mujer lo despose reivindicando un derecho específico. Jesús eligió libremente entre todos sus discípulos a doce de ellos, presentando así su autoridad divina. Eligió a los que él quiso, es Dios quien elige. Nadie puede entrar en el santuario sin ser llamado”.

– Nadie (solteros, casado, varón, mujer) tiene derecho al sacramento. Pero Dios tiene libertad, no está forzado, para llamar al ministerio a cualquier persona habitada por el Espíritu de Jesús. La ley que lo prohíbe es una atadura humana, patriarcal, clerical, que pretende que lo que es imposición humana sea imposición de Dios.

El conocimiento hoy del Nuevo Testamento y la evolución social no acepta estas imposiciones como procedentes del Espíritu de Jesús. Este rechazo los integristas clericales lo achacan a falta de fe, al secularismo, a la mundanización, etc.: “Una vez más prevalece la mentalidad secularizada: se piensa como los hombres, no como Dios… El celibato sacerdotal se puede comprender sólo en el contexto de la misión escatológica de Jesús, quien ha creado un mundo nuevo. Ha habido una nueva creación. Con las categorías del secularismo no se pueden comprender la indisolubilidad del matrimonio, así como el celibato o la virginidad de las órdenes religiosas. Con tales categorías tampoco se pueden resolver problemas que tienen su origen exclusivamente en la crisis de la fe. No se trata de reclutar más gente para administrar los sacramentos, sino que es necesaria una preparación espiritual, es necesario entrar en la espiritualidad de los apóstoles, no prestando atención a las agencias laicas que aconsejan mucho y sobre muchas cosas por razones totalmente contrastantes con la misión de la Iglesia. Sirve la espiritualidad, no la mundanización” (Entrevista del diario `Il Foglio´, 8/10/2019).

Otro disparate: “Es un error introducir sacerdotes casados. En el Sínodo Trullano del 692 d.C., el emperador romano forzó a la Iglesia a abolir el celibato. Pero sólo lo aceptaron los cristianos de Oriente, la Iglesia Latina se negó… El celibato no es una ley que pueda ser cambiada arbitrariamente; tiene raíces profundas en el sacramento del Orden Sagrado. Porque el sacerdote es el representante de Cristo, el novio; él vive una espiritualidad vital que no puede ser cambiada.. Ni el Papa, ni la mayoría de los obispos puede cambiar los dogmas de fe o la ley divina según sus propios gustos. La tradición de la Iglesia no es un juego al que se le pueda dar la forma que se quiera” (Cardenal Gerhard Müller: Declaraciones al Diario La Repubblica. 10.10.2019).

– Ni el emperador ni los Padres conciliares abolieron el celibato opcional. Fueron los obispos orientales quienes defendieron la libertad evangélica: “Los intérpretes modernos de las disposiciones trullanas sobre el celibato… afirman que el Concilio tenía autoridad para cambiar cualquier ley disciplinar para la Iglesia bizantina, y para adaptarla a las condiciones de los tiempos… (Card. Alfons M. Stickler: El Celibato Eclesiástico. Su historia y fundamentos teológicos. Scripta theologica 26 (1994/1) 13-78 13. IV. El celibato en la disciplina de las Iglesias orientales: 5. La legislación del II00 Trullano).

– Nadie habla de “arbitrariedad”. La razón principal es la práctica de Jesús del celibato opcional. Lo reconoce San Pablo VI: “el Nuevo Testamento, en el que se conserva la doctrina de Cristo y de los apóstoles, no exige el celibato de los sagrados ministros, sino que más bien lo propone como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (Mt 19, 11-12). Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (1Tim 3, 2-5; Tit 1, 5-6)” (Encícl. S. Coelibatus, 5).

– El sacerdote representa a Jesús no como célibe, sino como servidor de la comunidad que cuida el evangelio, los sacramentos y la fraternidad. Para eso sólo necesita valía personal, preparación y espíritu o amor pastoral. Cualquier cristiano, imbuido del Espíritu de Jesús, puede recibir del cielo la llamada o vocación ministerial. La Iglesia debería probarlo y reconocerlo. Así respetaría la voluntad divina. Dar de antemano una ley que obligue a Dios a conceder vocación sólo a quienes dice dicha ley es tentar a Dios, ponerse en su lugar, disponer de su voluntad para nuestros intereses. Es lo que viene ocurriendo en la Iglesia clerical romana.

Leganés, noviembre 2019

   
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