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Sinodo AmazoniaPresencia y alianza de la Iglesia con la Amazonía (n. 45-50). La Iglesia sigue al Maestro, Jesús de Nazaret, que en línea profética denuncia la causa del mal, cura, alimenta y restaura la dignidad humana. Como Jesús (“no podéis servir a Dios y al dinero” -Lc 16,13-), señalan que “la codicia por la tierra está en la raíz de los conflictos que conducen al etnocidio, así como al asesinato y la criminalización de los movimientos sociales y de sus dirigentes”.

Hacen un llamado al Estado para que demarque y proteja la tierra, evite la extracción abusiva mineral y forestal, controle las infraestructuras, los cultivos ilícitos, los latifundios… (n. 45). La Iglesia quiere ser aliada de estos pueblos denunciando los atentados contra su vida (n. 46), contra sus derechos, condiciones sociales, culturales, económicas… (n. 47, 48, 49). Quiere hacer realidad la promesa de S. Juan Pablo II en Cuiabá, en 1991: “La Iglesia ha estado y seguirá estando siempre a vuestro lado para defender la dignidad de todos los seres humanos, su derecho a tener una vida propia y pacífica, respetando los valores de sus tradiciones, costumbres y culturas” (n. 50).

Sus orientaciones recuerdan la “Dialéctica de auténtica sabiduría” de San Pablo VI, en su primera encíclica (06.08.1964). Creo que merece recordarse por coincidir básicamente con las orientaciones de este Sínodo:

“Muchas son las formas del diálogo de la salvación. Obedece a exigencias prácticas, escoge medios aptos, no se liga a vanos apriorismos, no se petrifica en expresiones inmóviles, cuando éstas ya han perdido la capacidad de hablar y mover a los hombres.

Esto plantea un gran problema: el de la conexión de la misión de la Iglesia con la vida de los hombres en un determinado tiempo, en un determinado sitio, en una determinada cultura y en una determinada situación social. ¿Hasta qué punto debe la Iglesia acomodarse a las circunstancias históricas y locales en que desarrolla su misión? ¿Cómo debe precaverse del peligro de un relativismo que llegue a afectar su fidelidad dogmática y moral? Pero ¿cómo hacerse al mismo tiempo capaz de acercarse a todos para salvarlos a todos, según el ejemplo del Apóstol: `Me hago todo para todos, a fin de salvar a todos´?(1 Cor. 9, 22).

Desde fuera no se salva al mundo. Como el Verbo de Dios que se ha hecho hombre, hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo; hace falta compartir -sin que medie distancia de privilegios o diafragma de lenguaje incomprensible- las costumbres comunes, con tal que sean humanas y honestas, sobre todo las de los más pequeños, si queremos ser escuchados y comprendidos. Hace falta, aun antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible y, donde lo merezca, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el mismo hecho con el que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio. Hemos de recordar todo esto y esforzarnos por practicarlo según el ejemplo y el precepto que Cristo nos dejó (Cf. Jn 13, 14-17)” (Ecclesiam suam, n. 39).

“Cristo se hizo hombre en una cultura concreta para identificarse con toda la humanidad” (n. 51). En la conducta de Jesús se inspiran los Padres sinodales para proponer los “Caminos para una Iglesia inculturada”. De aquí el respeto sincero a la cultura indígena, fruto de vivencias y raíces culturales, expresadas en la “piedad popular” (devociones marianas, ritos procesionales…). Deben ser purificadas, si hay elementos contrarios al evangelio (n 51-52). Un valor de “la piedad popular” es la “no clericalización” de asociaciones populares. Desde aquí hay que iniciarlas en la vida cristiana como comunidad evangélica (n. 53). Saben que “el Espíritu de Jesús a veces se anticipa visiblemente a la acción apostólica” (AG, 4). Por ello “la evangelización no es un proceso de destrucción sino de consolidación y fortalecimiento de dichos valores; una contribución al crecimiento de los “gérmenes del verbo” (DP 401, cf. GS 57) presentes en las culturas” (n. 54).

Rechazo de una evangelización colonialista

El Sínodo tiene claro que pueden repetirse los abusos del colonialismo: imponer los modos de vida económica, cultural o religiosa de los evangelizadores. La transmisión evangélica de la fe cristiana debe respetar la historia, la cultura, el “buen vivir”. Este respeto exige “procesos de interculturalidad, procesos que promueven la vida de la Iglesia con una identidad y un rostro amazónico” (n. 55). Es necesario que “centros de investigación y pastoral de la iglesia, en alianza con los pueblos indígenas, estudien, recopilen y sistematicen las tradiciones de los grupos étnicos amazónicos”. Su cultura ayudará a defender sus derechos y a acoger en su verdad lo original evangélico, lejos del proselitismo egoísta. Sólo conociendo sus lenguas, creencias, aspiraciones, necesidades…, se encontrarán métodos aptos para evangelizar (n. 56-57). Entre las necesidades destacan “la salud, la educación y la comunicación”. Invitan a crear estructuras públicas y privadas para satisfacer necesidades tan básicas (n. 58-64).

La conversión a los signos de los tiempos fue conducta de Jesús. La situación real del pueblo, el apoderamiento del poder religioso (llamado hoy “clericalismo”), la situación de la mujer y los niños, el trato a los pecadores legales, leprosos y enfermos (creyéndose castigados por Dios), la detención del Bautista como profeta… fueron signos que influyeron en Jesús al anunciar el Evangelio del Reinado del Padre Dios. De ahí su atención a las necesidades básicas: salud, alimentación, ajustamiento social. Jesús, nuestro Dios humanizado, centró la vida según Dios en la vida humana. No en “lo sagrado”, en ritos, oraciones, procesiones, jubileos. Seguir a Jesús es acompañar, moviéndose al ritmo de la evolución humana, con actitudes de bondad, esperanza en el bien, respeto, honradez… de Jesús.

La historia y la cultura están en movimiento continuo. La Iglesia, con el tesoro del Espíritu de Jesús, no puede pararse y anclarse en el pasado. Negar reformas culturales (adquisiciones científicas, derechos humanos, igualdad de la mujer, participación en la comunidad…) es impropio de los seguidores de Jesús. El ejemplo que están dando algunos dignatarios eclesiales, como el cardenal Sarah, ahuyenta a posibles y actuales creyentes. Un signo claro en la Iglesia de hoy es el abandono del ministerio por causa del celibato obligatorio. La oposición radical al celibato opcional para el ministerio es una oposición al evangelio y al proceder de Jesús, que: “no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6)” (San Pablo VI: “Sacerdotalis coelibatus”, n. 5).

El sacerdote ministerial no reemplaza a Jesús, único sacerdote del Nuevo Testamento. Servir a la comunidad no es hacer de “semidiós”, de “ministro” por encima del resto del pueblo de Dios. No debería crear una relación asimétrica, que posibilite abusos diversos. Es un servicio entre otros, a los hermanos, todos partícipes del único sacerdocio de Cristo. Sirve la presencia de los misterios de Jesús, signos eficaces de su amor. No necesita ser célibe ni varón. Y mucho menos los mecanismos compensatorios actuales: poder, economía básica resuelta, prestigio, hábito distintivo, boato colorista y pintoresco…

Leganés, 16 enero 2020

   
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