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Se han satirizado en la literatura y en el cine español los ape­llidos vascos y los catalanes, pero de los apellidos conside­ra­dos ilustres, generalmente compuestos y casi todos de ori­gen castellano, lo único que se ha hecho son dos cosas: una, incrementarlos el dictador ampliando los títulos nobi­lia­rios hasta en número de 40 (datos de un digital) por su “servicio” a la Cruzada, es decir, al gol­pismo es decir, a la re­belión frente a la República; y otra, renovarlos, tanto por los gobiernos postfran­quistas como por los gobier­nos socialistas cuyos ministros de Justicia tam­poco duda­ron en estampar su firma al efecto para que, por ejemplo, los herede­ros de dos ge­nera­les del dictador mantuviesen sus títulos por su contribu­ción “al triunfo de las Armas Nacio­na­les (…) du­rante la Cruzada”.

Y es que los sinsenti­dos y con­trasentidos clamo­rosos en la política española, y especial­mente de los que se postularon como regenerado­res de la vida pública allá por los años 80, antes, después y ahora, son tan persis­ten­tes que a muchos nos hacen vo­mi­tar. Pero a lo que voy…
 
La frase de paternidad imprecisa “los pueblos que no co­no­cen la historia están condenados a repetirla”, tan ma­nida y ce­lebrada por los falsos intelectuales y por los políti­cos de oca­sión, es como poco una frivolidad. Es de esas frases que si hacen fortuna para la tentación de citarla los políticos de la caverna es porque el significado de su vacío signifi­cante gira en torno al verbo condenar que siempre tiene su aquél… Y digo que es una frivolidad, perdón, una estupi­dez, es por­que, por un lado, no hay pueblo que no conozca su historia, y por otro, porque los pueblos avanzados no la re­piten (y cuando se habla aquí de historia no hay duda de que pensa­mos en la histo­ria te­nebrosa o san­grienta). Los histórica­mente retrasados son los que la repiten una y otra vez en uno u otro aspec­to. Por ejemplo, en España una forma de re­petirse la historia es la reiteración del domi­nio de unas deter­minadas clases so­ciales sobre el resto de la población.

Aun co­nociendo natu­ral­mente muy bien su historia, sea por su ca­pa­cidad de sufrimiento, sea por su cam­pechanía, sea por su debilidad de carácter el pueblo español la re­pite obsti­nada­mente per­mitiendo una y otra vez el predo­minio de esas cas­tas. Pues es un hecho difícilmente rebatible que Es­paña, ya como na­ción, siem­pre estuvo dominada por unas es­tirpes, siempre las mismas, que abusaron del pueblo y le oprimie­ron mientras en otras naciones europeas hacía tiempo que la diferencia de clases se había ido ya difumi­nado; con la parti­cularidad de que el dominio en este país y en el ámbito político es­taba refor­zado por el decisivo papel, abierto o sola­pado, de una religión que si antes refrenaba las pasio­nes del pue­blo (y entre ellas los brotes de odio hacia los po­dero­sos) infundién­dole temor al más allá, ahora a veces las atiza, incluso estúpidamente en con­tra de ella misma.
 
Llegaron momentos en que parecía que España progresaba al paso de las democracias europeas, pero una guerra fratri­cida desembocó en dictadura con la opresión y abusos pro­pios de toda tira­nía y de las mismas clases sociales. Pero es que tras ella, la opresión y el abuso de esas clases conti­núa. Es cierto que la opresión y el abuso han cambiado de cru­deza al compás evolutivo pro­pio de toda sociedad más civili­zada, pero tanto la opresión como el abuso siguen em­boscadas en decretos, en decisiones legislativas y en políticas que les fa­vorecen y castigan a las clases débi­les. El caso es que nume­rosos apelli­dos reso­nantes, rimbombantes, la mayo­ría compues­tos, esos que nos vienen atronando el oído desde tiempo inmemorial, unas veces, y desde el fran­quismo, como dije, otros, siguen incrustados en la admi­nistra­ción del Estado, en las empre­sas estatales y tam­bién pri­vadas, en el alto funciona­riado, en la política, en los tribu­nales, en el ejér­cito, en los estamentos religio­sos….
 
No sé si será éste otro motivo por el que todo lo que ocurre en España en la vida pública se encuentra en un punto equi­dis­tante entre la tragedia y el más puro histrionismo. Por­que lo de los títulos nobiliarios y sus consiguientes ga­belas, con­sen­tidos por un socia­lismo que nos las prometía felices y está aca­bando en la caverna, es otro caso más del lo­gos ridicu­lizado y some­tido a la pusilanimidad o al pragma­tismo extre­mos. Circuns­tancia que en España a uno le hace a menudo pre­guntarse: ¿valdrá la pena analizar con la me­ticu­losidad del relojero y voluntad de neutrali­dad tanto dis­pa­rate sin caer en el deli­rio? ¿cómo es posi­ble que a es­tas altu­ras de una pre­tendida democracia el predominio en la vida pública del apellido alti­sonante y los títulos nobi­liarios, histó­ricos o de los herede­ros del franquismo si­gan siendo los que, abierta­mente o en la sombra de los despachos, mane­jen a bandazos a este país des­pués de ha­berlo saqueado?
 
Sea en la política rampante, sea en las hipervoluminosas cau­sas que se ventilan en la justicia o en los no menos enre­do­sos trasuntos del comercio y de la vida civil en gene­ral, los contrasentidos, lo inexplicable y el disparate siempre están presentes en el centro de la pública atención. Todo se trata y se despacha en contra del sentido común. Esos apellidos de re­lumbrón y las cas­tas a las que pertene­cen, por un lado, y los consentido­res, por otro, manejan los hilos del presente y ha­cen todo disparatado. Pero no nos engañan. Sabemos que son unos miserables y que sus propósitos son ocultar entre la hojarasca del contrasentido el verdadero motivo: unos, envol­ver en humo sus bellaque­rías y su latrocinio y prote­ger a los de su laya. Y los otros, trabajarse su promoción eco­nó­mica y social­ (ahí tenemos el caso de las puertas girato­rias), creyendo que nos desconciertan incluso también a los espíri­tus avisados…  

El caso es que apellidos de personajes en origen malhecho­res y sangrientos protegidos por el poder real de distintas épo­cas, y luego sediciosos, rebeldes, golpistas que provoca­ron y ganaron una guerra atroz, generándose todos sus pro­pios privilegios, medran a sus anchas en un país donde el de­mos de nues­tra época los rechaza, pues ellos mismos cí­nica­mente predi­can que los méritos y la excelencia perso­nales de­ben demos­trarse sin ventajas.

Hora es ya en España de que tanto esa gente ungida por la “suerte” del demonio, como los demás en sus respecti­vas res­ponsabilidades repudien este estado de cosas. Urge que to­dos com­prendan de una vez la imperiosa necesidad de re­generar a este país suprimiendo privilegios, amortizando tí­tulos y combatir tanta desigualdad, para lograr que sea más más democrático y sin sospecha definitivamente europeo…
 

6 Enero 2018
 

 

   
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