El Nuevo Herald

En una librería centroamericana, una monja buscaba hace poco un libro sobre la muerte de monseñor Oscar Arnulfo Romero cuando otro cliente con acento salvadoreño se le acercó y trató de indagar por su interés en el tema.

La monja y el salvadoreño se enfrascaron en una amistosa discusión en la que ella aseguraba muy contenta que Alvaro Saravia ”el asesino” del arzobispo, estaba preso por delitos de lesa humanidad, y el cliente le porfiaba que no era cierto.

”Hermana, créame”, le dijo el cliente sin identificarse. “Saravia no fue quien disparó y además está libre”.

Finalmente, el hombre se despidió de la monja con un abrazo, advirtiéndole que seguía equivocada, y al salir de la librería comentó para sí mismo que estaba harto de que pensaran que fue él quien mató al arzobispo.

El hombre de la discusión era el ex capitán de la Fuerza Aérea de El Salvador, Alvaro Saravia Merino, acusado de organizar el asesinato de monseñor Romero el 24 de marzo de 1980, un crimen que conmovió al mundo y desató una guerra civil que dejó 75,000 muertos en el país centroamericano.

Romper el silencio

Este episodio reciente de la vida de Saravia, relatado por él a El Nuevo Herald, se unió a otros que lo llevaron a romper su silencio de 26 años.

Por la mente de este hombre de 60 años, solitario y quebrado económicamente, han pasado una y otra vez las imágenes de muchas personas que participaron en la planificación y ejecución del asesinato de Romero. Uno de ellos, recuerda, se atrevió a llevar el casquillo del proyectil que salió del arma asesina como si fuera una condecoración. Otros entregaron dinero para financiar el asesinato y otros cobraron por participar.

Y ahora, explica Saravia, están tranquilos disfrutando de fortunas y la estabilidad que da el olvido en El Salvador y otras partes del mundo.

En cambio a él, que no tiene ninguna orden de captura internacional, pero fue condenado por una corte civil de Estados Unidos a pagar una indemnización de $10 millones a la familia del sacerdote, le ha tocado vivir en la semiclandestinidad como el símbolo viviente del crimen.

”Al perro más flaco se le pegan las pulgas”, repitió Saravia varias veces en su primera entrevista desde el asesinato de Romero.

La entrevista fue concedida a El Nuevo Herald en algún lugar de América Latina que Saravia pidió que no fuese mencionado por razones de seguridad. Tampoco permitió que se le tomaran fotografías

Ahora, afirma Saravia, llegó la hora de que todo se sepa y que todos paguen por igual. Llegó la hora, agregó, de pedir perdón a la Iglesia.

El viernes, cuando se celebraban 26 años de la muerte de Romero, El Nuevo Herald publicó la noticia del ofrecimiento de Saravia a la Iglesia y la respuesta positiva de monseñor Fernando Sáenz Lacalle, arzobispo de San Salvador.

Saravia, sin embargo, no está dispuesto a ofrecer su versión de los hechos a las autoridades sin tener una garantía.

”Hablaría todo si me garantizan mi vida, un trabajo, un país donde pueda vivir”, explicó.

Mientras fumaba un cigarrillo tras otro — un hábito que adquirió hace dos años tras enterarse de que había sido condenado en California — leyó detenidamente en un computador portátil algunas de las declaraciones de los testigos en su contra.

Con sus ojos azules bien abiertos y aumentados en tamaño por unos espejuelos que no le corresponden — los suyos los perdió y no tiene dinero para comprar nuevos — menea su cabeza en señal de desaprobación porque todo está contado a medias, indicó.

”Si yo hablo El Salvador tiembla”, afirmó.

Un héroe popular

Monseñor Romero murió el 24 de marzo luego de recibir un disparo cerca del corazón, mientras celebraba una misa en la pequeña capilla de la clínica de la Divina Providencia de San Salvador. Su nombre estaba en la lista de objetivos de los escuadrones de la muerte creados para exterminar a la izquierda armada o desarmada bajo las órdenes del jefe de Saravia, el mayor Roberto D’Aubuisson.

El Salvador, un país entonces de unos 5.2 millones de habitantes, era el escenario de las primeras escaramuzas de un conflicto incontrolable a punto de transformarse en una guerra civil. A un extremo del conflicto estaba una poderosa clase militar de vocación golpista empeñada en proteger los derechos de familias propietarias de grandes extensiones de tierras, que temían perderlas a manos de organizaciones campesinas infiltradas por el comunismo. En la otra orilla se plantaban varios movimientos de izquierda alzados en armas. Ambos sectores en conflicto practicaban el secuestro y las ejecuciones.

En esa conjunción, Romero era considerado por la ultraderecha un cómplice solapado de la subversión. De acuerdo con Saravia, D’Aubuisson intentaba infructuosamente probar que existían vínculos del sacerdote con grupos radicales comunistas y de que facilitaba la compra de armas para esos grupos.

El rencor de los escuadrones de la muerte contra Romero lo alimentaba la carismática influencia que el sacerdote tenía en la población y su coraje para denunciar las desapariciones forzadas y otros abusos de derechos humanosdurante las homilías dominicales que se transmitían a todo el país por la radio.

Algunos medios de comunicación tomaron partido en la contienda. En su edición del 17 de febrero de ese año El Diario de Hoy, uno de los más influyentes del país, afirmó que Romero es “un arzobispo demagogo y violento…[que] estimuló desde la Catedral la adopción del terrorismo. . .”

Romero sabía que lo tenían en la mira. Quince días antes de su asesinato, según un informe de derechos humanos, se encontró un explosivo fabricado con 72 candelas de dinamita comercial camufladas dentro de un maletín color negro detrás del púlpito, entre dos pilares del Altar Mayor de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, donde él había oficiado misa el día anterior.

En su última homilía, un día antes de su muerte, Romero había pedido a los soldados del ejército que desobedecieran a sus superiores cuando ordenaran cometer asesinatos y abusos.

”En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuoso, les suplico, les ruego, les ordeno, que cese la represión”, dijo.

Testimonio de excepción

Saravia es un testigo privilegiado de esos años. Cuando los evoca, y en particular cuando quiere justificar los excesos, afirma que aquello era una guerra.

Al mando de esa guerra estaba el mayor D’Aubuisson, quien fundó, a comienzos de los años 80, el Partido Arena, hoy en el poder, y cuyos líderes han pedido que no se remueva el pasado al conocerse esta semana el anuncio de Saravia de que está dispuesto a revelar los nombres de quienes estuvieron detrás del asesinato de Romero.

”El sentir de los areneros es que son hechos del pasado y no debemos retroalimentarnos con ellos”, consideró el diputado de Arena, Norman Quijano.

Saravia logró durante 20 años que su pasado no le hiciera mucho daño.

A finales de la década de los 80, vivía en Miami tranquilo con su esposa Lorena Margot Ciudad Real. Vendía pizzas, pintaba centros comerciales para la firma Los Profesionales y aprendió a manejar un torno que fabricaba piezas para el Discovery, la nave espacial.

Estando en su casa de Kendall fue arrestado por funcionarios federales el 23 de noviembre de 1987. El día anterior, el presidente de El Salvador, el demócrata cristiano Napoleón Duarte, rival acérrimo del mayor D’Aubuisson, había anunciando que un ex miembro de la Guardia Nacional, llamado Amado Antonio Garay, señalaba a Saravia como uno de los organizadores del asesinato.

La acusación era muy comprometedora: Garay trabajaba como conductor personal de Saravia y, según su testimonio, siguiendo instrucciones de su jefe había manejado el automóvil Volkswagen color rojo hacia el Hospital de la Divina Providencia, en la Colonia Miramonte, donde Romero celebraba la misa. Una vez allí, estacionó el vehículo frente a la capilla y su pasajero, un hombre alto, moreno y de barba, le ordenó agacharse y simular una reparación.

Garay escuchó un disparo, volteó y vio al sujeto, quien “sostenía un fusil con ambas manos con dirección al lado derecho de la ventana trasera derecha del vehículo [. . .] sintiendo en el momento un olor a pólvora”

En la celda de una cárcel federal, mientras esperaba la orden de extradición, Saravia se leyó todos los libros que siempre había querido leer.

Arena abrió dos frentes para evitar la extradición de Saravia y garantizar su silencio. Contrató al costoso abogado de Miami, Neal Sonnett, y presionó a la Corte Suprema de El Salvador para que no aprobara la solicitud de extradición. Como resultado del éxito en ambos frentes, Saravia fue liberado 15 meses después de su arresto.

Con la aprobación de una amnistía general en El Salvador el 20 de marzo de 1993, cinco días después de la publicación de un informe de la Comisión de la Verdad de Naciones Unidas que involucraba a Saravia en el asesinato de Romero, el ex militar salvadoreño quedó legalmente blindado.

Una vida azarosa

Saravia se separó de su esposa y se mudó a vivir a Modesto, California, con otra mujer que conoció en Miami. Allí se dedicó a la compraventa de oro y automóviles. Llevaba una vida conflictiva con su compañera agravada por el exceso de consumo de alcohol.

En enero del 2004, un notificador de la corte federal del Distrito Este de California dejó en su casa de Modesto una citación para un juicio civil en su contra. El Center for Justice and Accountability, una organización sin fines de lucro de San Francisco que persigue violadores de derechos humanos, había impulsado una acción civil de indemnización contra Saravia, en respaldo de un hermano del sacerdote que no fue identificado.

Saravia no estaba en su casa. Había abandonado Estados Unidos por una disputa con su compañera, según dijo a El Nuevo Herald. Cruzó por tierra la frontera hacia México y llegó a Tegucigalpa donde montó una venta callejera de queso fresco. Para esa época su nombre aparecía en la lista de los más buscados por la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE) por violación de derechos humanos.

Con el dinero ahorrado abrió un bar en la misma ciudad que le dio suficiente para pagar un apartamento y comprar un carro. Un domingo de septiembre del 2004, uno de sus clientes del bar le prestó un periódico local para que se entretuviera. Saravia lo abrió y descubrió que él era una de las noticias del día.

”Piden conocer la verdad sobre asesinato de arzobispo Romero”, decía el titular de un nota que todavía guarda arrugada en un folder y en la que se informaba que había sido condenado civilmente en California a pagar a los demandantes $10 millones por su papel en el aseinato de Romero.

Allí aparecía el arzobispo Sáenz Lacalle exigiendo el perdón a los culpables.

Saravia cerró el bar y el apartamento y abandonó la ciudad para refugiarse, solitario, en una desolada playa de Centroamérica. Desde entonces no duerme tranquilo. Aunque no lo admite, es claro que se siente asediado por un fenómeno que percibe en el aire: el cerco de una serena legión de exhumadores de injusticias que se han dedicado a cazar torturadores, violadores de derechos humanos y criminales de guerra hasta el último rincón del mundo.

En entrevistas personales y telefónicas Saravia respondió así a El Nuevo Herald.

P. : ¿Por qué está decidido a hablar?

Porque estoy cansado de que me culpen de todo, de que yo le disparé a Romero, que yo fui el autor intelectual, que hice todo.

P. : ¿Pero acepta un nivel de responsabilidad?

Sí, no lo puedo negar. Pero no el que me están atribuyendo. Aquí hay más gente. Ellos están llevando una vida libre de remordimientos habiendo sido los más comprometidos. Es que al perro más flaco se le pegan las pulgas.

P. : ¿Quiénes financiaron esta operación, quiénes fueron sus autores intelectuales?

Cuando termine mis memorias y se publiquen la gente lo sabrá.

P.: ¿Sabe quién le disparó a Romero?

Sí, pero no lo voy a revelar hasta que no tenga garantías.

P. : Pero usted le dio instrucciones a su conductor Garay para que llevara al sicario en el automóvil desde el cual se le disparó a Romero

Yo me opuse a que usaran a mi conductor. La operación no la manejaba yo, y por eso tuvimos una discusión. ¿Por qué no investiga de dónde salió realmente el carro?

P. : Garay dijo que quien disparó fue el odontólogo Héctor Antonio Regalado y una versión periodística en Estados Unidos afirma que usted le había confesado al gobierno de Estados Unidos que quien disparó fue Walter Antonio Musa Alvarez [desaparecido en 1981].

Yo no he hablado con ningún funcionario de Estados Unidos, eso es mentira. La descripción física que hizo Garay del tirador no coincide con la de Regalado ni con la de Musa. El motorista dice que era un hombre alto, moreno, de barba, y el doctor Regalado es chaparro y jorobado.

P. : Usted llevaba una agenda con los pagos para compra de armas y equipos y allí aparecen nombres de personas que recibían dinero.

En esa agenda no hay nada que tenga que ver con lo de Romero.

P. : Pero sí es un reflejo de sus años de lucha anticomunista, en la época de los escuadrones de la muerte.

Estábamos en guerra. Si hubiéramos podido comprar un avión lo comprábamos y sabiendo que era un período de guerra y que podríamos haber estado muy confundidos en las acciones que hacíamos, creíamos fielmente en lo que estábamos haciendo y la cara del enemigo la mirábamos en él. Se van a dar a cuenta hasta donde llega mi participación, y cómo me han involucrado.

P. :¿A quiénes les compraban las armas?

A los americanos, por $200 más del precio del mercado conseguíamos lo que queríamos. Había un americano llamado Andy que nos conseguía las armas.

P. :¿Está arrepentido de lo que hizo o no?

Esto me ha impactado terriblemente. Perdí mi familia, perdí todo. Cuando uno es militar no por eso deja de tener sus sentimientos y su corazón puesto en la religión. Mi educación desde pequeño fue en colegios católicos. Yo estudié en el Externado San José, el primer colegio jesuita que hubo en El Salvador [. . .]. A mí me levantaba mi abuelita a las cuatro de la mañana y caminábamos como cinco cuadras para ir a una iglesia, hasta la camisa al revés me ponía porque no veía en la oscuridad. Todo eso queda grabado, y de alguna manera hace parte de mi vida.

P.: ¿Ha hablado esto con algún sacerdote?

Sí, quiero que algún día usted oiga las palabras que él me dijo cuando hablamos del hombre del que estábamos hablando ahora [el sicario]. Le dije: ”Padre, están pasando ciertas cosas, quiero confesarme”. Pero no se dieron ciertas cosas y no fui.

P.: ¿Está dispuesto a pedir perdón?

Es una obligación moral que yo tengo como ser humano con la sociedad y con la Iglesia y con mi propia persona. Hay una gran diferencia entre pedirle perdón a Dios y pedirle perdón a un ser humano y arrodillarse. Pero si esto es significativo, lo haré ante un personaje importante que realmente comprenderá la situación.

P.: ¿Y quién sería?

Bueno, el perdón fue lo que pidió monseñor Lacalle de El Salvador hace dos años cuando me sentenciaron en California.

   
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