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Benjamín Forcano1La entrevista, hecha recientemente por Luz Tafradjiy, holandesa, puede ayudar a situar y comprender el tema, objeto en nuestros días , de estudio y comentarios diversos.
¿Se puede ser sacerdote católico casado o está prohibido por una ley ?
A primera vista, son muchos los que consideran que la cuestión de los curas casados no debiera ni plantearse. El cura es un hombre y, como para cualquier otro, el derecho al matrimonio le resulta absolutamente natural. Que en la Iglesia Católica exista una ley que prohíba a los sacerdotes el matrimonio, es algo que pertenece al mundo de lo extraño e incomprensible.

Para otros, lo de ser cura y casado es algo incompatible. Aspirar a ser cura o hacerse tal conlleva la exigencia esencial de no casarse. Y eso para toda la vida. Pretender por lo mismo seguir en el sacerdocio con la voluntad de casarse es algo contradictorio e inadmisible. Como consecuencia, no se le debe permitir el casarse a ninguno que quiera ser sacerdote, y si esto lo hace por cuenta propia, comete un pecado público, un escándalo que debe ser reprobado con fuertes represiones y marginaciones.

Una tercera postura es la que, ateniéndose a los datos, a la razón, a la teología y a la historia, no admite bajo ninguna forma que la ley del celibato sea obligatoria y deba exigirse a todo el que desee ser sacerdote. Cualquier teólogo, como cualquier persona medianamente informada, admite hoy la legitimidad -aunque no obligatoriedad- del celibato y también la legitimidad de un sacerdote casado.

Entonces, ¿cómo explicar el no de la Iglesia católica al sacerdocio casado?
Ni los prejuicios ni los apriorismos son buenos consejeros para entender correctamente un problema. Referente a este tema de los curas que quieren casarse, la historia y la teología ofrecen datos elementales que ayudan a plantear con seguridad el problema.

Según la doctrina de la Iglesia católica el celibato exigido a los sacerdotes no es una ley divina, sino disciplinar. En los primeros siglos de la Iglesia y en otros posteriores la mayor parte del clero eran casados, hubo varios Papas casados, con hijos, y aunque fueron estableciéndose normas que restringían progresivamente el matrimonio a los sacerdotes, la ley claramente prohibitiva no se impuso hasta el concilio de Trento, el 23 de noviembre de 1563:”Si alguno dijera que los clérigos constituidos en sagradas órdenes o regulares, que han hecho una profesión solemne de castidad, pueden contraer matrimonio, y que dicho matrimonio es válido a pesar de la ley eclesiástica o el voto; y que lo contrario no es más que una condena del matrimonio; y que todos los que piensan que no tienen el don de la castidad, aunque hayan hecho dicho voto, pueden contraer matrimonio, sea anatema, pues Dios no se rehúsa conceder ese don a los que lo piden con rectitud, ni ‘permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas’ (1 Cor 10,13).”77

El Código de Derecho Canónico de 1983, declara : “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres.” Esta ley eclesiástica, tan tardía, no es, pues, ni puede ser presentada como expresión de un derecho evangélico o apostólico.

Recientemente, después del concilio Vaticano II , en alguno de los Sínodos Episcopales se discutió la obligatoriedad del celibato y fueron mayoría los obispos que se inclinaron porque el celibato fuera opcional, y pudieran contraer matrimonio quienes lo desearan. Pero, nada llegó a traducirse en norma.

¿Y cuál es el pensamiento dominante entre los teólogos católicos?

El hecho de que la obligatoriedad del celibato haya tenido fuerte y común aplicación en la Iglesia, no demuestra por ello mismo que esa obligatoriedad tenga carácter absolutamente válido e inmutable. La doctrina y vida de siglos anteriores de la iglesia muestran lo contrario. Como tampoco puede deducirse que, por el hecho de haberse declarado obligatorio el celibato sacerdotal, éste carezca de sentido y se le deba abolir.

El momento actual ha puesto de manifiesto, y con una claridad insoslayable, la crisis de esta forma histórica de imponer el celibato. Es decir, en la conciencia de la Iglesia han operado una serie de factores que han contribuido a dilucidar lo que de verdad es y pertenece a un celibato evangélico y lo que es y pertenece a otro terreno de exigencias y motivaciones históricas distintas.

¿ Pero, se encuentra textos en el Nuevo Testamento que expliquen y justifiquen el celibato entre los seguidores de Jesús?

Los Evangelios nos cuentan cómo el comportamiento e Jesús. Ciertamente, hoy está históricamente comprobado que Jesús vivió como célibe, un forma devida que él adoptó para hacer visibles los valores del >reino, sin importarle el que lo acusasen de incumplidor la ley por no estar casado o de “afeminado” o “impotente”: “Hay eunucos, decía, por el Reino de los cierlos “ (Mt 19,12), es decir, el Reino cer Dios puede llegar a paodersrse de tal manera de uno , que le incapacita para casarse.
En el pensamiento de Jesús, la virginidad no es 3fcto de un rechazho de tipo dualista o maniqueos o de otros motivos, el Reino de Dios irrumpe del tal manera que le dispone y eexige azbsoluta disponibilidad, incapcidad para casarse.

En San Pablo aparece clara la relación entre el matrimonio y la virginidad. El cristiano debe vivir a fondo los valores de este mundo, también el del matrimonio, pero sabiendo que con la venida de Jesús esos valores son penúltimos, no últimos. La presencia del Reino en este mundo cambia la visión de la vida, el mundo es pasajero , “pasa la figura de este mundo”. El matrimonio ha quedado encuadrado en el mundo del tiempo en todo su valor, pero sin el carácter único y absoluto de antes.
Junto al marimonio radical, se da otra forma de vida –la virginidad – traída por Cristo. Pablo valora la virginidad, pero insiste en que la vida cristiana se descubre y desarrolla tanto en el matrimonio como en la virginiad. Ambas son necesarias paqra una visión completa.

La condición sacerdotal del pueblo de Dios
Desde siempre se nos ha hablado del sacerdocio común, como algo propio de todos los cristianos. Pero, ha servido de bien poco. Ese sacerdocio, que es el de Jesús, y que representa una mutación sustancial con respecto al sacerdocio del pueblo judío y de  otras culturas del Antiguo Oriente,  es el único existente en la Iglesia católica, pero ha pasado a ser exclusivo  de los hoy llamados clérigos.

         El sacerdocio de Jesús  no necesita de templos, ritos y sacrificios , ni de especiales intermediarios entre  Dios y los hombres; es distinto y se condensa  en el amor que rige y mueve toda su vida, no en otro tipo de sacrificio externo, violento, oficiado por intermediarios sagrados.
         Hay que volver al origen y retomar el Evangelio, porque nos hemos alejado de él,  otorgando el título  de sacerdotes, únicamente a una élite,- la clase clerical-, contrapuesta al laicado y erigida sobre él como una categoría superior, con poderes  que la  elevan sobre el resto de los fieles.

         Admitir que la Iglesia se compone de dos categorías: una clerical y otra laical, con desigualdad entre ambas, es introducir algo contrario a la condición y dignidad sacerdotal de todo cristiano, fundadas en el sacerdocio de Jesús. En el Vaticano II, aparecen aún dos eclesiologías, no armonizadas. Así, en LG 10 se dice: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque su diferencia es esencial, no sólo gradual, sin embargo se ordena el uno para el  otro, porque ambos participan, del modo suyo propio, del único sacerdocio de Cristo”. 

         Es el único texto donde se señala que la diferencia es esencial, pero sin fundamentar en qué y por qué. El sacerdocio de Jesús se comunica y opera en todos según lo que es. Y así se caminó en la primitiva Iglesia. Asignar a un “grupo”  -los hoy clérigos- una  participación singular y específica de ese sacerdocio hasta el extremo de establecer una diferencia esencial, es un invento  posterior. EL Vaticano II recalca en mil partes la posesión y comunión de todos en el sacerdocio de Jesús y en virtud de ella queda descartada toda desigualdad,   discriminación o subordinación.   El sacerdocio “jerárquico” no responde al sacerdocio de Jesús ni tiene sentido en la primitiva Iglesia. Será, a lo más, una de las tareas o servicios que producirá y designará  la comunidad sacerdotal, pero nunca en el sentido de transferirle un valor o dimensión nueva que le de plenitud en el obispo y en menor grado en el presbítero.

          El sacerdocio de Jesús es laical en él  y en consecuencia en todos, y  creará en las comunidades cuantas funciones, tareas, carismas o servicios (ministerios)  sean necesarios..
¿Debieran , por tanto, admitirse en la Iglesia católica como válidas y legítimas las dos formas de sacerdocio célibe y casado?

No hay duda de que el celibato como una opción a dedicarse plenamente a anunciar y vivir el Evangelio, en la línea del seguimiento de Jesús de Nazaret, puede representar una forma de vida no sólo legítima, sino humanizante, comprometida y liberadora. Tal opción debe ir hecha, obviamente, desde el amor y puede llegar a apoderarse de tal forma de la persona que deja a ésta colmada, casi sin tiempo ni espacio para realizarse desde el proyecto concreto de la vida matrimonial.

Pero, esto es una opción libre, absolutamente voluntaria, que no parte de ninguna carencia, coacción o impotencia física, sino de una decisión moral, consciente y gratuita, en vistas a proseguir e implantar en este mundo el  Reino de Dios. En el centro de esta opción está la polarización de la existencia entera a un proyecto, valioso y sumamente importante, del que deriva como una consecuencia la exclusión del proyecto matrimonial.

Esta forma de vida ha existido siempre en la Iglesia, ha sido asumida por unos u otros cristianos y puede ir asociada al ministerio sacerdotal.
Pero lo que ya no parece aceptable es que esta decisión se la quiera incrementar y asegurar a través de una ley y, sobre todo, hacerla imperativa y obligatoria para cuantos decidan hacerse sacerdotes. Entonces, automáticamente y sin fundamento, se cierra el camino para cuantos desean hacerse sacerdotes, pero sin renunciar al matrimonio.

Si el pensar católico fundamenta y reclama la doble modalidad del sacerdocio célibe y casado, ¿cree Vd. que tardará mucho en reconocerse así en la Iglesia católica?

El hecho de que hoy en la Iglesia se haga una crítica a la ley disciplinar existente no es una manía ni una arbitrariedad. Lo que la conciencia eclesial actual discute es la obligatoriedad del celibato y la necesidad inexcusable del mismo para cuantos desean ser sacerdotes. La discusión resulta, a este respecto, necesaria y clarificadora, pues precisa, por una parte, el significado del verdadero celibato y pone el descubierto, por otra, las sinrazones del celibato obligatorio.
Afortunadamente, avanza el convencimiento de que el celibato sacerdotal es legítimo y lleno de sentido, pero libre y no exigible como condición esencial para quien desee ser sacerdote. También es normal el convencimiento de que el celibato no debe ser apetecido ni justificado como una forma de vida superior al matrimonio.

¿Cuáles serían las sinrazones subyacentes?

Es en este terreno donde la nueva cultura antropológica y teológica ha operado sus más profundos cambios. Ciertas causas que daban base a la obligatoriedad y excelencia del celibato hoy quedan desvanecidas. ¿ Quién puede sostener hoy, de un modo serio, que la vida corporal y sexual representa la zona más indigna y pervertida de la existencia? ¿ Quién puede señalar a la mujer, por contraposición al varón, como un ser más débil, impuro, proclive al mal y, por ende, inferior, más necesitado de tutela y sumisión y excluida del sacerdocio?
El argumento tradicional ha dejado de correr y de tener sentido. Decía:  El matrimonio no es posible sin la mujer y sin el ejercicio de la sexualidad. Es así que una y otra están afectadas de debilidad, impureza y pecado, luego no pueden asociarse al ser y ejercicio del sacerdocio, por ser en sí mismo puro y santo .

Una lectura directa del Evangelio obliga a desenterrar el largo suelo de nuestra cultura y descubrir cuanto en ella subyace de dualismo oriental, semita y grecorromano, que contrapone el alma y cuerpo como enemigos y declara a aquélla como reina y a éste como esclavo. ¿ Sobre qué razones -puramente masculinas y machistas- se ha pretendido una y otra vez asentar la mayor indignidad, peligrosidad y culpabilidad de la mujer?

¿Vd cree que en la actitud cerrada al sacerdocio casado se esconden otros motivos?
Son muchos los que afirman con naturalidad la belleza y validez del celibato evangélico. Pero no son menos los que piensan que, tras el muro de una jerarquía célibe y autoritaria, se esconde un afán de dominio y poder, que se pretende guardar celosamente a través de un sacerdocio exclusivamente masculino y célibe.

De hecho, la práctica está demostrando cuán difícil resulta la renovación decretada por el Concilio Vaticano II, de cara a una nueva estructuración de la Iglesia en la que se establezca la prioridad de la comunidad sobre la jerarquía, la esencial igualdad de laicos y clérigos, la idéntica dignidad entre varón y mujer, la actitud básica de apertura, respeto, servicio y diálogo con el mundo.
Jesús de Nazaret dedicó toda su vida, desde una opción célibe, a anunciar el Reino de Dios. Con ello no obligó a sus inmediatos seguidores -los apóstoles- a que siguieran también célibes, ni tampoco a los que iban a hacerlo posteriormente. Pero ciertamente expresó con su vida una modalidad singular y llena de sentido que quedaba como una opción esforzada y comprometida para cuantos, libremente, quisieran embarcarse en una misma tarea.

Pero tanto para unos como para otros dejaba trazado, con idéntica fuerza, el camino del seguimiento: vivir como El, luchar por lo que El luchó y morir si fuera preciso, sin olvidar la justicia y la fraternidad, colocándose siempre en el lado y ámbito de los más pobres, enfrentando a los poderes dominantes y opresores de este mundo, desde una actitud interna de sinceridad, libertad, coherencia, sencillez y servicio. Y eso es lo verdaderamente importante y a ello tiene que conducir la vida, casada o célibe, de sus seguidores.

¿No cree Vd. que en este punto subsiste una discriminación fundamental al no admitir la ordenación sacerdotal de la mujer?

Comenzaría por resaltar una contradicción evidente: si resulta doctrina tradicional, la admisión de un sacerdocio común, ¿no dejaría de ser común si de él se excluye a las mujeres?
El sacerdocio de Jesús representa una mutación sustancial con respecto al sacerdocio del pueblo judío y de  otras culturas del Antiguo Oriente,  es el único existente en la Iglesia católica, pero ha pasado a ser exclusivo  de los hoy llamados clérigos.

         El sacerdocio de Jesús  no necesita de templos, ritos y sacrificios , ni de especiales intermediarios entre  Dios y los hombres; es distinto y se condensa  en el amor que rige y mueve toda su vida, no en otro tipo de sacrificio externo, violento, oficiado por intermediarios sagrados.
         Hay que volver al origen y retomar el Evangelio, porque nos hemos alejado de él, otorgando el título de sacerdotes, únicamente a una élite,- la clase clerical-, contrapuesta al laicado y erigida sobre él como una categoría superior, con poderes  que la  elevan sobre el resto de los fieles.

         Admitir que la Iglesia se compone de dos categorías: una clerical y otra laical, con desigualdad entre ambas, es introducir algo contrario a la condición y dignidad sacerdotal de todo cristiano, fundadas en el sacerdocio de Jesús. En el Vaticano II, aparecen aún dos eclesiologías, no armonizadas. Así, en LG 10 se dice: “El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque su diferencia es esencial, no sólo gradual, sin embargo se ordena el uno para el  otro, porque ambos participan, del modo suyo propio, del único sacerdocio de Cristo”. 

         Es el único texto donde se señala que la diferencia es esencial, pero sin fundamentar en qué y por qué.
El sacerdocio de Jesús se comunica y opera en todos según lo que es. Y así se caminó en la primitiva Iglesia. Asignar a un “grupo”  -los hoy clérigos- una  participación singular y específica de ese sacerdocio hasta el extremo de establecer una diferencia esencial, es un invento  posterior.

EL Vaticano II recalca en mil partes la posesión y comunión de todos en el sacerdocio de Jesús y en virtud de ella queda descartada toda desigualdad,   discriminación o subordinación.   El sacerdocio “jerárquico” no responde al sacerdocio de Jesús ni tiene sentido en la primitiva Iglesia. Será, a lo más, una de las tareas o servicios que producirá y designará  la comunidad sacerdotal, pero nunca en el sentido de transferirle un valor o dimensión nueva que le de plenitud en el obispo y en menor grado en el presbítero.

          El sacerdocio de Jesús es laical en él  y en consecuencia en todos, y  creará en las comunidades cuantas funciones, tareas, carismas o servicios (ministerios)  sean necesarios.
Obviamente , en la originaria comunidad ecclesial, todos somos sacerdotes al estilo de Jesús, y cuando digo todos, están las mujeres.

Sin embargo, el Papa Francisco ha dicho que sobre este tema del sacerdocio de la mujer Juan Pablo II se pronunció explícitamente en su Carta apostólica de 1994 declarándolo una puerta cerrada y, al parecer, con una formulación definitiva.

¡Esa es una puerta cerrada! Ciertamente lo es desde hace más de 20 siglos y lo sigue siendo. Pero, en el hoy del siglo XXI, es momento de preguntarse por qué está cerrada y si hay motivos para que siga cerrada.

Todos entendemos que haya podido ser así por razones de una situación histórico-cultural muy distinta a la nuestra. Situación que ha perdurado hasta hoy, pero no porque fuera una tradición “divino-apostólica” sino por ser una praxis introducida desde el principio por motivos hoy bien conocidos y explicables, pero que en modo alguno permitan elevar esta praxis a categoría divina y deducir que la no ordenación de la mujer “forma parte de la constitución divina de la Iglesia”. Las diferencias entre varón y mujer no son razón para someter la mujer al dominio del varón y excluirla de algunas tareas eclesiales.

La Carta Apostólica del Papa Juan Pablo II (30 de mayo de 1994), no aporta nada nuevo, su enseñanza estaba incluida en documentos anteriores, sobre todo en la Declaración del Papa Pablo VI Inter insigniores de 1976. Ni cuestiona para nada las investigaciones históricas o bíblicas. Juan Pablo II tuvo, es cierto, la voluntad de zanjar definitivamente la cuestión entre los fieles de la Iglesia católica. Pero, de inmediato, muchos comentaristas católicos le replicaron que esta es una cuestión abierta, una doctrina ajena a la Escritura y una verdad no revelada. Por todo ello, no ha podido ser propuesta como una verdad de fe, ni definida como una verdad de magisterio infalible o ex – cathedra.

O sea, que Cristo no excluyó a la mujer del sacerdocio
Los argumentos aducidos por la Carta son más que débiles: el hecho de que Jesús eligiera entonces únicamente a varones, no quiere decir que lo hiciera exclusivamente y para siempre. Esa exclusión a perpetuidad no va incluida en la acción de Jesús. Muchos teólogos y teólogas han probado que no existen objeciones dogmáticas para la admisión de la mujer a la ordenación sacerdotal. Y los obispos alemanes advirtieron al Papa de la “no oportunidad” de la publicación de esa Carta.

El sacerdocio más que un derecho personal es una vocación y un servicio a Dios y a la Iglesia. Y queda fuera de toda duda que excluir a la mujer por razón de su sexo del ministerio sacerdotal supone de hecho una grave discriminación dentro de la Iglesia. Cristo no excluyó a la mujer del sacerdocio. Dios no hace distinción de personas.
Como muy bien ha escrito el teólogo Domiciano Fernández: “En la Iglesia católica se ha decidido desde arriba, entre las Congregaciones romanas y el Papa. No se ha tenido suficientemente en cuenta las opiniones de las diferentes Conferencias Episcopales y de los sínodos de los obispos celebrados en Roma. Con los documentos pontificios por delante, se ha limitado la libertad de reflexión y de expresión de las Iglesias locales y de los teólogos” (Ministerios de la mujer en la Iglesia, Nueva Utopía, 2002, pg. 235).

Este teólogo, que sobresale por conocer a fondo esta cuestión, por su rigurosa documentación histórica y por su mesura e imparcialidad en valorar las razones de una y otra parte, escribe:
“Pronto me convencí de que no existía una dificultad dogmática seria que impida la ordenación sacerdotal de la mujer. No existen argumentos serios sacados de la Sagrada Escritura, donde no se plantea esta cuestión. Los argumentos teológicos deducidos de que el sacerdote representa a Cristo varón y el de alianza nupcial entre Cristo y su Iglesia (de los que me ocupo en el capítulo VII) no me parecen convincentes. Los argumentos que con tanta frecuencia han dado los Santos Padres y los teólogos, fundados en la inferioridad, en la incapacidad y en la impureza de la mujer, son inadmisibles y nos debieran llenar de vergüenza y sonrojo a los crsitianos” (Idem, pp. 11 y 12).

“ Muchos años de estudio no han podido convencer ni a los teólogos ni a los biblistas de que sea expresa voluntad de Cristo excluir a las mujeres del ministerio ordenado. Los ministerios los ha creado la Iglesia según las necesidades de los tiempos y según la cultura de la época. Han cambiado y siguen cambiando.

Lo que los biblistas y teólogos rechazan y no ven oportuno ni conveniente es que se quiera zanjar de un modo definitivo la cuestión de principio, cuando no hay argumentos válidos que fundamenten esta decisión. Una decisión del Papa no puede convertir en palabra revelada lo que realmente no lo es. Es un anacronismo invocar el ejemplo de Cristo o de los apóstoles para deducir que se trata de una verdad que pertenece al “depositum fidei”. Y si no se trata de una verdad revelada, el Papa no tiene autoridad para proclamarla como infalible o como verdad de fe. Me parece esencial que haya más diálogo, más libertad, más espíritu de comunión. Que Roma no se limite a proclamar verdades y dar órdenes. Es necesario es cuchar lo que otros dicen. Escuchar para reflexionar y aprender , y no sólo para enseñar. Es importante descubrir lo que Dios nos habla a través de los signos de los tiempos” (Idem, pp. 271-272).

   
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