Atrio

Redacción de Atrio, 08-Junio-2011
Un difundido perióidco semanal del mundo de la educación, Escuela, acaba de publicar una entrevista a uno de nuestros colaboradores habituales, Juan José Tamayo, donde hace un repaso a todos los temas de la teología actual, sin excluir refrencias a la Teología de la Liberación.
“Nunca he vendido mi libertad por un plato de lentejas, por muy hambriento que estuviera”
Roberto T. Pintos. En Escuela, 2-6-2011

Perfil
Juan José Tamayo es un teólogo de frontera y hace gala de ello. En ella lleva viviendo durante su vida su vida adulta, e incluso desde la juventud, primero cuando vivía en su pueblo natal, Amusco, en tierra de Campos, y en la ciudad castellana, luego en su éxodo a Madrid, la ciudad secular donde llegó a finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado, y más tarde en su itinerario caminar por todos los continentes. Anida por convicción en la frontera religiosa, en el límite entre la fe y la increencia, en el filo de la navaja entre la ortodoxia y la heterodoxia, en la intersección entre la filosofía y la teología. Y no parece resultarle un lugar tan inhóspito.

Todo lo contrario: la ubicación fronteriza le ha permitido viajar por todo el planeta, conocer diferentes culturas, entrar en contacto con las más variadas cosmovisiones, convivir con gente de todos los credos y con comunidades de todos los colores, dialogar con importantes personalidades del mundo de la política, de la ciencia, del arte, de la religión y debatir con intelectuales de todos los campos del saber. Gracias a esos encuentros es hoy una persona intercultural, interreligiosa, interdisciplinar y, si se me permite, interidentitaria.

En y desde la frontera donde ha escrito cerca de sesenta libros, el primero Por una Iglesia del pueblo, secuestrado en 1976 por la censura todavía franquista en 1976, isntaurada la Monarquía, y juzgado por el Tribunal de Orden Público, y casi treinta años después, Dios y Jesús. El horizonte religioso de Jesús de Nazaret, condenado por la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española a instancias de la todopoderosa Congregación (romana) para la Doctrina de la Fe cuando la presidía el cardenal Joseph Ratzinger, hoy papa reinante bajo el nombre de Benedicto XVI.

Para empezar, profesor Tamayo, ¿qué es un teólogo?
La misma pregunta le hicieron allá por los años sesenta del siglo pasado al arzobispo anglicano William Temple, un hombre que trabajó por el diálogo entre las diferentes iglesias cristianas. Su respuesta fue la siguiente: “Un teólogo es una persona muy sensata y sesuda que pasa toda una vida encerrado entre libros intentando dar respuestas exactísimas y precisas a preguntas que nadie se plantea”. Le salió el humor británico, pero la definición tenía una parte de verdad. Los teólogos han pasado tiempo y tiempo enredados en discutir el sexo de los ángeles y en desenredar los misterios insondables como si fueran fórmulas matemáticas.

¿Y se identifica con ese tipo de teólogo?
Para nada. Yo me muevo entre la teología política europea, la teología de la liberación y la teología de las religiones. La definición de teología con la que mejor sintonizo y que intento poner en práctica es la que diera el peruano Gustavo Gutiérrez, considerado uno de los creadores de la teología de la liberación: reflexión crítica sobre la praxis histórica a la luz de la fe.

¿Es verdad que uno puede sentirse a gusto viviendo en la frontera?
Sí, sí, porque el ser humano es un ser fronterizo entre la vida y la muerte, la palabra y el silencio, las dudas y las certezas, el deseo y la realidad, la alegría y la desdicha, la soledad y la compañía, la esperanza y la frustración, las promesas y su incumplimiento, el amor y el odio, la felicidad y la desdicha, la debilidad y la entereza, la entrega a una causa y la desidia, la guerra y la paz, la salud y la enfermedad, el amor y el desamor, el sufrimiento y el bien-estar, el equilibrio y la inestabilidad, la actividad y inacción..

¿También en la frontera política?
Por supuesto. Nunca prestado mi adhesión incondicional a ningún programa ideológico de partido político, lo que no significa que sea apolítico. Todo lo contrario. Asumo un compromiso cívico y político de izquierdas desde la libertad y el sentido crítico. No tengo conciencia de haber caído en la tentación, como cayó el personaje bíblico Esaú, de vender su libertad de conciencia y de opinión, de expresión y de cátedra por un plato de lentejas, por muy apetitosas que éstas fueran o por mucha hambre que tuviera. ¡Y yo de niño he pasado hambre!

Hablemos de dos de sus últimos libros, que seguro interesarán a los lectores de Escuela: el primero, La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso (Tirant lo Blanc, Valencia, 2010, 2ª ed.). ¿Sigue viva la teología de la liberación? ¿No se la ha llevado por delante el vendaval de la globalización?
Buena pregunta. En una ocasión le preguntaron a Woody Allen por la muerte de Dios y respondió: “Ha muerto Dios, ha muerto Marx, ha muerto Nietzsche, ha muerto la teología de la liberación y yo no gozo de buena salud”. Era verdad, en esos días Woody Allen estaba pasando por una gripe. ¿Se ve afectada la teología de la liberación por una enfermedad pasajera o crónica? ¿Tiene tan mala salud? ¿Está ya enterrada? Yo creo que se confunde el deseo con la realidad. Muchos la dan por muerta e incluso han querido enterrarla vida: el Vaticano, el Imperio, el neoliberalismo, porque amenaza el orden establecido fundado sobre la injusticia estructura es una teología contrahegemónica, antiimperial, es la conciencia crítica del capitalismo. Cuantos más son los intentos de matarla, más Hoy la teología de la liberación se posiciona de lado de los movimientos sociales, alterglobalizadores.

Pero, ¿puede ser liberadora la religión cuando ha sido fuente de violencia y ha estado aliada con el poder?
Llevas razón. No se puede negar el carácter violento de las religiones y sus alianzas con los poderosos, como tampoco podemos desconocer que han construido mundos fantasmagóricos al margen de la realidad para alejar a los creyentes de sus responsabilidades históricas con promesas crédulas de premios en la otra vida. Decía Marx que la religión es la realización fantástica de la esencia humana, porque la esencia humana carece de realidad verdadera. Pero las religiones han sido también caudales de sabiduría, espacios de reconciliación en medio de los conflictos y fuerza de liberación. De nuevo recurro a Marx para quien la miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra esa miseria., y la religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el espíritu de un mundo sin espíritu.

¿O sea que Marx es el verdadero inspirador de la teología de la liberación?
No, yo no he dicho eso. Como acostumbran a decir mis colegas latinoamericanos, Marx no es el padre ni siquiera el padrino de esta teología. La fuente de inspiración es el Evangelio, es Jesús de Nazaret el Cristo liberador. El marxismo no es la teoría que está en la base o que fundamenta la teología de la liberación. La fuente de inspiración es el Evangelio, es Jesús de Nazaret el Cristo Liberador. Pero ni Jesús ni el Evangelio proporcionan instrumentos de análisis de la realidad.

Por eso tenemos que recurrir también a las ciencias sociales, que nos ofrecen los instrumentos de análisis para mejor conocer la situación social, política, económica, etc. Y en este terreno, lo mismo que en el ético, el marxismo resulta de gran ayuda, como instrumento de análisis, como teórica y praxis de la transformación social y como actitud ética de denuncia contra las injusticia estructurales, pero asumido no al modo discipular, sino críticamente, como hiciera en su tiempo Tomás de Aquino con Aristóteles.

Para terminar, vayamos al segundo libro, En la frontera. Cristianismo y laicidad. ¿Son realmente compatibles ambos conceptos y fenómenos? ¿Lo han sido alguna vez? ¿Llegarán a serlo?

El libro responde a las tres preguntas dialécticamente, al modo hegeliano. Primero, la tesis: cristianismo y laicidad son fenómenos plenamente compatibles. Más aún, el cristianismo nace y desarrolla en los primeros siglos como religión laica. Su fundador, Jesús de Nazaret, es un creyente judío laico que vive su fe en el horizonte de la libetad y en conflicto con el poder ocupante, el Imperio Romano. La libertad religiosa es el principio pore el que se rige el cristianismo primitivo hasta que Teodosio el Grande declara en el Edicto de Tesalónica el 380 al cristianismo religión focial del Imperio.

¿Y la antítesis?
Mientras se construye el Estado laico en Europa a lo largo de la Modernidad, el cristianismo oficial se convierte en su principal oponente, alegando que es contrario a la ley de Dios, a la ley natural y a los derechos de la Iglesia. Y todavía estamos en esas, al menos a nivel de Iglesia católica institucional, que rema a contracorriente de la historia y que no representa el sentir de los cristianos y las cristianas ubicados espontáneamente en el horizonte de la laicidad del Estado y de sus instituciones.

¿Es posible la síntesis?
Por supuesto, es posible y necesaria. La diversidad de ideologías y de creencias religiosas no puede ser motivo de enfrentamiento entre los ciudadanos de un mismo país. El Estado no va contra las religiones. Lo que hace es mantenerse neutral y no privilegiar a unas sobre otras, por muy mayoritarias y arraigadas que estén, y facilitar el libre ejercicio de todas ellas tanto a nivel público como privado, sin tomar partido por una u otra creencia, como se hace en los regímenes confesionales.

Pero, ¿el laicismo es la panacea, es solución a los problemas que se plantean en las sociedades democráticas y pluralistas?
No. El laicismo es el marco jurídico y político del Estado moderno –que no es poco-, donde caben todas las ideologías, todas las creencias religiosas y las no-creencias, siempre que se vivan y se expresen pacíficamente y conforme al Estado de derecho. Pero ese marco jurídico y político debe regirse por una axiología moral, que le dé legitimidad, por los valores de la justicia, la libertad y la solidaridad. Debe construirse sobre la base de una democracia política, pero también económica y ecológica, y sobre el principio de igualdad sin discriminaciones por razones de género, etnia, cultural, religión, clase o procedencia geográfica.

   
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