VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Habrá clericalismo mientras exista el “clero”
Festividad de san José, Día del Seminario. Lema de este año: “Sacerdotes al servicio de una Iglesia en camino”. Noticia relacionada con el evento: “El número de seminaristas se desploma en dos décadas. De hecho, la cifra es la más baja de la serie histórica de la CEE.”

Llama la atención la crisis vocacional que está viviendo la Iglesia. Porque no solo hay que lamentar la escasez de aspirantes, sino también las defecciones de sacerdotes que se ven obligados a renunciar a su ministerio por imposición del celibato. Yo me pregunto qué estará ocurriendo si la vocación es, según doctrina, una “llamada de Dios”. ¿Por qué Dios no llama más? Visto así, da la impresión de que Dios ha perdido el poder de convocatoria, a pesar de su omnipotencia. ¿O es que Dios llama y son muy pocos los que le hacen caso? Pienso que el problema no hay que ponerlo en Dios, sino en la Institución. ¿No será que son los “comerciales del culto”, y no Dios, quienes realizan la labor de reclutamiento (campaña vocacional), y son ellos mismos quienes controlan el “casting” y resuelven infaliblemente quién es realmente llamado por Dios y quién no?

Del 17 al 19 de febrero pasados, se celebró en el Vaticano el Simposio “Hacia una teología fundamental del Sacerdocio”, durante el cual se profundizó “sobre el horizonte global del Sacerdocio de Cristo”. Me sorprende el lema de tal simposio. ¿Qué se entiende por “teología fundamental”? “Hacer teología” significa “interpretar” los textos sagrados. Pero, claro, depende de qué teólogos realicen esa interpretación. No es un secreto que determinados teólogos de prestigio han sido perseguidos, silenciados e inhabilitados. Leídas algunas ponencias, se percibe que la susodicha profundización resulta ser “más de lo mismo”. Se pretende progresar a través de argumentos de una teología retrógrada.

El cardenal Marc Ouellet, en la presentación del simposio, alude a la sinodalidad como “tema central, cuya originalidad consistirá en establecer una relación fundamental entre el sacerdocio de los bautizados, que el Concilio Vaticano II ha potenciado, y el sacerdocio de los ministros, obispos y sacerdotes, que la Iglesia católica siempre ha afirmado y precisado. En esta búsqueda de la conversión sinodal, hay cabida para un vasto esfuerzo teológico que debería ofrecer una visión renovada, un sentido de lo esencial, una manera de valorar todas las vocaciones respetando lo que es específico de cada una.” Está claro. Se intenta “profundizar en”, no “renovar” la teología del sacerdocio. Vano esfuerzo.

¿Por qué será que el término vocación se ha atribuido durante tantos siglos exclusivamente a la vida sacerdotal o religiosa? Se afirma sin reparos que “el sacerdocio no es una profesión, es una vocación”. Y digo yo, la vocación de médico, la vocación de músico, de investigador, de artista, y más etcéteras ¿son profesiones y no vocaciones? Sutilezas de la teología. ¿No será que la vocación sacerdotal es de hecho una profesión?

Se menciona el clericalismo como “un peligro tanto para los sacerdotes como para los fieles”. Sospecho que habrá clericalismo mientras exista el “clero”; y habrá clero mientras se considere a ciertos bautizados como personas sagradas, “alter Christus”, elegidos y preferidos de Dios, o sea, sacerdotes. Solo se extinguirá el clericalismo cuando desaparezca la “elección sagrada”, la ordenación “in sacris”, y demos paso a los “ministerios” de la comunidad sin desigualdades ni prerrogativas.

Un simposio sobre el sacerdocio deberá necesariamente abordar el sacerdocio común, el bautismo, y llegar, más allá del discurso, a sólidas conclusiones tangibles, no a palabras enfáticas y retóricas. En el proceso sinodal, los obispos latinoamericanos definen el clericalismo como “el modelo de una Iglesia piramidal y jerárquica, que no reconoce la riqueza de la diversidad de ministerios y carismas, impide un modelo comunitario de animación y deja a muchos miembros que apoyan la misión fuera de los roles y servicios, excluyendo especialmente a las mujeres”.

En la Iglesia, a los sacerdotes se les considera, teológicamente, “otros Cristos”. Pero, ¿de verdad Jesús era sacerdote? Ni en los Evangelios ni en los Hechos de los Apóstoles jamás aparece semejante afirmación. Los únicos sacerdotes que se mencionan son los del templo de Jerusalén. De Jesús nunca se afirma que oficiara ceremonias religiosas en el templo. Jamás nadie durante su vida lo reconoció como sacerdote ni le descubrió vinculación alguna con los ministros del templo. Y esto por la sencilla razón de que para ser sacerdote había que pertenecer a la tribu de Leví, y Jesús pertenecía a la tribu de Judá. Por lo tanto, nunca podría haber sido aceptado como sacerdote. Para su pueblo, Jesús era un laico. Por eso los apóstoles nunca predicaron sobre el sacerdocio de Cristo.

El sacerdocio judío provocaba una notoria división con el resto de la gente: Pertenecían a una casta social selecta, exclusiva, la tribu de Leví. Solo ellos podían ser sacerdotes. Mediante rituales minuciosos, vestidos especiales y atavíos ornamentales, recibían una consagración especial de Dios, de la que el resto de la gente no podía beneficiarse. ¿No sucede lo mismo en el “sacerdocio” cristiano?

Hay un solo libro en todo el Nuevo Testamento que afirma que Jesucristo era sacerdote, la Carta a los Hebreos. Y solo a él se le atribuye esta prerrogativa. El contenido de esta carta aclara que, tras su resurrección, Jesús se convirtió en sacerdote y proclamó un “nuevo sacerdocio” superior al de los judíos, no excluyente, y del que hace partícipe a todo el “nuevo pueblo de Dios” (pueblo sacerdotal). La misión de este nuevo sacerdocio ya no es encerrarse en ningún templo en determinadas fiestas, vestir de ornamentos “sagrados” y suntuosos, y practicar ciertos ritos, sino transformar la historia de todos los días, con sus alegrías y sus dolores, sus gozos y sus tragedias, sus proyectos y desvelos.

Inyectar en el mundo una nueva vida, hecha de fraternidad, igualdad, solidaridad y amor. De esta manera, la “teología fundamental” del sacerdocio se centrará en el hecho de que todos estamos llamados a manifestar la presencia de Dios en la tierra, a ser sacerdotes. El camino sinodal apunta precisamente a esta responsabilidad común de todo el pueblo en torno a Cristo.

Urge un modelo de Iglesia más abierto, transparente, corresponsable. Una Iglesia sinodal, igualitaria, participativa y misionera. Se hace necesario abolir la organización piramidal y jerarquizada. Instaurar una Iglesia donde no tenga cabida la “casta sacerdotal”, sino el “linaje elegido de un pueblo de sacerdotes” (1Ped. 2,9).

   
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