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Vista impresionísticamente España nos aparece en su historia como una dialéctica o dualéctica de avance y retroceso, basados en una cierta exageración pasional de su historia. Se trata de un esquematismo general que entre nosotros parece entretenerse demasiado en el tiempo. Pues bien, si comenzamos con la Hispania romana, aparece este juego o conjugación entre el avance estructural que significó Roma y el retroceso que significó respecto a la urdimbre identitaria de esa Hispania, partida entre las creencias paganas y cristianas. Por lo demás, cabría señalar la ausencia de una autoridad como la de un Julio César, destinado a las Galias, capaz de implantar un orden y concierto siquiera combatido por los indígenas.

Los visigodos germanos implementan la urdimbre religiosa cristiana en un avance reconciliador, pero de un modo aún externo o extrínseco, aportando urdimbre religiosa pero sin alcanzar trama civil, por causa de falta de arraigo hispano. Esa falta de trama es la que supera la presencia de los árabes en la península, con la fogosa religiosidad islámica. Los árabes representan un primer avance civilizatorio por su cultura más refinada, pero finalmente una recaída en los reinos de taifas que han pergeñado nuestras regiones españolas subterráneamente hasta nuestros días. Así que Roma insufla la estructura unitaria pero no la urdimbre identitaria, los visigodos insuflan la urdimbre religiosa pero no la trama nacional, y los árabes insuflan trama y drama dividiendo España.

La Reconquista representa de nuevo el avance en la unidad cristiana e hispánica, pero con el consiguiente retroceso centralista de signo religioso, político y militar. Una ideología que se proyecta en la expansión americana, como dirá Américo Castro, en la que España avanza políticamente pero retrocede por sus excesos militares. Lleva Europa a América, pero se trae un Imperio belicoso, el cual triunfa en el mundo para decaer estrepitosamente. Avance y retroceso, retroceso y avance, pero no engarzados sino pugilísticamente. Nuestra política en América es un encuentro y un encontronazo, una expansión y una impansión, un avance y un retroceso (tanto monta, monta tanto).

El cuadro de nuestro Imperio se desvela ideológicamente cuando se pone de parte de Trento y el catolicismo integrista frente al protestantismo liberal, ganando en unidad lo que pierde en diversidad y pluralidad. La Casa de Austria se desangra en semejante encrucijada, pero la Casa de Borbón solo añade cierta finura o refinamiento francés al centralismo católico.

El gran choque o contraposición entre avance y retroceso está encarnado por la República española y su avance político y social que, en su radicalidad, se acaba confrontando con la tradicional derecha conservadora y autoritaria. De modo que el avance republicano acaba en derrota frente a un franquismo que triunfa también retrocediendo al pasado. El Guernica de Picasso muestra nuestro destino, pero es solo nuestra falta de tino histórico. El franquismo y su nacionalismo centralista será sustituído finalmente por una democracia en toda regla, frente as la que ahora se sublevan los nacionalismos periféricos contra el viejo centralismo.

Ha sido Ortega quien mejor ha visto nuestros avances y retrocesos, nuestro triunfo y fracaso, a mi entender a causa de una desmesura hispánica que Nietzsche entrevió. Pero Machado y G.Lorca son la máxima expresión del avance y el retroceso español, desde la apertura y el cierre, el éxito y el fracaso de nuestro devenir histórico. Y es que España suele avanzar unilateralmente y retroceder también unilateralmente, así pues a causa de su visión unidimensional o particular, simple o rígida, no compleja ni multilateral.

No es que España esté contra sí misma, como pensaba Bismarck; es que España está siempre contra una parte de sí misma, incapaz de asumirla abiertamente a menudo por su radicalidad. Como diría S.Beauvoir, si vivimos mucho tiempo comprobamos que toda victoria se trueca un día en derrota; sobre todo si es una victoria pírrica o parcial y no de fondo y trasfondo. En todo caso, esta dialéctica o dualéctica de éxito y recaída, subir y bajar, no responde sino al movimiento vital que nos determina. En esto el español sigue siendo vital y vitalista, pero menos organizado u organicista.

   
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