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En el siglo V se produjo un derrumbe generalizado en Europa a consecuencia de la decadencia del Imperio romano. San Agustín, gravemente enfermo, vio como toda la seguridad de su tiempo, basada en sólidos pilares religiosos y de todo tipo, se resquebrajaba. Falleció sitiado en Hipona por los bárbaros (extranjeros) germánicos, que fue conquistada poco después. A aquellos contemporáneos suyos les resultaba casi imposible de digerir el derrumbamiento del orden mundial de entonces. Algo similar ocurrió en Jerusalén cuando el Templo, signo esencial en la historia religiosa del pueblo judío, fue arrasado por Tito pocas decenas de años después de la muerte de Jesús.

Qué no decir de los milenarismos tenebrosos que auguraban el fin del mundo. Más cerca de nosotros la generación anterior a la mía fue coetánea de la Segunda Guerra Mundial, de Mao, Stalin y del Holocausto judío… Afortunadamente, la situación mundial causada por el coronavirus no es una situación equiparable, aunque haya puesto en jaque a buena parte del Planeta. Recordar la historia es importante porque nos muestra la realidad como algo complejo y y desconcertante, incluso para bien, porque los humanos somos capaces de reinventarnos aun sintiendo la vida sin asideros sólidos donde agarrarse ante el miedo y la angustia que produce el sufrimiento añadido de lo que no podemos controlar o es desconocido.

Si recordamos el significado del término griego crisis, no es otro que “decisión” en el sentido de oportunidad que nos emplaza a valorar posibles nuevos cambios de rumbo. Así ha ocurrido siempre; hasta de la desesperación han salido acicates para que renazca la esperanza, y con ella, nuevos sistemas de ideas y actualizaciones de creencias. Es una suerte que la vida permite renacer con esperanza después de tocar fondo, y vivir el presente con madurez para construir el futuro.

La nube diaria de titulares negativos no deja ver los muchos signos y evidencias que destilan esperanza por los cuatro costados: miles de voluntarios afanados en aportar esperanza a los infectados por el coronavirus. Millones de pruebas de amistad, de compañerismo, de solidaridad… tanta gente que nos rodea tratando de hacer el día a día del confinamiento humanizado y alegre. El personal sanitario… sólo nos acordamos de ellos cuando el dolor, como ahora, aprieta. La esperanza también viaja con ellos.

Los que quieren destruir son más ruidosos, pero son menos. Para un cristiano, vivir la esperanza es mucho más que un estado de optimismo: es interpretar el futuro posible y deseable con los ojos de una vivencia anticipada que da sentido al momento presente mientras ponemos las bases para crear lo que todavía es una meta.

La esperanza es la cualidad teologal que nunca defrauda. La esperanza verdadera construye, no espera; se vive más que se anhela. Es una disposición interior es la que hace posible su gran objetivo: dar un sentido al presente construyendo sobre la realidad actual. No estéis tristes, exhorta el Evangelio, porque el plan de Dios insufla toneladas de esperanza para despertar el corazón hasta convertirlo en signos y hechos de esperanza para otros.

En este contexto, me parece muy oportuna la reflexión del cardenal Omella, ahora al frente de la Conferencia Episcopal, recordando que las tecnologías de comunicación en este tiempo de reclusión no deben absorber y robar todo el tiempo. Nos pide que dediquemos espacios para repasar nuestra vida, para pensar con esperanza hacia dónde y cómo queremos orientar el resto de nuestras vidas en este mundo, a la espera del encuentro definitivo con Dios. Ahora tenemos más tiempo para todo, incluso para nuestra oración y para acordarnos del sufrimiento en torno a este dichoso virus, con graves y angustiosas consecuencias económicas para muchas personas.

A pesar de la limitación, el mal y la muerte, algo hay en nuestro interior que nos impulsa a “esperar contra toda esperanza” (Rom 4,18) frente a las ganas de abandonarnos y dejar de luchar. Es un consuelo saber que cualquier cambio gigantesco, empieza siempre por algo inapreciable al ojo humano. Lo importante de verdad es recordar que Dios acude a nuestra llamada, cumple sus promesas y nos renueva la fe. Siempre. ¡Él es nuestra esperanza!

   
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