VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Oficialmente se habla de  generosidad  en la Zona Euro  destinando 100.000 millones en ayuda a la maltrecha economía española que necesita salir  de la recesión  y  crear empleo. Pero no es verdad. Si se persiguieran estos nobles fines, el dinero vendría  a organizaciones ciudadanas y organismos  estatales destinados expresamente a estos fines, como el Instituto de Crédito Oficial, las pequeñas y medianas empresas, las  cooperativas de crédito, etc. Contrariamente,  la generosa ayuda va directamente a entidades financieras que ya han demostrado sobradamente su incompetencia y malversación. La finalidad principal  de este crédito la desvela abiertamente Peter Böfinger, consejero de economía del gobierno alemán: “Las ayudas a la banca (de los países en dificultades) no tienen que ver con el intento de ayudar a tales países en sus problemas, sino ayudar a nuestros bancos que tienen gran cantidad de deuda de aquellos países”.

Una  verdad tan agresiva pudiera parecer hasta correcta si  “nuestros bancos” no fueran parte determinante del destrozo de la economía en los países periféricos. Porque durante los años de la burbuja inmobiliaria, los bancos alemanes, en tanto que acreedores, fueron,  junto a los especuladores nacionales, impulsores del disparate y beneficiarios del suculento pelotazo que hizo crecer  sus arcas. Cuando la crisis que ellos mismos han provocado deja ahora al descubierto sus torpezas y usuras, es vergonzoso que pretendan ocultar su responsabilidad tras de una ayuda engañosa (en realidad, rescate  en beneficio propio) que acrecienta exponencialmente nuestra deuda y en nada asegura la reactivación económica. Tampoco sus políticos, verdaderos capataces de sus engañosos mercados, tienen derecho a frivolizar este asunto, culpabilizando al pueblo de sus disparates y haciéndole cargar con tan graves consecuencias. Pues ello es una grave injusticia y una escandalosa inmoralidad.

Si es cierto que las deudas, fruto de la justa transacción bilateral, hay que pagarlas,  cuando estas son consecuencia de la estafa,  la falsedad y el robo,  como en el caso que nos ocupa, y el gobierno se hace cómplice de esta farsa,  la víctima tiene derecho a decir no. Negarse a pagar hoy esta deuda es para el pueblo una virtud, un ejercicio de honradez y dignidad.  Bien claro aparece en la ética que da fundamento a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Cuando se viola abiertamente  el sagrado derecho de la dignidad y libertad de un pueblo, entonces “la insurrección es para el pueblo, y para cada porción del pueblo, el más sagrado de sus derechos y el más indispensable de sus deberes” (cfr. Declaración de los Derechos del Hombre de 1793).

   
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