VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Los partidarios de la misa tridentina esperan la inminente liberalización de este rito por parte de Benedicto XVI
Reticencias en el clero y entre los fieles
El padre Raúl viste una casulla de anticuario y oficia de espaldas a los fieles en la vieja lengua de la Iglesia católica apostólica romana

Quince minutos antes de que la misa comience la iglesia está semivacía. Por la puerta abierta de una sacristía con pinta de camerino modesto puede verse a un hombre joven haciendo prácticas con el incensario. Un anciano reparte entre los escasos fieles las cuartillas con las oraciones correspondientes a la festividad del domingo 15 de octubre. El templo ocupa la planta baja de un edificio de pisos en el corazón del elegante barrio de Salamanca, en Madrid.

Detrás de las vidrieras, de colores intensos, se intuye un patio de vecindad selecto. Unos minutos antes de las siete la iglesia cobra vida. Se ve alguna familia con cochecito de bebé incluido, varias parejas maduras y grupos de jóvenes, sobre todo chicos, que se levantan al unísono al iniciarse la procesión hacia el altar.

El sacerdote, el argentino Raúl Olazábal, un hombre joven, alto y delgado, avanza por el pasillo central escoltado por cuatro ayudantes y dos monaguillos. Bajo la casulla, un poco corta, bordada con hilos de oro -comprada a un anticuario de Buenos Aires por 120 euros-, asoma el delicado encaje del alba, una especie de saya blanca hasta los pies. De su antebrazo izquierdo cuelga el manípulo, como una estola a juego con la casulla, y luce en la cabeza un roquete negro. Ayudantes y monaguillos van vestidos también con perfección litúrgica. Sotanas negras bajo la sobrepelliz (una túnica blanca corta) los primeros, hábitos rojos bajo la sobrepelliz, los dos niños monaguillos.
Incienso y campanillas

La organista-cantante, invisible tras los tubos del instrumento y la mesa del altar, guía a los feligreses a través de las letanías. Podríamos estar en una misa cantada como cualquier otra, si no fuera por los detalles que desconciertan al feligrés no advertido. Las ropas litúrgicas del celebrante, casi una reliquia, la profusión de incienso, el sonido de las campanillas que subraya la solemnidad de algunos momentos, los velos de encaje negro sobre las cabezas de algunas señoras y, sobre todo, el latín.

El padre Raúl, “et introibo ad altare Dei…” (“Y me acercaré al altar de Dios…”),
oficia de espaldas a los fieles, en la vieja lengua franca de la Iglesia católica apostólica romana, como en los tiempos previos a la reforma de 1969. El rito al que se mantuvo fiel el obispo cismático Marcel Lefèbvre. Pero en el ordinario de la misa que descansa en cada banco hay algunas claves para descifrar el enigma. La misa a la que estamos asistiendo, en la iglesia de San Luis de los Franceses de Madrid, no es lefebvrista. Aunque pertenezca al rito romano tradicional de San Pío V, tiene la autorización “del Eminentísimo cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela”.

Una ceremonia con todas las bendiciones y, al mismo tiempo, con el sabor de lo clandestino. “La culpa es de los obispos”, se lamenta Daniel, de 41 años, uno de los asistentes más fieles. Prácticamente no ha faltado a estas citas desde que los sacerdotes del Instituto de Cristo Rey, fundado en Francia en 1990, y con escasa presencia en España, consiguieron el préstamo de esta sede. Pero todo podría cambiar si Benedicto XVI firmara finalmente un motu proprio (documento de su exclusiva responsabilidad) para liberalizar el rito. A partir de ese momento, la misa tridentina sería una opción libre en las iglesias, a petición de los fieles. En caso de estar en contra, el obispo tendría que prohibirla.

El propio Joseph Ratzinger ha celebrado misas latinas en sus años de cardenal y se cuenta entre los devotos del rito, junto al purpurado chileno Jorge Medina Estévez y al español Antonio Cañizares; casi todos, de línea conservadora. “No es justo asociar esta misa a lo conservador. El latín, como el canto gregoriano, es una joya cultural y teológica”, dice José María, un joven entusiasta de esta celebración. “Es la única forma de poder seguir la misa en Pekín, en Cataluña o en Grecia”.

Observando la ceremonia se comprende en parte que la jerarquía eclesiástica española simpatice poco con este modelo. Impresionan los golpes de pecho en el Agnus Dei y la visión del oficiante en la consagración, con los ayudantes levantándole la casulla mientras los monaguillos agitan las campanillas y nubes de incienso envuelven el altar.

Una imagen demasiado ligada, quizás, a los años de lo que se llamó el nacionalcatolicismo.
“¿Cómo se puede relacionar con el franquismo una ceremonia que tiene siglos de historia?”, se interroga otro de los feligreses que acude a misa con su mujer. Una señora argentina se acerca a saludar al sacerdote. “Veo en esta misa mucho arrepentimiento”, dice. “A mí me llega al corazón”, confiesa otro de los asistentes que atraviesa Madrid para llegar a esta céntrica iglesia.

“El mundo se globaliza y la Iglesia también. Por eso es importante que se pueda recurrir al latín, una lengua que todos conocemos”, dice Daniel, el más firme defensor del rito, que alardea de haber traído a esta misa a muchos jóvenes, directamente de las discotecas. “A quien más gusta es a la gente menos practicante”, añade. Pero no cree que el rito tridentino esté reñido con el moderno. Lo confirma el padre de los dos monaguillos. “Yo voy a misa todos los días, y vivo en Majadahonda, cerca de Madrid; donde obviamente no son en la latín”.

El padre Raúl pronuncia la homilía en español, con suave acento argentino, dedicada enteramente a elogiar el ejemplo de Santa Teresa de Ávila, santa del día y patrona del Instituto de Cristo Rey, en España. La oscuridad se ha tragado el color de las vidrieras cuando la voz magistral de la organista entona el rezo final de esta celebración, la Salve, seguida con desigual oído por los fieles. Pero lo importante es la intención. La señora argentina tiene los ojos brillantes cuando se elevan las voces: “Ad te suspiramos, gementes et flentes, in hac lacrimarum valle”.

Reticencias en el clero y entre los fieles
HACE CUATRO AÑOS que los sacerdotes del Instituto de Cristo Rey comenzaron a celebrar las misas romanas en Madrid. La sede fue la iglesia de San Luis de los Franceses, gracias al permiso especial del anterior párroco, Francis Rode. Pero el párroco de esta iglesia cambió hace tres meses y el actual no parece entusiasmado con estos ritos, autorizados por Juan Pablo II con un motu proprio en 1988. La autorización depende, en todo caso, del obispo titular en cada diócesis. Sólo había una excepción, el Reino Unido. Los católicos británicos obtuvieron en 1969 un indulto especial de Pablo VI para celebrarlas. Cuentan que se lo pidió expresamente la novelista Agatha Christie. En España sólo se celebran en otros dos templos de Pamplona y Toledo, y en una capilla de Barcelona. Salvo en el caso de la capital catalana, las demás misas tridentinas están a cargo de los dos únicos sacerdotes del Instituto de Cristo Rey. Hay otra asociación -Una Voce- que pretende resucitar en el mundo católico estas ceremonias con sabor centenario, sin implantación en España.

Nadie niega las reticencias de la jerarquía, parte del clero y muchos fieles. Se cuentan con los dedos de una mano los sacerdotes capaces de celebrar misas por este rito y escasean las iglesias que quieran hospedarlas. Un portavoz de San Luis de los Franceses ruega a la periodista que haga constar en su reportaje que la misa en latín no tiene nada que ver con la comunidad propietaria de la iglesia. Y a la hora de reclamar permiso para tomar una fotografía de la ceremonia, una portavoz del arzobispado de Madrid advertía el pasado jueves de que, precisamente ahora, la misa está a punto de cambiar de sede, y “aún no se sabe con certeza dónde se seguirá celebrando”.

   
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