VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Diario de Cadiz

HA llegado la hora de la verdad. La hora de que cada uno se quite la careta y diga lo que realmente le importa y le interesa. Al decir esto, me refiero a las reacciones que se van notando, en unos y en otros, ante el inesperado comunicado de ETA. Lo estamos viendo y oyendo. Mientras unos hablan de esperanza con la debida cautela, otros dan la impresión de que estamos ante una noticia preocupante. Y no falta quien se queja, cum ira et studio y desde una conocida emisora de radio de ámbito nacional, de disolución de España y destrucción del Estado de derecho, o sea de la peor noticia que se nos podía dar.
¿Qué nos viene a decir todo esto? Parece razonable decir varias cosas. 1) Que ante el anuncio de un posible y quizá probable final de la violencia, unos se alegran y otros se preocupan. 2) Que, por tanto, la sociedad española está más dividida de lo que podíamos imaginar, ya que, ante una propuesta que afecta nada menos que a la vida o a la muerte, unos manifiestan esperanza, en tanto que otros expresan preocupación o incluso indignación, sin duda porque temen que, si el partido en el gobierno acaba con ETA, vamos a tener PSOE gobernando para mucho tiempo. 3) Que en España hay muchas personas (seguramente más de las que imaginamos) para quienes es más importante una pronta victoria electoral (en las próximas elecciones generales) que la vida, la paz y la seguridad de los seres humanos. 4) Que para tales personas son más determinantes los intereses políticos que los derechos de la vida. 5) Que hay quienes parecen estar dispuestos a hacer cuanto sea necesario para impedir que la oferta de ETA siga adelante, de forma que dan muestras de querer bloquear la posible negociación de paz.

Como es lógico, si todo esto es efectivamente así (y hay suficientes indicios para pensar que lo es), resulta evidente que estamos ante un asunto tan profundamente inmoral y deshonesto, que quienes lleven dentro semejantes sentimientos y anden urdiendo tan macabras estrategias, no tienen más remedio que disfrazar (como sea) lo que en realidad quieren y están intentando llevar a cabo.

En un problema como el que está en juego, se pueden disfrazar los sentimientos más turbios con argumentos que parecen de la máxima importancia. Por ejemplo, diciendo que en la negociación peligra la integridad de España, que está en juego la defensa del Estado de derecho o asegurando que no se puede negociar con ETA sin que eso tenga un serio coste político.

Por supuesto, si lo que se quiere de verdad es que acabe la violencia y que los ciudadanos vivamos en paz, no hay más remedio que dialogar y negociar. Ahora bien, en todo diálogo y en cualquier negociación, las dos partes tienen que ceder algo. En este caso y como es lógico, no van a tener que ceder lo mismo los que han defendido la vida y la legalidad que los que han quebrantado gravemente las leyes, atropellado los derechos de las personas y cometido más de 800 crímenes.

Quienes han hecho tales cosas no pueden además sacar ventaja. Pero también es cierto que, en una situación como la que se ha planteado en este caso, los políticos deben ser conscientes de que el problema no se resuelve echando mano solamente del argumento de la fuerza y amenazando con las pistolas y las cárceles. Toda ley humana, por muy perfecta que sea, admite posibles interpretaciones que, sin romper la legalidad, admita aplicaciones de excepción en situaciones excepcionales. Y si en esto no se tolera una razonable flexibilidad, nos veremos abocados a tener que soportar la ininterrumpida reproducción del terror, la amenaza y la muerte.

Con esto quiero decir que lo más grave, en este momento, no es la amenaza de ETA, sino la división que se ha creado entre los españoles. Porque un país unido encuentra fórmulas legales y constitucionales de solución para un problema como el que se nos ha presentado. Mientras que un país dividido no hará sino dar argumentos a los terroristas para que sigan causando más terror.

Es evidente que, si el Gobierno cede en lo que no debe, lo que hará es servir en bandeja a cualquier banda de canallas la posibilidad de seguir extorsionando y matando. Por eso hemos oído estos días que la negociación tendrá que ser larga y difícil. Pero lo que no es de recibo es que, ante la sola idea de que sea precisamente el Gobierno actual quien termine con ETA, haya quienes se muestren preocupados o inquietos ante la posibilidad de que el PSOE y ETA lleguen a un razonable y legal acuerdo.

Por eso he dicho que ha llegado la hora de la verdad. Porque es la hora de que cada cual (y yo el primero) veamos si, en nuestros criterios y en nuestra escala de valores, lo más importante es la vida y sus derechos o la política y sus intereses. Todos tenemos una capacidad insospechada de autoengaño. Sobre todo, cuando nuestros inconfesables intereses se disfrazan de valores supremos e intocables, cosa que ocurre constantemente con los asuntos relacionados con la política y con la religión.

En España hay ahora demasiado apasionamiento revestido de supremos valores nacionales y hasta divinos. Y nunca deberíamos olvidar que los apasionamientos nacionales nos han costado ya demasiada sangre.

   
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