Exodo 146

 

Con la participación de José Antonio Pérez Tapias, Julio Anguita, Benjamín Forcano, Ignacio Sánchez-Cuenca, Javier Chinchón, Claudia Cano, Evaristo Villar, Jaume Ruiz, Teresa Arenillas, Armándo Márquez, Juanjo Sánchez.

 

No podríamos pasar de lado ante lo que está siendo en estos días motivo de crispación en el país. Nos referimos al anuncio hecho por el Gobierno, previa aprobación del Parlamento, de la exhumación de los restos del dictador Franco de su encumbrado sepulcro en el Valle de los Caídos. La amenaza posterior de su posible traslado a la cripta de la Almudena en el centro de Madrid ha levantado olas de protesta que, ante el incomprensible silencio de la Iglesia, ha sacado a las calles de la capital a miles de personas, dispuestas a impedir semejante humillación pública.

A pocas personas en España le está dejando indiferente este asunto. Para un sector minoritario, nostálgico de las victorias guerreras del pasado y muy a gusto con la paz impuesta por el silenciamiento del enemigo, hay que dejar las cosas como están, porque la apertura de la fosa va “a abrir las heridas de una contienda que ya tenemos olvidada”. Es la injustificada respuesta que han dado siempre quienes, desde la muerte del dictador genocida, se han mantenido fervorosamente pegados al poder y sus aledaños.

Para el sector mayoritario, que ya no ha conocido la guerra pero sí sus consecuencias amargas, este gesto no debería representar más que el primer paso de un camino que está obligada a recorrer una sociedad –que por miedo, comodidad o por olvido se ha mantenido en silencio durante 40 años– para poder reconciliarse consigo misma y su reciente pasado. Limpiar la propia historia de sus inhumanidades y vergüenzas es una condición necesaria para poder vivir con honestidad el presente y encarar con libertad el futuro. Y, en este esfuerzo por blanquear la historia pasada, el golpe militar del 1936 contra la República y el genocidio de los oprobiosos años de dictadura representan manchones demasiado fuertes que siguen proyectando su macabra sombra sobre nuestros días.

Pero con ser importante esta noticia sobre la suerte futura del dictador, no es de menor calibre –aunque con menos presencia mediática– esta apuesta que indirectamente se está dando a la sociedad. Nos referimos a la otra cara de la moneda. Al final, y después de tantas falacias y patrañas producidas para ocultar la historia verdadera, se va a poder oír abiertamente en nuestras plazas el grito desgarrador de las víctimas. Un grito –sepultado ante las tapias de los cementerios o en las cunetas de las carreteras– siempre silenciado por los poderes políticos y religiosos que han mandado en este país. Por más que lo pretenda, ningún pueblo puede ignorar para siempre su historia, la lleva pegada como la sombra al cuerpo. Y, por más que se las quiera ocultar, la memoria y la verdad de la historia esperan siempre el momento oportuno para salir a flote.

La tragedia ha querido unir tan indisolublemente al victimario y a las víctimas que no sería posible conocer el perfil exacto del primero, sin la presencia de las segundas. Desde Éxodo saludamos como buena noticia la exhumación del dictador y no podemos ocultar la alegría que nos produce el camino que se abre para el reconocimiento de la verdad, la justicia y la reparación de las Víctimas.

 
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