VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Walt Whitman es el cantor de la fraternidad universal, del amor al hombre y la mujer, de lo mineral, vegetal y animal; una especie de franciscanismo secular o pagano, pero que incluye lo cristiano o espiritual. La fraternidad se define como un amor de amistad fundado en la camaradería intermasculina a modo de fratría o hermandad, pero abierta a hombres y mujeres, niños y ancianos, en una especie de torbellino amoroso. El autor escribe torrencialmente desde un americanismo amable y misticoide, apoyado en la emergencia de su nación y proyectando la gran democracia de la libertad e igualdad, en una utopía que no decae hasta la muerte, La propia muerte se interpreta como un paso de cebra acosado por el peligro, pero trascendido en un futuro ideal o inmortal.

Todo ello aparece radiante en sus Hijos de Adán,una exaltación adánica de la vida más allá de la muerte, del buen vivir natural y cultural,erótico y ético, humano e interhumano. El poeta exalta la bonhomía y critica la profanación del cuerpo, el cual incluye el alma espiritual, por eso es sagrado tanto en el hombre como en la mujer, lo que elogiará G.Lorca con razón o más bien sentido, que es lo que interesa a ambos vates. Ambos tienen en común la afirmación del amor griego, socrático y, pagano pero también cristianoide, el español en su juventud y el americano toda la vida, cantando el amor de amistad universal.

La exultación de la belleza y hermnosura del universo procede sin duda del terco optimismo americano y de su naturaleza viril y animosa. Es un americanismo masculino y musculado o musculoso, inflado, lo que desemboca en un claro homoerotismo, siquiera entendido y ampliado como la erótica del hombre por el hombre y la mujer, la naturaleza y la cultura, el cuerpo y el alma, hasta arribar a una especie de cosmoerotismo o erótica universal, en la que se canta todos los amores si lo son realmente. En este contexto la mujer comparece como la mar en la que desembocan los ríos represados del hombre, una advocación femenina que parece librarle de la ansiedad de su propia soltería así exorcizada. Finalmente estamos ante una visión panteísta que coimplica todo lo disperso en un Todo unitivo y amoroso, aunque atemperado por el personalismo plural de las personas.

La inflación optimista del autor se continúa en Cálamo, un escrito que junto a la vida juvenil exaltada coloca ahora a la muerte, siquiera esbozada como límite ilímite abierto al infinito. El amor aparece aquí conteniendo a la muerte y trasfigurándola. Al poeta le basta ahora con tocar al otro u otra sin poseerlos,reduciendo la juvenil fratría tumultuosa, y constatando que “el camino es dudoso, incierto el resultado, quizás funesto”, como traduce bien E.L.Castellón. Sin embargo el pulso de la vida remite a la adhesividad, conjunción o contacto entre la humanidad, por lo que vuelve la retórica de la camaradería varonil abierta, cantando a los espíritus de los amigos vivos o muertos. El nombre del escrito, Cálamo,se refiere a la planta de simbolismo fálico, acentuando así el virilismo o masculinismo no frente sino junto a la mujer. Pero surge también el miedo a no ser correspondido en el amor y la amistad, la duda por lo aparente y su verdad, resuelto de nuevo por el sentido amoroso del auténtico existir.

La expansión vital de Whitman se nubla por la guerra del sur y su posterior enfermedad paralizadora, hasta su vejez silenciosa atendido por una señora viuda, un perro y un canario, simbolizando aquél lo terrestre y este lo celeste, una imagen elocuente de la vida del poeta anticonvencional pero amable, pues ya se sabe que el amor hace amable. Un hombre animoso y animado, suyo y sincero, que en sus Cantos de despedida profetiza al gran individuo, natural y casto, afectivo y compasivo. Pues su eros o erótica oceánica no es ningún pansexualismo, sino un panerotismo o sensualismo frente a toda abstraccion y maquinismo, regidez o puritanismo. En nombre de la democracia americana abierta, aunque inflada.

   
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