VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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A lo largo del Antiguo Testamento, queda claro que Dios no tenía ningún castigo previsto para después de la muerte a quienes hubieran practicado el mal. El castigo posible, y probable, se daba en esta vida, no después. Es verdad que esta perspectiva no era expresada en ninguna parte de una manera codificada y solemne, pero todas las referencias al Xeol dejaban muy claro que allí había de todo, que estaban todos.

El único lugar donde se expone otra cosa es en el libro de Daniel («Muchos de quienes duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para la reprobación eterna»). Aun así, este libro, escrito en el siglo II aC, en un ambiente fuertemente helenizado, es difícil considerarlo un texto propiamente judío y propiamente bíblico.

Si bien en los evangelios, sobre todo en el de Mateo, típicamente «incendiario», hay referencias a un castigo en un fuego eterno, descontando los textos que se refieren al crematorio de desechos y los que se refieren a la quema de vegetales en el campo, hay 4 que parece que mencionen un fuego eterno, pero este fuego, en el único texto que es explícito, es «el fuego eterno, preparado para el demonio y sus ángeles» (Mt 25: 31-46), es decir, algo inexistente. Por lo tanto, debemos considerar este texto como simbólico, motivado por la enorme indignación de Cristo hacia aquellos que no han dado de comer a quien tenía hambre.

Sin embargo, los escritores post-Cristo, Pablo, Pedro y Juan (quien, además de evangelista, debe ser considerado también autor propio), quienes, precisamente, ignoran las menciones al fuego del Evangelio de Mateo (y una de Lucas, además de otra, repetida en Mt), expresan una opinión «nueva», no conocida en todo el Antiguo Testamento ni en los evangelios.
Veamos:
San Pablo.- (…) para el día del castigo, cuando se manifestará el justo juicio de Dios. «Él pagará a cada cual según sus obras: la vida eterna, a quienes, practicando con constancia las buenas obras (…), el castigo, a quienes con orgullo son rebeldes a la verdad (…) Dios dará tribulaciones y angustia a todo el que hace el mal (…), pero gloria, honor y paz a todo el que hace el bien.» (Rm 2, 6-10)

– «Porque todos nosotros tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo, donde cada cual tiene que recibir lo que le corresponda según el bien o el mal que habrá obrado en esta vida.» (2 Cor 5, 10)
San Pedro.- «Y es que el Señor libera de la tentación a los piadosos, pero tiene reservados a los injustos para castigarlos el día del juicio.» (2 Pe 2, 9)
Juan.- «…y saldrán; [del sepulcro] quienes habrán hecho el bien, para resucitar a la vida, y quienes habrán obrado el mal, para resucitar condenados.» (Jn 5, 29)

Estas expresiones, del todo nuevas, no obstante, se asemejaban mucho a la sentencia de Platón, del siglo IV aC, que indicaba que «en el Tártaro, las almas eran enjuiciadas, y los malvados eran castigados». El sentido preciso era igual, en los apóstoles y en Platón: un castigo a los malvados, sin decir cuál ni cómo. En el caso de Pablo, se llega a mencionar «tribulaciones y angustia», pero no describe nada concreto.
La pregunta es inevitable: Los tres apóstoles que escribieron post-Cristo,
¿abandonaron la tradición bíblica y adoptaron el punto de vista de Platón?
Era muy tentador hacerlo: la tradición bíblica parecía imprecisa, y el punto de vista platónico parecía bastante razonable.

Yo, sin ninguna seguridad, pienso que sí, muy y muy probablemente, adoptaron la creencia correspondiente a la más alta cultura de la época.
Ahora quisiera que los lectores, cuando menos algunos, expresaran su opinión. Ya sabemos que nadie puede estar seguro de nada. Pero decir aquello que creemos muy probable, es muy normal decirlo. ¡Ánimos!!
Antoni Ferret

   
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