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Mientras en América Latina reviven fundamentalismos religiosos coadyuvantes en la permanencia o arribo al poder de figuras políticas ultraconservadoras, en México tenemos el primer gobierno de izquierda de nuestra historia, que llegó al poder gracias a la confluencia de amplios sectores de la población, incluidas, curiosamente, las iglesias evangélicas de corte conservador, cuya incursión en la política había sido hasta ahora débil e infructuosa, en gran medida por la (también hasta ahora) indisputable influencia de la jerarquía de la iglesia católica (mayoritaria), pero también por la larga y complicada historia de las relaciones entre el Estado y las iglesias en México, país que se declara abierta y constitucionalmente laico, pero que en la práctica ha sostenido vínculos contradictorios con lo religioso, como podemos verlo en la estrecha relación de la jerarquía católica con los poderes en turno, y ahora en la riesgosa cercanía de sectores evangélicos con el nuevo gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y el Movimiento de Regeneración Nacional.

¿Qué está pasando entre AMLO y las iglesias evangélicas? ¿Por qué esta abierta cercanía y su consecuente desdén hacia la jerarquía católica? ¿Es el presidente de la República creyente evangélico? ¿Su actual comportamiento (y el de no pocos políticos de Morena) vulnera el estado laico? ¿Un estado laico tiene que ser necesariamente antireligioso? Son algunas de las muchas interrogantes que surgen en este nuevo escenario para México y no tan nuevo para otros países del continente que han visto con temor y temblor las terribles consecuencias que conlleva la intromisión de lo religioso confesional en la política. ¿Corremos ese mismo riesgo en México?
Una primera línea de interpretación descartaría, de entrada, una posible tendencia de nuestro país hacia un estado confesional o fundamentalista.

Sería más bien todo lo contrario, y el comportamiento de AMLO hacia las iglesias se entendería dentro de la corriente liberal (librepensadora) que rompió con el dominio religioso católico sobre el estado (con las Leyes de Reforma) y declaró la libertad de cultos. Así, lo que este gobierno buscaria, sería transitar a un Estado laico cimentado más que en una postura anti-católica (o antireligiosa), en principios “positivos” como la igualdad de todas y todos ante la ley, la no-discriminación, el respeto a la libertad de conciencia y la autonomía del Estado respecto de doctrinas religiosas y filosófica particulares, tal y como se encuentra consignada en la definición de laicidad que rige el artículo 40 constitucional.

Pero no hay que olvidar que, antes de impulsar las Leyes de Reforma, el Benemérito de las Américas había propuesto a los obispos católicos la creación de una iglesia nacional (al estilo de la iglesia anglicana en sus inicios) y al negarse estos a renunciar a su fidelidad al papa, Benito Juárez habría delcarado la libertad de cultos también en una especie de represalia con la hasta entonces única religión oficial. Así, tampoco hay que descartar en AMLO una suerte de “ajuste de cuentas” hacia una jerarquía católica mexicana que nunca le apoyó en las elecciones presidenciales, pues siempre ha sido aliada (y cómplice) del régimen hegemónico y represor que nos gobernó durante las últimas décadas y que no acaba de morir.

Como fuere, no debemos desestimar una tercera narrativa (al igual que las dos anteriores, tampoco excluyente) que responde al hecho de que AMLO no midió, a la hora de establecer sus alianzas rumbo a la presidencia, la magnitud del descontento social y la inesperada confluencia social que le daría el holgado triunfo electoral del 1 de julio de 2018 y con el cual no hubiera echado de menos esos vínculos incómodos con sectores evangéicos conservadores y empresariales irredentos.

De nueva cuenta, la Cuarta Transformación tampoco está midiendo las consecuencias que puede tener el conservar esos vínculos, como podemos verlo en el caso reciente de la iglesia de la Luz del Mundo cuyo líder, a los pocos días de ser homenajeado en un recinto cultural oficial (el Palacio de Bellas Artes), fue detenido en EUA por pornografía, violación y tráfico de personas, entre otros casos graves, todos, harto conocido presentes e impunes en sectas religiosas de este corte (dentro de las cuales se enmarcan tanto al bloque legislativo del extinto partido Encuentro Social, como la Confraternidad de Iglesias Evangélicas, cuyo líder ostenta a diestra y siniestra su cercanía a la figura presindencial), sin descontar que en su embestida social (y ahora política) estos sectores llevan el sesgo del fundamentalismo religioso que constriñe derechos y atenta contra libertades fundamentales.

En este complejo escenario, es finalmente necesario aprender de experiencias pasadas y presentes en un momento histórico único y tal vez irrepetible para nuestra nación, para prevenir una regresión autoritaria de la que ya no habría retorno (dada la gravedad económica y social en que nos sume la espiral de violencia tras más de diez años de guerra) y avanzar con firmeza hacia la anhelada paz que nazca de la justicia.
© Observatorio Eclesial

 
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