VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Cura casado2Supresión del celibato obligatorio para obispos y presbíteros (I)
Obispos atados a la ley y sin libertad evangélica
Los dos últimos papas han seleccionado para obispos a sacerdotes contrarios a suprimir esta ley. Entre las normas orientativas, procedentes de la Curia vaticana, para seleccionar candidatos a obispos se incluyen estas:
– “no sean muy amigos de los pobres”;
– “no sean partidarios del celibato opcional ni de la ordenación femenina”.

Se ha acentuado así una jerarquía más monolítica. Mirar sólo a la ley, sin mirar a la vida real y al Evangelio, sólo puede ser fruto del afán de dominio. Una persona inteligente y culta no puede ignorar la historia impositiva del celibato en la Iglesia latina. ¿Cómo es posible que un sacerdote acepte como condición para ser obispo defender esta ley inhumana? ¿Desde la libertad de Jesús? Cierto que no se le pide su opinión desde el evangelio. Se le pide obediencia a la ley. La ley se absolutiza. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” es problemático hoy en la Iglesia. Se ha identificado la ley eclesial con la voluntad divina. Es el nudo que desató Jesús, pero que sus seguidores con el tiempo han vuelto a anudar. La libertad evangélica ha sido mutilada.

Inducidos a actuar contra del Evangelio antes que contra la Ley
– Se impide a las comunidades celebrar la eucaristía, si el sacerdote está casado; la ley eclesial está antes que el mandato de Jesús de celebrar su memoria.
– No importa que los sacerdotes casados no puedan vivir su vocación, y sean personas rotas; más aún: se les impide trabajar en instituciones eclesiales en actividades no ministeriales, actividades para las que están preparados. La sociedad civil es más misericordiosa que la Iglesia.
– Toleran más a los concubinarios que a los casados. En África y en América Latina, muchos curas viven con sus mujeres. Los obispos lo saben, pero, como no tienen sustitutos, miran para otro lado. Salvan la ley -los curas no se casan-, aunque vivan en concubinato.

– Pueden seguir ejerciendo su ministerio si abandonan a sus hijos y mujeres invisibles.
– Cuando les conceden dispensa para casarse, les obligan al destierro, a casarse clandestinamente…
– Se han venido tolerando vicios “contra naturam” (Conc. Lateranense III año 1179, canon 11), y abusos “con impúberes de cualquier sexo” (Instrucción 9 junio 1922), sin cuestionar la ley del celibato que muchas aberraciones hubiera podido evitar.

“La institución va a su beneficio; a mantener, como sea, al funcionario”
“No mira sus sentimientos, no le educaron para sobrellevar sentimientos propios, sino de los demás. Pero el sacerdote es una persona, y no tiene por qué reprimir lo que es el mayor don, el amor. La ordenación va referida a un “ministerio”, un servicio público, atornillado por el celibato a la fuerza; y ciertamente temporal: los párrocos y los obispos se jubilan (o sea, dejan su ministerio). Somos personas sexuadas, con sentimientos y con deseos de vivir a tope nuestra personalidad. Lo que hace falta es valentía y escuchar al hombre que hay dentro y no cambiarlo por un figurante de rezos que de tanto repetirlos, a veces, ni se los cree. La gracia no suple la naturaleza, por tanto, mientras más natural se es, más lleno de Dios se está” (Pepe Mallo, RD 20.10.13 | 16:10).

No extraña que cada vez más sacerdotes jubilados “convivan” y legalicen su situación por vía civil. Cobijan con dignidad a la persona que comparte su vida y su pensión. La “institución” no le dejará que decida cómo y con quién quiere compartir el tramo final de vida. Si usa su libertad sin tener en cuenta la normativa eclesiástica, está abocado al olvido y a la marginación plena. “Fraternidad sacerdotal”, sólo si es celibataria. Si forma una familia, se convierte en un “vitando” (al que evitar).

La ley eclesial no debería estar por encima del Evangelio
Hay quien piensa que “no cederán, está en la raíz del dominio, ni Evangelios ni nada, esclavos desamparados, desarraigados. Francisco tampoco lo hará, está claro: sois la quilla de la Iglesia”.
Me niego a creerlo, y precisamente por la razón que se da: “está en la raíz del dominio”. Es que justamente el Evangelio de Jesús está en las antípodas del dominio:
“los que figuran como jefes de las naciones las dominan, y que sus grandes les imponen su autoridad. No ha de ser así entre vosotros; al contrario, entre vosotros, el que quiera hacerse grande ha de ser servidor vuestro, y el que quiera ser primero, ha de ser siervo de todos; porque tampoco el Hombre ha venido para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 42-46 a; Mt 20, 25-28; Lc 22, 25-26).

Me niego a creer que la ley eclesial está por encima del evangelio. Espero que el evangelio de la libertad y la vida se abrirá paso. Creo sinceramente que el Espíritu de Jesús hará madurar a los pastores de la Iglesia en la libertad del Amor. El derecho natural precede al derecho como sacerdote.

El clero no es “la quilla” de la Iglesia
Esta metáfora carece de base bíblica y teológica referida al ministerio eclesial. La quilla es la “pieza que yendo de popa a proa por la parte inferior del barco, forma la base de éste, y sostiene toda su armazón”. La quilla visible de la Iglesia debe ser la comunidad; la invisible, el Espíritu de Jesús que sostiene la fe, el amor y la esperanza, Espíritu que nos une en su memoria, en su perdón, en su pan, en su amor. Los cristianos estamos arraigados en la fe en Jesús, el Mesías, la piedra angular, que basa y sostiene las comunidades. El “clero” es un conjunto muy “minoritario” de servidores de la comunidad. No deben ser la “quilla”. Aunque en la práctica se ha adueñado de la totalidad del Pueblo de Dios. Es una práctica herética de siglos. El clero se cree el verdadero sacerdocio de Cristo, propio de los cristianos, todos templos de Dios, todos sacerdotes de la nueva alianza.

La “quilla” es el grupo o “cuerpo” mesiánico
“Quilla” de la Iglesia puede llamarse al grupo o “cuerpo” mesiánico, vivificado por el Espíritu, unido en Cristo, sacerdocio de la Nueva Alianza (Hebr 13,12-16; 1Pe 2, 4-10; Ap 1, 9). Son los “consagrados” en el Bautismo, cuyo “servicio” es el de Jesús: ser sacerdotes, dar su Espíritu. Todos son regalados con el mejor don: el Espíritu que les hace conscientes de ser hijos de Dios y derrama en ellos su amor. El Espíritu hace la vida del creyente enteramente sacerdotal: aman como Jesús y el Padre, actualizan el Espíritu, vinculan todo con el Amor, con Dios.

En el cuerpo de Cristo, comunidad mesiánica, además del amor, hay otros dones privados. Son los carismas que el Espíritu reparte según su voluntad . Entre éstos están los dones de servicio a la comunidad: dirección o gobierno, misioneros, catequistas, doctores (especialistas en diversas ramas de teología), atención a los necesitados y enfermos, organización económica, etc. Tales funciones existen por voluntad de Dios. Pablo afirma rotundamente que los ministerios que hay en la Iglesia son “dones” dados por Dios para el crecimiento de la Iglesia (1 Cor 12, 4.28.31; Ef 4,11-12). Hay gran variedad y creatividad de ministerios para responder a las necesidades comunitarias (Rm 12,6-8; 1 Cor 12, 4-11.28-31; 14,6; Ef 4, 11-12; He 6,1-3). Para designar a estos ministros (servidores), el Nuevo Testamento evita la palabra “sacerdote”. Recurre a nombres del judaísmo o de tipo civil. Les llama “mayores” (presbíteros o ancianos) presidentes, supervisores (epíscopos, obispos), sirvientes (diáconos), “apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, maestros” (Ef 4, 11), según la función que desempeñan. Los ministerios son dados y queridos por Cristo “con el fin de equipar a los consagrados para la tarea del servicio, para construir el cuerpo del Mesías, hasta que todos sin excepción alcancemos la unidad que es fruto de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, la edad adulta, el desarrollo que corresponde al complemento del Mesías” (Ef 4, 12-13).

   
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