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Recordamos ayer los quince años la masacre del 15M del 2004. Como ocurre con esta fecha tabú de la política sucia española, hubo de todo, en los actos recordatorios, menos concordia. Es descorazonador, por no emplear la palabra indignante, más dura, y abierta al desaliento, que la recalcitrante derecha española no haya digerido todavía la evidente autoría yihadista del cruel y violento atentado perpetrado en el tren de cercanías de la línea Alcalá de Henares-Atocha, con su reguero de víctimas de Santa Eugenia, el Pozo y la estación de Atocha. El que mejor conoce el tema de esa violencia desenfrenada, siendo además un eximio especialista en el asunto de la radicalización, – es director del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global del Real Instituto Elcano-, es el profesor de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid Fernando Reinares, quien acaba de publicar, además, el libro ‘Yihadismno y Yihadistas en España: 15 años después del 11M’.

Es el máximo investigador y especialista en el asunto del yihadismo radical y violento. Pues bien, él nos desvela que el atentado perpetrado en España por esta banda fanática y criminal el 11M “fue por pura venganza de la operación Dátil”, por la que “España había asestado el mayor golpe jamás recibido por Al Qaeda en Europa Occidental”. La “operación Dátil” es la que accionó la Operación central de la policía nacional, bajo la dirección del juez Baltasar Garzón, el año 2oo1, que desarticuló la célula española de Al Qaeda. Ayer pudimos ver al profesor Reinares, en las Mañanas de la Uno, comunicando, con nombres, y todo lujo de detalles, cómo se había ideado el atentado de Madrid en las lejanas tierras de Afganistán, como venganza de la deshonrosa y desastrosa, para ellos, los yihadistas, operación Dátil.

Por todo lo anterior, es bochornoso, patético, y si me apuran, obsceno, que haya un partido político, al que acompañan sus secuaces y simpatizantes, entre los que hay también ¿profesionales? de la información, que se obstinan en mantener, contra toda evidencia, y lógica, que fue ETA la responsable, promotora y ejecutora del cruel atentado del 11M de Madrid. Recuerdo perfectamente que desde mi casa, la casa parroquial de Nª Sª de la Piedad, donde me acababa de levantar de la cama, oí ruidos, que me parecieron estallidos de cohetes potentes, algo insólito a esas horas. Poco después, a la 9,30 hs., celebraba la misa con los fieles más madrugadores, por los que me enteré de lo que había pasado en la cercana estación de “el Pozo”. Al acabar la misa, salí corriendo hacia la sede de la Revista Reinado Social, como se llamaba entonces, para la que escribo mi blog, en la modalidad digital, porque había quedado con el director de la revista, padre Fernando Ábalos, ss.cc.

Cuento esto porque ayudará a entender las primeras impresiones que tuvimos, y comentamos, él y yo. Me dijo, “si ha sido ETA, acaba de dictar su sentencia de muerte, porque esto los españoles no se lo vamos a perdonar nunca”. Todavía no se sabía, evidentemente, nada sobre el atentado. Recuerdo que le respondí: “al venir oyendo la radio en el coche, me he enterado de que los portavoces, de ETA, en contra de sus costumbre, estaban negando la autoría del atentado, y, en mi opinión, jamás perderían una oportunidad como esa, de un atentado perfecto, por su cantidad de víctimas, y la precisión de su ejecución, como para no reconocerlo como suyo, si esa fuera la verdad”. Después, al llegar a casa, me fui enterando de que los centros de información más prestigiosos del mundo no dudaban de que la autoría del atentado se debía a Al Qaeda, y al movimiento yihadista.

Ya sabemos cómo el Gobierno del PP, con José María Aznar como presidente, que se encontraba en los estertores de su mandato, maquinó y enredó a la opinión pública, para presentar a ETA como la cruel e implacable autora de la matanza. Y hasta el mismo día siguiente, en el que todo el mundo que manejaba internet tenía ya la información, por portavoces de países neutros, quienes no tenían ningún interés político, ni electoralista, en apuntar una u otra autoría, sino la que todos los indicios insinuaban, Al Qaeda, pues todavía el portavoz Acebes insistía en la “¡evidencia!” de la responsabilidad de ETA. A mí, personalmente, no me cuesta mucho empatizar con los sentimientos encontrados y abrumadores de los políticos del PP, que veían desmoronarse su victoria en las urnas.

Pero esa facilidad de empatía se me acabó, como a casi todos lo españoles, con el paso del tiempo, con las investigaciones policiales y judiciales exhaustivas emprendidas, y con la sentencia final, modelo de proceso judicial y de lógica jurídica. Por eso me resulta inconcebible, e incomprensible, como el joven presidente actual del PP, Pablo Casado, continúe con el mantra de que es preciso retomar las investigaciones, hasta que las víctimas se convenzan, sin la más mínima duda, de quienes fueron los autores de la muerte o de las mutilaciones de sus hijos y parientes. Y ésta es, como ya se han quejado varias veces algunas de las asociaciones de víctimas, una tentativa burda, interesada, y partidista, de usar a las víctimas para sus objetivos partidistas y electoralistas.

Nunca me ha parecido bien apelar demasiado a las víctimas para resolver problemas sociales y políticos, como la insistencia de una justicia implacable, casi justiciera, que, en vez de ayudar a la extinción de una banda, como ETA, alentara y animara su continuación en una escalada de violencia, apelando siempre a la justicia que merecen las víctimas, mirando más al pasado que al futuro de una solución razonable. Claro que las víctimas directas de los problemas creados en una sociedad democrática son las más perjudicadas, pero no podemos poner en sus manos la solución de graves problemas, porque no pueden tener la equidad y generosidad para compartir su parte de generosidad en concesiones especialmente dolorosas, sobre todo para ellas, a no ser en casos admirables, y casi heroicos, de madurez humana, social, y democrática, algo que podemos y debemos admirar, pero no exigir.

¿ Se intentó, en la transición democrática, una justicia mínima para las víctimas, no de los dos bandos de la guerra civil, para lo que era razonable la amnistía, sino de los represaliados después de acabar la guerra, tan hasta bien después, que llega hasta nuestros días, cuando se supone que existía una sociedad organizada, y un Gobierno, con un sistema judicial evaluable por la comunidad internacional? ¿Es que era tan difícil levantar los casos de injusticias flagrantes que habían arruinado, y lo seguían haciendo, la vida de familias enteras? O, ¿debemos tolerar tanta sensibilidad social hacia la justicia debida a unas víctimas, y el desprecio hacia otras, como demuestra, hasta la saciedad, y ¡el vomito”, la frase, referida a los parientes de muertos violentamente en la dictadura, que buscan afanosamente sus cadáveres, y tiene que oír el desprecio de “esos que solo piensan en el pasado, y andan en busca de huesos por las cunetas”? Ante semejante ofensa, no a una persona, sino a un colectivo humillado y anonadado de dolor, ¿no habrá algún fiscal que intervenga de oficio para frenar semejante trato injusto, humillante, tal vez indicador de un delito de odio?

   
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