VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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El cardenal hondureño Oscar Rodríguez de Maradiaga, presidente de la comisión de cardenales responsables de la renovación de la curia vaticana, acaba de afirmar, en un encuentro virtual organizado por Religión Digital que en la curia hay una “huelga de brazos caídos” contra la reforma “demasiado largamente esperada”. Y puso como ejemplo que, a pesar que la constitución Predicate Evangelium entró en vigencia a partir de Pentecostés, esta no ha sido traducida y sólo se encuentra disponible en italiano.
Ciertamente es un síntoma.

Dicen que en Roma arrecian las preguntas. ¿Qué hará el Papa? Se habla de
renuncia (sería el segundo Papa consecutivo que “se carga” la curia). La visita
a la tumba de Celestino, el papa renunciante, alentó los rumores.
Si bien es cierto que un Papa concita la suma del poder público y el papado es
la última monarquía absolutista de Occidente, pareciera que la burocracia (si es
que se tratara sólo de burocracia y no, directamente, de mafia) es más
poderosa todavía.

Pero esto me lleva a pensar que durante estos tiempos he escuchado decir, en
exceso, por cierto, que ha terminado el “invierno eclesial” y hemos entrado en
primavera gracias a Francisco, y – resulta – una nueva ola polar congela todos
los anhelos y esperanzas. El papado podrá ser todo lo primaveral que se
quiera, pero – y ya lo sabemos bien – “el Papa no es la Iglesia” (claro que la
curia vaticana tampoco lo es). Muchos tienen la mirada puesta en el próximo
consistorio de agosto. A diferencia de los anteriores, este durará dos días.
¿Qué hará el Papa, se preguntan? Lo razonable es esperar; pero, esperar,
creo, sin poner ni en el Papa, ni en los cardenales, no en la curia nuestra
esperanza.

Recientemente se han hecho públicos bastantes trabajos sobre los
excesos y sobre aberraciones curiales. Desde desórdenes (descontroles,
más bien) sexuales, orgías, drogas y alcohol, desde cardenales
atrincherados en palacios y hasta de crímenes. La nunca aclarada muerte
de Juan Pablo I ha vuelto al centro de la escena ante la posibilidad de su
beatificación.
Ciertamente no seré yo el que siquiera insinúe lo que se ha de hacer. Pero me
resulta sintomático que podrá hablarse, dulzonamente, de Iglesia sinodal, pero
no es menos cierto que se está a años luz de que eso sea algo más que un
slogan.

Decenas de episcopados (me consta de varios) no han dado ni un paso
sea para el sínodo de la Amazonía, o para el Sínodo sobre los sínodos o
la Asamblea de América. Sería sacar a los episcopados de sus zonas de
confort, de su aburguesamiento y de sus espacios de poder. Too much.
Sin duda (yo no dudo) sería un sueño que la Iglesia fuera verdaderamente
sinodal. Pero… Veamos ejemplos: si se habla de “Iglesia sinodal” y no de “curia
sinodal” ¿por qué no hay una presencia estruendosa de mujeres? (y no
pretendo que sea proporcional a su presencia en las comunidades, porque, de
ser así, el 80% o más del sínodo debería estar conformado por ellas).
La Iglesia no ha dejado de ser jerárquica y vertical, la curia lo es (por más
insinuaciones al respecto de la Constitución Predicate Evangelium al respecto),
los obispados lo son.

Podemos pensar que son las consecuencias del
extremadamente largo pontificado de san (sic) Juan Pablo II y su continuación
benedictina, y sin duda mucho de eso es verdad. La mayoría de los cardenales,
sin embargo, han sido elegidos por Francisco (por eso de que los cardenales
suelen ser elegidos a una alta edad y la cronoterapia hace lo suyo). Y, de ser
así, el próximo cónclave debiera ser continuidad del presente. Pero
nombramientos de este pontífice (y su falta de acción o reacción ante actitudes
lamentables de cardenales) no invitan a tener excesivo optimismo: Müller fue
reemplazado por Ladaria, Rouco por Omella, para poner ejemplos. Ejemplos
de cambios sin cambio.

Se ha hablado de huelga en la curia, y huelga decir que el Evangelio de Jesús
por ahí no parece haber pasado. Y, permítaseme decirlo, en la Iglesia nunca
podrá haber primavera si no comienza con Jesús y su Evangelio. El teólogo
Joseph Ratzinger ya afirmaba que la reforma en la Iglesia debe siempre mirar
las fuentes del Jesús histórico para luego mirar el presente con ojos de futuro:
«Por tanto, aunque la renovación de la Iglesia sólo puede venir
del retorno a su origen, tal renovación es algo completamente
distinto de restauración, glorificación romántica del pasado (que,
a fin de cuentas, sería tan poco cristiana como la simple
modernización). Y esto se debe, en última instancia, a que el
Jesús histórico, en el que se apoya la Iglesia, es a la vez el
Cristo que ha de venir, el que la Iglesia espera; a que Cristo no
es simplemente un Cristo ayer, sino a la vez el Cristo hoy y
siempre (cfr. Heb 13, 8)». [J. Ratzinger, Concilium 1 (1965)]

¿Cómo se podría lograr que el Evangelio de Jesús, ese que habla del reinado
de Dios, ese centrado en los pobres, ese que es buena noticia subversiva y
desestabilizadora, impregne la vida, las palabras y las actitudes en la Curia
romana? No lo sé. Ciertamente no lo sé. Sí sé que, así como Pablo no duda en
decir que las celebraciones eucarísticas de Corinto en las que los ricos se
desentienden de los pobres “eso no es la cena del Señor” (1 Cor 11,20),
mirando la resistencia curial a la renovación no es insensato afirmar “eso no es
la Iglesia del Señor”. Si se ha afirmado con notable frecuencia que “el Espíritu
Santo es el alma de la Iglesia” (Pablo VI, Benito XVI, Francisco) una iglesia que
no se deja impregnar por el que “renueva la faz de la tierra”, el que “hace
nuevas todas las cosas”, el “que habló por los profetas” se parece más a una
nostálgica institución anquilosada y esclerosada, no al Pueblo de Dios, ese
que, cuando sí había primavera, sabía abrir puertas y ventanas, mostrar flores
y frutos y hasta lograr que muchos dijeran “miren como se aman”.

   
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