descarga1Que la información es poder, sería vano ignorarlo. Desde el homo antecesor de Atapuerca, en el Paleolítico Inferior, hasta el refinadísimo sapiens sapiens de Silicon Valley, en California, lo corrobora insistentemente la historia. Una muestra palpable de esta constante en nuestros días son los cuatro grandes imperios de la información digital que dominan el mundo.
La era digital o era de la información, que muestra una sociedad basada en el conocimiento, es ya una característica dominante de nuestro tiempo. A la zaga se van quedando, como hitos brillantes del talento humano, la imprenta de Gutenberg (s. XV), la comunicación por cable (s. XIX) o los Medios de Comunicación de Masas (radio y tv) del pasado siglo.

No estar hoy al hilo de la información es estar, mayormente, fuera de la punta más dinámica y poderosa de una realidad que se impone cada día con mayor fuerza. Personas tan bien informadas como el nobel Severo Ochoa expresaron públicamente en su día la desazón que les producía desconocer la realidad del momento que estaban viviendo: “siento irme de este mundo, dijo, sin saber dónde he estado”.
En las casi furtivas salidas de este verano aciago a los pueblos del interior de la meseta castellana se han podido observar algunas de las consecuencias y deformaciones de la información actual. Sin pretenderlo, has podido encontrarte con el homo de las preferentes que, víctima de una información inadecuada, cuando empezó a enterarse de la fiesta, ya le habían robado elegantemente la cartera; también has podido tropezarte con el sacrificado homo mercennarius o asalariado que, desde una información también ideologizada y deficiente, sigue apretándose el cinturón para que la empresa pueda engordar con su plusvalía. Porque “si el patrón no tiene la caja llena, piensa, yo me quedo en la calle; y mi libertad y mi vida dependen de su empresa”.
No deja de ser una paradoja que la pandemia del coronavirus —que está suponiendo un brutal azote en todo el cuerpo social y ha puesto de manifiesto la tremenda fragilidad del ser humano— se esté convirtiendo, a su vez y por virtud de la información interesada, en fuente de poder para los sectores más espabilados y países mejor organizados. —No intentamos entrar ahora en ese embrollo que supone a diario el recuento de las cifras de contagio, ni en la focalización informativa solo en este tema que tanto agobio y confusión está sembrando en la gente—. La extenuante carrera por llegar primero a la vacuna difícilmente va a superar, como ya se está poniendo de manifiesto, la tentación de hacer mercado y rentabilidad con el producto. Y en esta línea, el imperativo ético de la solidaridad con el débil quedará delegado, como siempre, al ámbito de la caridad. En definitiva, como si nada tuviera que enseñarnos la historia y la ética, el poder sigue asentándose mayormente sobre la información privilegiada y la economía.
En este contexto, están proliferando en nuestros días, como hongos en otoño, las “fake news”. Nos engañan siempre que pueden, tratan de hacerlo con todo el mundo. Hasta el punto de que, con algo tan serio como la Covid-19, están dividiendo a la humanidad entre quienes se engallan difundiendo que la pandemia es una patraña, una “mentira”, y quienes la están sufriendo en propia carne. En esta lógica se llega a afirmar que se trata de una estrategia, armada por los poderes fácticos, para frenar el crecimiento demográfico y aliviar el peso de las pensiones. ¡Santo remedio, ahora que ya nadie podría sobrevivir a una guerra nuclear! Y es patético constatar cómo, en este dramático asunto, sigamos teniendo cuajo la humanidad para mantener al frente personajes tan extravagantes y atrabiliarios como un Donald Trump, —quien produce “26 mentiras de promedio al día” (El País 24 de agosto 2020) y de quien acaba de afirmar Noam Chomsky que “es el presidente más criminal que jamás haya habido en el planeta Tierra” (RR.CC 3 de septiembre de 2020)—. O, a su modo, un Jair Bolsonaro, Salvini, Ayuso o Abascal en permanente contradicción entre el negacionismo y la rentabilidad política de la epidemia. Y, entre tanto, el sapiens de las preferentes y el mercennarius siguen sin enterarse. ¡Cuando despierten, será ya, quizás, demasiado tarde!
Lo dejaron bien patente, allá por las décadas 30 y 40 del pasado siglo, dos grandes maestros en el manejo perverso del poder de la información y de la consolidación del dominio de Tercer Reich en la Europa del pasado siglo, como Carl Schmitt y Joseph Goebbels. El primero dedicó su talento a describir filosóficamente los sectores cuya presencia afea el esplendor de la raza aria. Schmitt llega a convertirlos en “chivo expiatorio” de todos nuestros males: “el extranjero, dice, representa la negación de la propia forma de existencia del pueblo, debe ser repelido y combatido para la preservación de la propia forma de vida”. Y por su parte Goebbels aporta a este fin el sistema más eficaz de exterminio, “la mentira”: «Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad».
Nada de extraño que, con tan nefasto magisterio, sus nuevos alumnos sigan tergiversando, sin escrúpulos, la realidad. Sus prejuicios, convertidos en “mentiras repetidas”, pongamos por caso, sobre las personas migrantes y refugiadas, se han convertido, en la última década, en dogmas xenófobos y aporofóbicos que han deshumanizado y criminalizado la política migratoria de la UE y, en concreto, de España. Para percatarnos de la falsedad de estas informaciones, repetidas hasta el hastío, basta con asomarnos a los datos que han venido ofreciendo importantes instituciones como el Instituto Nacional de Estadística (INE), el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Oficina Económica de Presidencia de Gobierno y el mismo Eurostat.
Desde Redes Cristianas rechazamos con firmeza y denunciamos abiertamente las mentiras o fake news —y más firmemente si proceden desde las instituciones del poder— y apostamos por una política informativa basada en la honestidad con la verdad de la realidad y la ética de la justicia.

 
© 2012 Redes Cristianas Suffusion theme by Sayontan Sinha