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Benjamín Forcano1EL RETORNO A JESÚS
1. Religiosidad desconocedora de la persona de Jesús
Una falsa imagen de Dios lleva a una falsa conducta en lo individual y en lo social: “Los creyentes tienen responsabilidad no pequeña en cuanto que, por el descuido en educar su fe, o por una exposición deficiente de la doctrina, o también por los defectos de su vida religiosa, moral y social, en vez de revelar el rostro genuino de Dios y de la religión, se ha de decir que más bien lo velan” (GS, 19). “Los hay que se representan a Dios de tal forma que la fantasía que rechazan no es, de ningún modo, el Dios del Evangelio” (GS, 19).

Me refiero ahora a una imagen más cercana, la de Jesús. Sin Jesús no hay cristianismo. Pienso que en los países de Europa, mayoritariamente cristianos, se adolece de una religiosidad “sin memoria de los orígenes” o, lo que es lo mismo, desconocedora de la persona de Jesús. Son muchas las barreras que, creadas históricamente, dificultan llegar hasta él. Siempre hubo quien siguió de verdad al Jesús real, pero arraigaron también poderosas costumbres, normas y estructuras , incompatibles con él y que no pueden ser propias de quienes se profesan seguidores suyos.

Lo recorrido hasta nuestro tiempo, nos permite disponer de un mayor conocimiento multidisciplinar para mejor comprender la persona de Jesús. ¿Quién fue Jesús? ¿Cuál fue el centro y sueño de su vida? ¿Y por qué fue crucificado y resucitó después de todo? Nadie pone en duda que en nuestra historia y cultura occidental la figura y mensaje del Nazareno ha pesado individual y colectivamente a la hora de proyectar nuestras opciones políticas.De ahí que hoy, suene como consigna fuerte y urgente la del “Retorno a Jesús”. El Nazareno agita un código, no precisamente económico ni tecnocientífico, sino ético, humanista y liberador en su raíz, ineludible para acabar con las crisis que padecemos.

Investigadores, sabios, pensadores, lideres sociales y políticos, figuras eminentes del mundo ético y religioso, denuncian el extravío de una comunidad internacional que pretende edificarse sobre el poder económico, sobre la soberbia, el racismo y el dominio de unas naciones sobre otras, -la ley del más fuerte- , sobre una visión crasamente materialista y consumista, a la que nada importa la dignidad, principios, derechos y valores humanos, que se constituyen en líneas rojas contra insoportables niveles de desigualdad e injusticia, de egoísmo y avaricia, de marginación y sufrimiento.

2. Jesús de Nazaret no fue apolítico
Jesús de Nazaret no fue un político partidista, pero no fue apolítico. La política –toda política- tiene que ver con la vida, el desarrollo y el destino del hombre. Somos animales políticos, llamados a convivir y aprobar lo que más sirva al bien de todos. Jesús, se enfrentó con la política de su tiempo, la practicada por los políticos de Roma y Jerusalén. De hecho, por ellos y contra Jesús, surgió el conflicto que lo hacía a sus ojos intolerable: “Este hombre no nos conviene, hay que eliminarlo”.

Si hemos descubierto los principios y valores de la vida de Jesús, tendremos los criterios para entender qué clase de política merece nuestra adhesión o nuestro repudio.Una política que acabe con todos los desmanes, mentiras, corrupciones e hipocresías que hoy se nos sirven a diario.

3.La causa de Jesús
La Causa, que Jesús predica es el reino de Dios, que hace posible una sociedad nueva, basada en la justicia y en el amor, digna del hombre. Es su Buena Noticia.Y ahí, en esa sociedad, y en ese tiempo, aparece Jesús:
– “El Espíritu del Señor sobre mí, porque El me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres. Anunciaré la libertad a los cautivos y a los oprimidos(Lc 4, 14-18).

– “Quien esto hace “amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo”, está dentro del reino de Dios (Mt 12, 29-34).
– El que entre vosotros quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos (Mr 9, 33-37).

¿A quién puede extrañar que Jesús acabara crucificado? Justo en la capital de Jerusalén, enseña como un hombre libre y enseña a ser libre y liberarse de todas las opresiones creadas por los hombres.No podían ver con indiferencia a este hombre, anunciaba una nueva imagen y relación con Dios, de la que brotaba una nueva sociedad: más igualitaria , más justa, más fraterna y más pacífica. No podían tolerarlo y, como consecuencia, le iban a calumniar, perseguir, juzgar y condenar a morir volentamente crucificado, por su coherencia hasta el final.

4. El vivir de Jesús
En tiempos de Jesús, lo normal era vivir conforme al grupo. Sin embargo, a él comenzó por no impresionarle la erudición de los escribas, discrepaba de ellos, cuestionaba la tradición, la autoridad, todo supuesto inamovible. Jesús aparece como un hombre independiente, que tiene el valor que le dan sus convicciones,sin rastro de miedo, sin temor a originar escándalo, o a perder su reputación e incluso la propia vida. Jesús se mezcla con los pecadores y parece disfrutar de su compañía, se mostraba tolerante respecto a las leyes, no parecía sublevarse ante lo que los dirigentes de su pueblo consideraban la gravedad del pecado y era natural en su trato con Dios.

No poseía buena reputación, se le clasificaba como a un pecador más, era amigable su trato con las mujeres y, también, con las prostitutas, le importaba un comino el prestigio a los ojos de los demás, no buscaba la aprobación de nadie. Sus adversarios le reconocían ser honrado y audaz:“Sabemos que eres sincero y que no te importa de nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios” ( Lc 12, 14). Nunca pudieron acusarle de insinceridad o miedo, pero al mismo tiempo le acusaban de estar poseído por el demonio, de ser un borracho, un glotón, un pecador y un blasfemo.

Las señas de la identidad de Jesús son su humanidad, sin que necesite ningún título, función o dignidad. Encomienda a sus discípulos que nadie debe dejarse llamar rabbí, padre, preceptor, pues lo definidor de todos es la hermandad: “Todos vosotros sois hermanos”. Lo que hace a Jesús singularmente grande es que habló y actuó con una autoridad singular, ajena por completo a la ejercida por los grandes de este mundo: “Sabéis que los jefes de las naciones las dominan y que los grandes les imponen su autoridad. No será así entre vosotros; al contrario, el que quiera hacerse grande sea servidor vuestro y el quiera ser primero sea siervo vuestro” (Mt 20,25-27).

A Jesús se le reconocía no sólo por su libertad y coherencia sino por su programa, en el cual declaraba cosas como estas:
Hay que amar, incluso al enemigo.
Perdonar y ser misericordioso.Practicar la justicia estar limpios de corazón.
Ser sinceros , ecuánimes y veraces.
No tolerar la discriminación o humillación de nadie.
Aborrecer la hipocresía, el orgullo y la dureza de corazón.
Tener preferencia por los más pobres y olvidados.
No apetecer el poder de mandar sino el de servir.
Trocar la avaricia por la generosidad y el compartir.
Detestar el dinero conseguido a base de explotar a los demás.
No establecer divisorias entre el amor a los hombres y el amor a Dios pues ambos son una misma cosa.
No oponer el bien de Dios al bien de los hombres, pues para Dios la gran pasión es la felicidad de los hombres.
No contraponer el acá al allá, la muerte a la resurrección, pues si Dios es el principio de todo lo creado es también su fín.

5. El estilo de vida del Nazareno es lo que define a sus verdaderos seguidores.
En ese estilo , para quienes quieran seguir al Nazareno, no va a faltar la cruz. El que quiera vivir como el hijo del hombre, repite el Nazareno, que se prepare: lo impugnarán, no lo comprenderán, lo calumniarán, lo perseguirán y hasta puede que lo maten y “crean que hacen un obsequio a Dios”. Por ahí, le llegará la cruz que, en un momento u otro, otros le pondrán encima. Si Jesús no hubiera vivido como vivió, si no hubiera defendido los valores que defendió, si no hubiera sido coherente, si se hubiera dejado comprar por la fama, el dinero o el poder no hubiera tenido que afrontar la pasión ni la crucifixión, seguramente hubiera llegado a viejo, hubiera muerto pacíficamente en la cama y no violentamente colgado de una cruz.

La causa de Jesús fue, pues, simple : crear con todos una familia nueva, sin exclusión ni discriminación de nadie, en igualdad, viviendo y tratándonos como hermanos y, en todo caso, sabiendo que la grandeza de sus seguidores está en el servir y en ser los últimos en el beneficio.El nos enseñó una nueva imagen de Dios, una nueva manera de relacionarnos con EL, de entender que el culto sin justicia y amor es falso, que la religión nuca puede servir para manipular, engañar, oprimir, discriminar. Dios mira el corazón, no las apariencias. El lo resume todo en el amor: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo. Su máxima utopía es ser buenos como Dios, amar como Dios, dar la vida por las personas que amamos.

Dios no quiere al hombre a su servicio, sino al servicio de los demás hombres. La respuesta al amor que nos pide Jesús está en el amor que nos tenemos los unos a los otros. Pienso que la clave de toda la vida de Jesús nos la da esta experiencia única de intimidad estrecha con Dios, la experiencia de Abba, Padre, que le hacía participar de ese poder creador que subyace en Dios como compasión o amor. La compasión divina le colmaba. La experiencia de la compasión es la experiencia de un sufrir o sentir con alguien, solidaridad con el hombre y la naturaleza, todo lo cual hizo de él un hombre especialmente liberado, valeroso, audaz, independiente, esperanzado y veraz.
• Es el primero de otros artículos relacionados con la política, que seguirán a éste.

La dimensión política de la fe

1.La política territorio tabú para la fe
Pocas cuestiones como ésta, se presentan con tanta claridad y, sin embargo, ninguna como ella ha sufrido en la historia del cristianismo tanta confusión, tergiversación y error. La política se ha considerado como terreno vedado e impropio para vivir el Evangelio. Más: tratar de relacionar la política con las exigencias del seguimiento de Jesús, era profanar la fe, degradarla y coartar la libertad de los procesos económicos y políticos.
El caso es que, considerar la política al margen de la ética o de la religión, ha sido un hecho grave, de incalculables secuencias negativas.
Las causas pueden ser múltiples: bien porque las religiones se olvidaron de su significado profético y universal primigenio, se unieron al poder político y, bendiciéndolo, lo hicieron suyo; bien porque se teologizó falsamente con que todo poder provenía de Dios; bien porque se ratificó como sagrada la ley del dejar hacer del neoliberalismo; bien porque se estableció una dicotomía inconciliable entre vida temporal y eterna, espiritual y terrena; bien porque las religiones invadieron indebidamente y sojuzgaron la autonomía justa de la vida política, etc.

El resultado es que, hoy, en el siglo XXI y después del Vaticano II, la gente, y no digamos el clero, sigue pensando que la política no tiene nada, que ver con el Evangelio y la fe, y se la deja campar a sus anchas sin el menos discernimiento ético y evangélico. Y así, los problemas económicos y políticos, lugar donde se deciden los temas de mayor calado e importancia humana, no son objeto de análisis y de confrontación con los postulados de la racionalidad, de la ética, de la dignidad y derechos humanos y de la utopía evangélica.
¿Con qué principios y sensibilidad se están abordando, a nivel jerárquico, los problemas de la crisis económica, del hambre, de la mortalidad infantil, de la especulación del suelo, del paro, de la inmigración, de la prostitución, de la invasión y explotación de unos pueblos por otros, de la guerra, etc.? ¿No merecen estos problemas un análisis riguroso, una denuncia profética y una movilización ciudadana solidaria?

2.Fe y política garantes del bien total del hombre
Los cristianos tenemos claro que la Utopía de Jesús (el Reino de Dios) es un proyecto de vida y convivencia que abarca la totalidad de la vida humana y es anunciado para realizarlo en este mundo.
Esta totalidad incluye todos los aspectos que atañen a la persona: individuales, históricos, culturales, socioeconómicos y políticos. La convivencia humana está configurada según esa red de dimensiones que brotan de la misma naturaleza humana.
Ahora, esa red pertenece a todos y la convivencia trata de articularla de modo que sea y sirva para la promoción, desarrollo y bien de todos. En esa convivencia, nadie puede organizarse al margen o en contra del bien y derechos de los demás.
La ética humana es la que, como instancia y patrimonio de todos, señala los principios y valores que deben regir la convivencia. Si cada persona es y vale lo mismo, si todos tienen idéntica dignidad, derechos y obligaciones, está claro que a la hora de trazar el camino de la convivencia hay que tener como imperativo y estrella inspiradora la afirmación de la dignidad de la persona y cuantos derechos y obligaciones dimanan de ella. Asegurar esa Dignidad de todos = Bien Común es el cometido de la Política y de cuantos son elegidos y delegados para desempeñarla.

3.Presencia utópica de los cristianos en la política
La utopía de Jesús no es para implantarla en el otro mundo; debe hacerse historia viva en el orden individual y sociopolítico concreto de cada momento de la historia. Por eso, es una utopía abierta.
Se quiera o no, estamos en el engranaje de una economía mundial globalizada.Dentro de la relacion Norte/Sur y Este / Oeste, que impone dependencias, complicidades, pérdida de identidad y nos hace responsables de la brecha creciente entre países ricos y pobres. En virtud de esa inserción, hacemos préstamos leoninos y reclamamos deudas externas privilegiando al capital. ¿Hasta qué punto son reales en nosotros las pautas interiorizadas del neoliberalismo y las mentiras ideológicas de una democracia aparente? ¿Rigen en nuestra democracia los intereses de la mayoría o la dictadura de intereses particulares?
En esa situación de democracia, ¿ nuestra Iglesia qué actitudes, denuncias y compromisos ha tomado frente a los males universales del capitalismo? ¿Ha sido tan presta para condenarlos como lo ha sido para condenar el marxismo?
Actuando desde el horizonte de la utopía cristiana, no podemos conformarnos con un orden que es favorable para unos pocos y desfavorable para las mayorías.
La universalización de los bienes, de los derechos y del progreso no deben hacerse desde los poderes fácticos de la economía, sino desde la opción preferencial pro los pobres. A este respecto la Iglesia se ha configurado más desde la perspectiva de los ricos que de los pobres, aun siendo verdad que es en los pobres, como sujeto de la historia, donde se encuentra la mayor presencia real del Jesús histórico y la mayor capacidad para un cambio y liberación.
Buscar la vida para todos, con esperanza, lejos de un consumismo voraz, es una tarea llena de sentido. La totalidad del sistema económico que rige los destinos del mundo no es aceptable, porque no crea relaciones que proporcione vida para todos. El Espíritu es dador de vida y no está allí donde la vida es quitada, disminuida o degrada progresivamente.
La liberación es de todos y para todos y no es posible si no persigue a la par la justicia y la libertad. No puede darse justicia sin libertad, ni libertad sin justicia. “La liberación se entiende como liberación de toda forma de opresión, liberación para una libertad compartida que no permite formas de discriminación” (I. Ellacuría).
Si la realidad, tal como está organizada desde los sectores dominantes, crea hombres explotadores, represivos y violentos, no puede menos de provocar , cristianamente hablando, actitudes de indignación y transformación.
Frente al hombre viejo de la cultura noratlántica –insolidario, etnocentrista, nacionalista, explotador, inmaduro, agresivo, banal- se está creando la cultura del hombre nuevo desde muchos sectores comprometidos: -solidario con los oprimidos, rebelde ante las injusticias, compasivo y misericordioso, servicial, esperanzado y alegre con la construcción de un mundo nuevo, abierto y universal, respetuoso con la naturaleza, contemplativo y comprometido-.
La utopía trata de hacerse realidad mediante la creación de un Nuevo Orden, en el que se sustituya la civilización de la riqueza por la civilización de la pobreza, el pueblo sea cada vez más sujeto de su propio destino, donde tenga lugar el derecho de todos a la satisfacción de las necesidades básicas, donde los modelos políticos hagan posible “la libertad desde la justicia y la procura del bien común desde la opción preferencial por las mayorías pobres” (Ellacuría), donde Dios adquiera tal presencia en esta “nueva tierra” que sea en todos y en todo y donde la Iglesia se revitalice y se deje invadir por el Espíritu que renueva todas las cosas y se pueda convertir en el nuevo cielo que necesitan la tierra y el hombre nuevos.

Criterios para una actuación cristiana en la política
Primero: en todo tipo de ordenación y gobierno de la convivencia humana, la Iglesia de Jesús aporta valores fundamentales que delatan su identidad y la hacen incompatible con aquellas formas de convivencia que no cultivan o se muestran ausentes con esos valores.

Segundo: Teniendo en cuenta los principales problemas que hoy agobian a nuestra democracia, sabiendo que ella ofrece propuestas para la solución de esos problemas, que no hay proceso económico-político disociado de un determinado tipo de cultura (filosófica, ética, religiosa), que la cultura de la democracia ha sido invadida y pervertida por la ideología especifica del neoliberalismo, que la democracia necesita para sobrevivir y regenerarse unos valores esenciales, los valores energías base, que la Iglesia, desde lo mejor de sí misma , puede aportar son los siguientes:

A) Primacía de los últimos. La Iglesia debiera proclamar y testimoniar que como criterio de organización sociopolítica y de educación debiera adoptarse el criterio de que todos los hombres son hermanos y, si hermanos, hay que luchar para que las relaciones sean de igualdad y desaparezcan los obstáculos que más lo imposibilitan: el dinero y el poder. Hay que establecer como prioridad el que esas mayorías, que se encuentran en la miseria y exclusión (los últimos) sean los primeros, de modo que sea desde las carencias de sus derechos y necesidades como comience a organizarse la sociedad. Si Jesús llama a los pobres bienaventurados es porque les asegura que su situación va a cambiar y para ello es preciso crear un movimiento que sea capaz de lograrlo, devolviéndoles la dignidad y la esperanza. Hay que dar la primacía a los últimos:”El cristianismo originario se enfrenta al reinado del dinero y del poder como mecanismo de dominación e introduce una pasión en la historia: que los últimos dejen de serlo, que se adopten comportamientos y se organicen políticas y economías que les den la primacía para construir una sociedad sin últimos ni primeros o, al menos, con la menor desigualdad entre los seres humanos convocados a ser hermanos” (R. Díaz Salazar, La Izquierda y el cristianismo, Taurus, 1998, p354.

b)Detectar las causas de la desigualdad. De acuerdo con esta pasión por los últimos, tener sensibilidad y criterio para saber detectar dónde se encuentran en nuestro mundo las causas y mecanismos que producen los primeros y mayores problemas de desigualdad e injusticia.

c)Anteponer las necesidades de los últimos. Crear una voluntad colectiva que sea capaz de anteponer las necesidades de los últimos y que articule políticas y comportamientos sociales solidarios, con la consiguiente adopción de esfuerzos y renuncias comunes. Si la pasión por los últimos se convierte en idea y fuerza moral movilizadora, tendremos entonces la posibilidad de políticas internacionales de solidaridad, de democracia económica, de asunción de la pobreza evangélica, llegando a crear nuevos sujetos sociales, con una nueva escala de valores antropológicos y una nueva finalidad para la vida personal y colectiva.
d) Cultura del samaritano. Hacer propia la cultura del samaritano ante el prójimo necesitado: sentir como propio el dolor de los oprimidos, aproximarse a ellos y liberarlos. Sin este compromiso, toda la religiosidad es falsa: “El cristianismo originario presenta unos valores de fondo que vistos en su conjunto configuran un determinado espíritu o fuerza socio-vital muy importante para la izquierda. La primacía de los últimos, la pasión por su liberación, la crítica de las riquezas, la cercanía a las víctimas de la explotación, el anhelo por construir la fraternidad desde la justicia y más allá de éste, la apuesta por un estilo de vida centrado en la desposesión y comunión de bienes, la unión entre el cambio de la interioridad del hombre y la transformación de la historia, etc. son propuestas vitales muy valiosas para la cultura socialista.(R. Díaz Salazar, Idem, p. 399).
Jon Sobrino, por su parte, teniendo en cuenta la tradición bíblico cristiana y, a la vista de lo que está hoy sucediendo en nuestras democracias, expone las siguientes propuestas que pueden ayudar a humanizar la democracia:

. La compasión ante el pueblo crucificado
. La justicia
. La parcialidad ante el pobre
Partir de la cruz de los pueblos es partir de quienes no tiene poder y, como tales, sufren todas las penalidades. A ellos nuestras democracias -eurocéntricas- les arrebatan todo: vida, cultura, dignidad y libertad. Y ante esos pueblos crucificados no hay otra postura honesta que la de “bajarlos de la cruz” porque en ellos hay presencia de Dios.
La injusticia hace que muchos seres humanos mueran de hambre, sean asesinados. La bondad de Dios, que es bueno con todas sus criaturas, tiene que aparecer en la concreta transformación de un mundo injusto en otro justo. La justicia se opone al desprecio, la violencia, la mentira, la esclavitud, la muerte. En la medida en que eliminemos eso la vida será justa y será humana.
En la práctica una política democrática, de cuño cristiano, se decanta por los pobres. Seguir hablando en nuestras democracias de igualdad es una falacia real, porque no es así; hay que introducir el criterio de la parcialidad. El pobre sufriente es el que tiene que resultar primero. Se debe partir no de la igualdad sino de los pobres como centro de la política democrática.
Hay una advertencia de Jesús de Nazaret con la que debieran confrontarse todos los poderes: civiles y religiosos, democráticos, monárquicos, socialistas, de cualquier signo: “Sabéis que los jefes de las naciones gobiernan como señores absolutos y los grandes oprimen con su poder. No sea así entre vosotros. Que el primero sea el último y el señor sea servidor” (Mc 10,41: Mt 20,25).

5.La vida política, lugar para el compromiso.
Quiero aclarar este aspecto con unas palabras precisas del concilio Vaticano II: Asistimos en nuestro tiempo, dice, a profundas transformaciones que nos hacen tomar nueva conciencia de nuestros derechos y deberes, del bien común y de las relaciones que debemos observar unos con otros y con la autoridad pública. En la raíz de todo esto está la percepción cada vez más viva de la dignidad de la persona y de sus derechos. Esa mayor conciencia es la que impulsa a una mayor participación en la vida pública, a un respeto mayor de la minorías, a un respeto de las opiniones distintas a las nuestras y a un exigir que todos puedan hacer uso por igual de sus derechos personales.
La vida política no es un privilegio de nadie, ni un accesorio, ni es una carrera para satisfacer los intereses del propio egoismo.
La vida política es imprescindible para una realización personal plena y “nace para la búsqueda del bien común, el cual ofrece las condiciones necesarias para una más rápida y cabal realización de las personas” ( GS, Nº 73-74).
Todos los ciudadanos, sin discriminación, pueden colaborar en que haya estructuras jurídico políticas que aseguren una mayor participación, una mejor gestión de los asuntos públicos, una mayor responsabilidad en todos los campos y en la misma elección de los dirigentes. Tienen también el derecho y el deber de emplear su voto libre para promover el bien común, teniendo cuidado de no atribuir un poder excesivo a la autoridad pública, ni pedir al Estado utilidades o ventajas excesivas , con riesgo de disminuir la responsabilidades de las personas” (Cfr. GS, 75).

6.Importancia de la vida política
Resulta sorprendente que, al ocuparnos de este tema, tengamos que comenzar por resaltar la importancia de la vida política y la necesidad de participar en ella. Sorprendente porque todavía es mucha la gente que piensa que la vida política es de unos pocos y, cristianamente hablando, sería algo ajeno sino incompatible con la fe cristiana.
Sorprendente y paradójico, porque a su vez es claro que la política oficial no tiene base ni sentido si no cuenta con los ciudadanos -y de hecho cuenta por lo menos en el momento especial de dar el voto- y es de sobras sabido que la Iglesia Institución ha estado siempre implicada en la política, tomando partido en una u otra orientación . La historia demuestra que la Iglesia nunca se ha mostrado neutra políticamente y esa neutralidad la ha roto casi siempre en favor de partidos de derecha.
Además, es una ingenuidad afirmar que individualmente uno puede ser apolítico. Si se vive en una sociedad política , y en una sociedad políticamente organizada, resulta extraño y contradictorio, pretender vivir al margen de ella. Aunque uno no lo quiera, como ciudadano está siendo actor pasivo o activo de la política: o la aceptas y colaboras o la rechazas y la combates pero no te libras de ella. Es, pues, un engaño pensar que uno está por encima o al margen de la política.
Siendo, pues, claro que la política nos atañe a todos, me propongo analizar algunos puntos de nuestra vida política actual, con lo que plantearemos el tema en u n terreno concreto y expresaremos al mismo tiempo con qué principios o normas nos guiamos al dar solución a esos puntos concretos.

7-Criterios-guía para el quehacer político

1º) El Evangelio garantiza la dignidad humana y sus derechos y es factor de unidad, de justicia y de cooperación universal.
Los cristianos deben saber que, al predicar el Evangelio con su enseñanza y testimonio, contribuyen a que entre las naciones se extienda la justicia y el amor y promueven la libertad política y la responsabilidad de todos los ciudadanos.
Y deben saber que “La personal dignidad y libertad del hombre no encuentra en ninguna ley humana mayor seguridad que la que encuentra en el Evangelio de Cristo, confiado a la Iglesia. Pues este Evangelio proclama y enuncia la libertad de los hijos de Dios , rechaza toda esclavitud , respeta como cosa santa la dignidad de la conciencia y la libertad de sus decisiones, amonesta continuamente a revalorizar todos los talentos humanos en el servicio de Dios y de los hombres, encomienda a todos a la caridad de todos… Por consiguiente, la Iglesia proclama los derechos humanos y reconoce y estima en mucho el dinamismo de nuestro tiempo, con el que se promueven estos derechos por todas partes” (GS, 41). “Y , dado su carácter de universalidad, que no le vincula a ninguna forma particular de la cultura humana ni a ningún sistema político, económico o social, puede convertirse en el vínculo más estrecho que unifique entre sí a las diversas comunidades o nacionalidades” (GS, 42).

2º) La tarea política requiere una educación y hay que vivirla como unn servido de amor a todos
“Hay que procurar con todo cuidado la educación cívica y política que en nuestros días es particularmente necesaria, ya para el conjunto del pueblo, ya, ante todo, para los jóvenes, a fin de que todos los ciudadanos puedan desempeñar su papel en la vida de la comunidad política. Los que son, o pueden llegar a ser , capaces de ejercer un arte tan difícil, pero a la vez tan noble, cual es la política, prepárense para ella y no rehúsen dedicarse a la misma sin buscar el propio interés ni ventajas materiales. Obren con integridad y prudencia contra la injusticia y la opresión, contra la intolerancia y el absolutismo, sea de un hombre o de un partido, y conságrense al servicio de todos con sinceridad y equidad; más aún con amor y fortaleza política” (GS, 75).
3º) Los laicos no deben esperar a que sus dirigentes o pastores les den solución concreta a muchos problemas.
Son ellos los que se esforzarán en adquirir verdadera competencia en todas las actividades y profesiones seculares, colaborando gustosamente con cuantos buscan idénticos fines, sabiendo que en ese campo corresponde
a ellos cargar con la propias responsabilidades. En caso de pluralidad de opiniones políticas, no podrán reclamar en su favor exclusivo la autoridad de la Iglesia: “recuerden que a nadie le es lícito en esos casos invocar la autoridad de la Iglesia en su favor exclusivo. Dialoguen, háganse luz mutuamente, guarden la debida caridad y busquen sobre todo el bien común” (GS, 43).
4º)Comunidad política e Iglesia son independientes y autónomas.
La Iglesia no se confunde con la comunidad política ni está ligada a ningún sistema político determinado. Comunidad política e Iglesia son, en sus propios campos, independientes y autónomas, pero las dos, aún con diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres, lo cual les exige mantener una sana colaboración.
“La Iglesia, no obstante, no debe poner su esperanza en los privilegios que le ofrece el poder civil; antes renunciará de buen grado al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos cuando conste que su uso puede empañar la sinceridad de su testimonio , o si nuevas circunstancias exigen otras disposiciones” (GS, 76).
5º)Idoneidad, consistencia y autonomía del ser humano en la búsqueda del bien y de la verdad.
El Vaticano II se dirige a la humanidad entera, al mundo, a ese mundo “que los cristianos creen fundado y conservado por el amor de un Creador y liberado por Cristo” (GS 2), pero unos y otros “creyentes y no creyentes están , por lo general, de acuerdo en que todo lo que existe en la tierra se ha de ordenar hacia el hombre como hacia su centro y culminación” (GS 12).
A todos los humanos, la conciencia nos da a conocer la ley fundamental del bien y del amor y, en el cumplimiento de esa ley, “los cristianos se unen a los demás hombres en la búsqueda de la verdad y en la acertada solución de tantos problemas morales que surgen en la vida individual y social” (GS, 16). Es lógico, por tanto que sea el hombre el eje de toda la explanación de la doctrina conciliar, porque “corresponde al hombre establecer un orden político, social y económico que esté cada vez más al servicio del hombre “ (GS, 9) y “toca al hombre dirigir rectamente las fuerzas que él mismo ha desencadenado y que pueden oprimirle o servirle” (GS, 9).

6º) Combatir los defectos que pueden perjudicar la difusión del Evangelio.
La Iglesia es consciente “de la gran distancia entre el mensaje que ella predica y la humana debilidad de aquellos a quienes se confía el Evangelio. Sea cual fuere el juicio que la historia pronuncie sobre estos defectos, debemos ser conscientes de ellos y combatirlos vehementemente para no perjudicar a la difusión del Evangelio. La Iglesia conoce cuánto deberá madurar continuamente ella misma por la experiencia de los siglos en el cultivo de sus relaciones con el mundo”(GS, 43)

8.Aplicación de estos criterios a la situación actual

Estos textos del Vaticano II encierran unas pautas y un espíritu que deben ser alimento y guía del actuar público de los cristianos. Mirando al panorama actual, encuentro que muchos cristianos, en su vida pública ostentan su título de cristianos, pero su comportamiento anda a bastantes leguas de lo que dice el Vaticano II. Lo voy a hacer notar en una serie de cuestiones:

Primera: Prisioneros de un maniqueísmo político

Llevamos un tiempo en que la vida política se ha convertido en una cancha de eliminación del contrario. Lo lógico, en una convivencia de seres humanos, es que haya pluralidad, conflicto, diálogo y entendimiento.
Pero, en nuestra vida política las cosas acaecen de otra manera: en lugar de estudiar los puntos comunes, compartidos, con el adversario, se atiende a negar todo punto de coincidencia. No se admite nada bueno del contrario, el objetivo es desacreditarlo, negarle validez en la gestión política, para lo cual vale todo: la calumnia, el insulto, la mentira.
Es una calculada estrategia: atacar al adversario, sin compasión, hasta que la gente crea que lo que se le imputa es cierto. No interesa la verdad, la confrontación racional, sino la convicción de que el otro no sirve, de que debe ser desestimado y reemplazado. O nosotros, o ellos, sin puntos comunes, sin posibilidad de acuerdo, el gobierno para nosotros.
Me resulta insoportable la irracionalidad, que proviene de no valorar los razonamientos del contrario, de no preocuparse por los derechos de la mayoría. Un ejercicio éste pre-racional, (lo racional es lo específicamente humano) con el objetivo de que el propio partido sobresalga invicto.
Los intereses del pueblo, -el único que delega el poder y tiene derecho a que se le represente con obediencia y honestidad-, son siempre los mismos, se trate del partido que sea. No es consecuente, por tanto, que los políticos se ataquen obstinadamente como si de intereses distintos se tratara. Esta postura es hoy pestilente en ciertos debates políticos.

La perduración de esta dialéctica partidista produce confusión y malestar y subrepticiamente va inoculando fobias de hostilidad y menosprecio. Desgraciadamente, muchos ciudadanos piensan por estas personas. Obran con pre-juicio, es decir, sin criba de la razón.
Entiendo, no obstante, la pasiva y acrítica receptividad de muchos televidentes. En nuestro interior anidan ideas, pautas y sentimientos que desde diversas instancias se nos fueron interiorizando. No todos han dispuesto luego de circunstancias que les permitieran valorar ese contorno, despojándolo de elementos exagerados, unilaterales e incluso falsos. Pero, otra cosa es la postura de los que cínicamente proceden así, a sabiendas de que mienten.
El ciudadano debe estar alerta contra esta mediocraciapolítica que, además de insolente es antidemocrática y arranca de creer que tan solo tal o cual partido es vehículo de verdad y de soluciones. Insolencia que trastueca hechos básicos como son los de pensar que sólo la derecha define bien la realidad de España, sólo la derecha asume y respeta la religión, sólo la derecha garantiza los valores morales, sólo la derecha gobierna y legisla de acuerdo con la herencia cultural de la católica España o que sólo la izquierda es sospechosa de todos los males.
En este pre-juicio se agita el fantasma de las dos Españas: la de que por ser español hay que ser de derechas (neoliberal), la de que por ser de derechas hay que ser católico y la de que por ser católico hay que rechazar toda izquierda (socialismo). Esta división dual apriorística, es la que está en la base del pre-juicio. Por las venas de muchos españoles corren todavía los miedos de enfrentamientos seculares, vividos entre tradición y avance, imperialismo políticorreligioso y proyecto social revolucionario, sociedad premoderna y sociedad abierta pluralista.
Los católicos estamos aprendiendo a sentir y demostrar que, no por ser españoles, debemos ser católicos y que no por no ser católico se deja de ser verdadero español. Confesamos que hemos coaccionado muchas veces hasta imponer la fe y hemos prostituido el Evangelio legitimando intereses de los más ricos y poderosos, callando ante la injusticia e induciendo a resignación al pueblo. Eso no es la Buena Nueva del Evangelio.
Han pasado décadas donde ha quedado claro que la libertad religiosa es un derecho de toda persona: cada uno es libre de ser creyente o ateo. Una buena o mala convivencia no depende de ser creyente o ateo sino de ser un mal creyente o un mal ateo.
Los no católicos y, entre ellos los que sean ateos, deben admitir que la religión católica en sí, tal como brota del Evangelio, no es alienante, ni es opresora, ni cómplice del precapitalismo, ni del capitalismo o de ninguna otra suerte de neoliberalismo, sino defensa y lugar nato de los más pobres: los preferidos y auténticos vicarios del Dios de Jesús.
Eso explica precisamente que los mismos católicos podamos denunciar y combatir todo desvío eclesiástico en contra.
Creyentes y no creyentes podemos encontrarnos en una fe común: la fe en el hombre, en su dignidad y derechos, en la lucha por lo que sea emancipación de toda esclavitud y discriminación. Fe cristiana, que no reivindica todo esto, es falsa. Y ateos que siguen pensando que la religión es opio del pueblo y que no merece un lugar en la sociedad y que no se puede esperar de la fe un compromiso serio a favor de la justicia y liberación, es sostener planteamientos trasnochados.
Estamos en una sociedad abierta y pluralista, con Estado aconfesional, en la que son innegables la autonomía humana, el quehacer de las instituciones humanas y el derecho a ejercer la libertad religiosa. No tiene sentido la antítesis militante de la Iglesia contra la Sociedad ni de la Sociedad contra la Iglesia. Si nos diferencia la particularidad de la fe religiosa, nos identifica y cohesiona la fe común en el hombre.
Hay que despejar pre-juicios, que fueron y ya no son, pero que actúan todavía en muchas mentes: si eres del PP todo lo que haga el PP te parecerá maravilloso y encomiable, y no habrá aspecto malo que no comprendas o disculpes, y todo lo que vaya en contra de él lo verás como falsedad, fruto de la malquerencia. Y te enquistarás en la trinchera de la eliminación –ideológica y física- del contrario: con nosotros o contra nosotros, pre-juicio.
Ni la verdad está toda en un partido ni el error en otro. En un debate hay que preguntar: ¿Cuáles son sus obras cuando tanto hablan y prometen? ¿Prometen lo de aquellos concejales de un ayuntamiento que, cuando toman posesión de su cargo, dicen: “Juro ser el primero en el sacrificio y el último en el beneficio?
No hipotequemos, por tanto, nuestra libertad con ningún partido, aun cuando se haga ineludible elegir entre uno u otro estableciendo prioridades y graduaciones. No todos son iguales, hay un más y un menos.
El poder político es del pueblo y quien lo recibe debe ejercerlo atendiendo al bien y derechos del pueblo. Sin poder no hay política posible, ni democracia posible. Y es en el ejercicio del poder donde se manifiesta la vocación del político –servidor del pueblo- o del burócrata que lo utiliza en beneficio propio –funcionario corrupto-.
En el pre-juicio no opera la razón, prevalece siempre la opción tomada, alimentada casi siempre por ideas desajustadas y viejos temores y reivindicaciones del pasado. ¿No es la ignorancia e inseguridad fuente de donde mana el pre-juicio?

Segunda: los obispos promotores de unidad
Para los católicos cuentan mucho las directrices de la Iglesia a la que dicen pertenecer y a cuyo magisterio dicen obedecer. El Vaticano II reafirma: “Los cristianos deben mostrar con los hechos cómo pueden armonizarse las ventajas de la unidad con la diversidad, reconocer la legitimidad de opiniones discrepantes y respetar a los ciudadanos que, aun como grupo, defienden su manera de ver” (GS, 75).
Para los momentos actuales, ofrece unos puntos, que no dejarán de sorprender a muchos: “Con frecuencia sucederá que la misma visión cristiana de las cosas les inclinará en ciertos casos a determinadas soluciones: otros fieles, sin embargo, guiados con no menor sinceridad, como sucede con frecuencia, y con todo derecho, juzgarán sobre lo mismo de otro modo. Y aunque las soluciones propuestas por unos u otros, al margen de su intención, por muchos sean presentadas como derivadas del mensaje evangélico, recuerden que a nadie le es lícito en esos casos invocar la autoridad de la Iglesia en su favor exclusivo . Procuren siempre, con un sincero diálogo, hacerse luz mutuamente, guardando la debida caridad y preocupándose, antes que nada, del bien común “ (GS, 43)
La Iglesia española había, después del Vaticano II, avanzado mucho en este sentido. El cardenal Enrique Tarancón marcó un hito en el empeño de cumplir las pautas del Vaticano II, de modo que ningún partido político pudiera apropiarse de la autoridad de la Iglesia, mostrando de hecho su imparcialidad y libertad.
Son demasiadas las cosas que llevamos presenciando en estos últimos años, y no precisamente en el camino de esa neutralidad.
No tengo duda de que los obispos españoles leerán alguna vez las palabras que ellos mismos dejaron escritas en la Asamblea Plenaria del 73: “Los obispos pedimos encarecidamente a todos los católicos españoles que sean conscientes de su deber de ayudarnos, para que la Iglesia no sea instrumentalizada por ninguna tendencia política partidista, sea del signo que fuere. Queremos cumplir nuestro deber libres de presiones. Queremos ser promotores de unidad en el pueblo de Dios educando a nuestros hermanos en una fe comprometida con la vida, respetando siempre la justa libertad de conciencia en materias opinables” (Asamblea Plenaria, (17ª), 1973).
Han pasado muchos años desde entonces. Y el retroceso es evidente. La gente acaba viendo que una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.
Persiste todavía un clericalismo fuerte, amasado por siglos, que identifica la Iglesia con el clero y la identifica con el poder hegemónico, si no absoluto, que ese clero ha ejercido en largas épocas de la historia.
Ese poder es el que añoran y desde el que todavía pretenden gobernar hoy. El poder ensoberbece y más cuando se cree ejercerlo en nombre de Dios. Entonces, la razón, el argumento, la llana verdad del pueblo y del sentido común, el caminar a ras con el pueblo, el dejar a un lado privilegios y prepotencias, resulta imposible: “Las condiciones de vida del hombre moderno han cambiado tan radicalmente en sus aspectos social y cultural, que hoy se puede hablar de una nueva era de la historia humana” (GS, 54). “La Iglesia que, dice el concilio, ha vivido en variedad de condiciones y ha sabido emplear los hallazgos de las culturas diversas de la historia, no se siente ligada exclusivamente o indisolublemente a ninguna raza o nación, a ningún género particular de costumbres, a ningún modo de ser, antiguo o moderno y puede entrar en comunión con las diversas civilizaciones. Por esa razón, la cultura, que evoluciona constantemente, requiere una justa libertad para desarrollarse y goza de una específica inviolabilidad” (GS, 58).
El mismo concilio, y debiéramos los católicos anotarlo y asimilarlo, concluye: “El cambio de mentalidad y de estructuras plantea, frecuentemente, la revisión de todo lo que hasta ahora se consideraba un bien. Las instituciones, las leyes y los modos de pensar y sentir heredados del pasado, ya no siempre parecen adaptarse bien al estado actual de cosas… La humanidad pasa de una concepción estática de la realidad a otra más bien dinámica y evolutiva, que plantea una serie de problemas que requieren la búsqueda de nuevas soluciones y síntesis” (GS, 5).
Estas palabras del concilio contienen, para los católicos que de verdad se lo propongan, un cambio radical en el modo de vivir y presentar hoy el cristianismo. La ignorancia, más que nada, -aunque no sólo- hará que unos sigan en el pasado y otros en el presente.

Tercera: ¿No tiene el Parlamento autoridad moral para declarar leyes?
Resultan sorprendentes las palabras que, en un determinado momento, pronunció Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española: “ Todas las cosas del hombre son objeto de la Teología. El Magisterio de los obispos abarca todas las cuestiones de fe y moral… El Parlamento no es una autoridad moral, es una institución política. Nadie más puede legislar que él, y sus leyes deben cumplirse si son justas, pero no es una institución moral”.
Estas afirmaciones suponen, como es natural, una determinada concepción de la ley, de la moral y de las instituciones. Una de las funciones de todo gobierno democrático es legislar, de acuerdo al Bien Común y con la garantía de un consenso democrático mayoritario. Las leyes, ciertamente, no bajan del cielo ni vienen de la nada. Son expresión de lo que una sociedad –en este caso democrática- piensa debe hacer para respetar la dignidad humana y garantizar los derechos y deberes de todos. Esa expresión, a su vez, no puede ser fruto del capricho, de la arbitrariedad, del despotismo o de unos intereses particulares. La base y medida de las leyes es la realidad y, en este caso, de la realidad de la persona . Los legisladores tratan de elaborar leyes mirando, conociendo y respetando las exigencias de la persona.
En ese sentido, las leyes –si son leyes de verdad- no pueden ser neutras, amorales o inmorales , no tienen más valor que el que los legisladores con todos sus medios y conocimientos extraen de la realidad de la persona. La persona limita toda extralimitación o abuso, que pretenda atribuirse cualquier instancia legislativa. Y, en ese sentido también, las instancias que legislan no son neutras, inmorales o amorales , más bien se revisten de autoridad moral, aquella que les confiere su título de ser conocedores e intérpretes responsables de la realidad de la persona.
La moralidad no depende de la voluntad de nadie, sea civil o eclesiástica; nadie puede por voluntad propia determinar lo que es justo o injusto, malo o bueno, decente o indecente, conveniente o desaconsejable. Sería este el camino de todo despotismo: es bueno lo que a mi me da la gana y lo que yo dictamino como tal. Toda realidad (y me refiero ahora a la persona) contiene un significado, unas exigencias, unas propiedades, unos valores, unos derechos o deberes, que es preciso conocer e interpretar y el conocer eso no es cometido de la voluntad sino de la inteligencia. Leer (legere, lex, ley) la realidad, entrar en ella, conocerla, para luego promulgarla en leyes y hacerlas respetar, es lo que hacen los legisladores. En ese sentido, tienen autoridad moral, porque hacen de conocedores e intérpretes, de mediadores entre la realidad que estudian y el anuncio que hacen de ella a los ciudadanos.
Cualquiera que analice las cosas serenamente advierte que este adoctrinamiento, hoy, es imposible: hay libertad de cátedra, los libros no son censurados, los profesores son elegidos mediante concurso, el los centros privados son seleccionados por la titularidad del Centro, etc.
El Parlamento tiene , en el orden humano, (cuando se trata de cuestiones individuales, sociales, culturales, políticas, religiosas) la autoridad moral que le confiere una sociedad democrática, no para fijar por voluntad el contenido de las leyes, sino para estudiarlo, entenderlo, discernirlo y promulgarlo. La realidad es fuente (no la voluntad del que manda o legisla) de la moralidad y esa realidad delimita toda búsqueda y es la que demanda que se la conozca, divulgue y respete.
¿En virtud de qué el magisterio episcopal habría de tener el monopolio sobre todas las cuestiones que atañen a la moral? La realidad natural de la persona, como fuente de moralidad, es anterior e independiente de la intervención del magisterio episcopal, posee un significado y una autonomía que no depende de la voluntad de dicho magisterio y sobre ella tiene competencia de inquirir , aclarar y establecer su significado cualquier inteligencia humana , sea la de los parlamentarios, la de la CEE o de cualquier otro grupo, pero sin exclusividad.
En esa búsqueda, confieren autoridad moral los argumentos de quienes mejor y más acertadamente describan y aseguren el conocimiento y respeto de la realidad analizada..
El concilio Vaticano II tiene sobre esto un magisterio cristalino. El significado y leyes de que están dotadas todas las cosas creadas no están a merced de la manipulación de nadie, son autónomas y consistentes, nadie las puede negar o expropiar y ese significado hay que profundizarlo día a día, en la ininterrumpida evolución del saber , que nos va precisando cada vez más su sentido, sus exigencias morales y las contradicciones que con ellas, por ignorancia, fanatismo y otras razones, hemos ejercido a lo largo de la historia.
Ese respeto progresivo, resultado de una mejor comprensión humana, corresponde a la voluntad divina, de modo que oponerse a él o negarlo es ir contra aquel que nos ha dotado de la ley dinámica del conocimiento.
Es obvio que en el campo del conocimiento hay un cruce entre el saber racional y el de la fe, pero no tiene por qué ser un cruce excluyente, pues el creyente debe moverse, con naturalidad, como ciudadano y como persona, dentro del saber racional y el no creyente, además de compartir su búsqueda con el creyente, puede acceder al campo de la fe con respeto y potenciar seguramente aspectos comunes.
Los obispos tienen derecho a opinar sobre todas las cuestiones humanas, y pueden elaborar documentos. Pero deben entender y respetar que otros grupos o personas, católicas o no, puedan opinar de otra manera, si se trata de cuestiones humanas, en las que cabe un pluralismo legítimo y sobre las que ni los mismos católicos vienen obligados a expresar un
pensamiento uniforme: “Háganse luz mutuamente, guarden la debida caridad y busquen sobre todo el bien común” (GS, 43).

LA ACTUACION DE LOS CRISTIANOS EN UNA SOCIEDAD LAICA

Novedad del tema

No deja de ser llamativo el que, en los últimos meses, un tema como éste haya ocupado páginas y comentarios importantes en los “medios”.
¿De qué se trata? Porque yo creía que era un tema del pasado, que estaba más o menos asimilado. Y, de pronto, salta a la opinión pública en términos obviamente politizados.
No vamos a entender nada si, como premisa, no partimos de un hecho fundamental: se trata de comprender que, lo que aquí se ventila, es una cuestión vieja, enraizada en los más profundos repliegues de la cristiandad.
Una Iglesia, institucional y clerical por más señas, ha construido un mundo religioso propio, autosuficiente, enteramente separado del mundo civil. Ese mundo sería el único que, frente a los cambios y progresos de la modernidad, seguiría teniendo valor, a la hora de delimitar la suerte moral de la sociedad y de la humanidad.
Esta Iglesia se ha hecho a base de detentar el monopolio de las cuestiones morales, del sentido profundo de lo humano, con una desconfianza radical hacia otras instancias que no sean las suyas. Por eso, esta Iglesia, ante el alza del movimiento civil ético, que reivindica validez y autonomía para resolver esas cuestiones, se siente amenazada y desplazada del lugar preeminente que siempre ha gozado en la sociedad. Desplazamiento que se lo denomina marginación, acoso, persecución.
¿Cómo hacemos para llegar al centro del problema?
Yo creo que el enfoque está en superar un pertinaz dualismo, impropio del Evangelio, que nos ha llevado a plantear antagónicamente lo humano y lo cristiano. Lo humano estaría en el arrabal de lo perdido y lo cristiano en el cenit de lo valioso, con oferta de caminos y medios para lograr la plena salvación: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”, sería el lema. Planteamiento dicotómico que transpira desconfianza hacia lo humano y enaltecimiento de lo cristiano.
Yo invito a ponderar el significado de este planteamiento que, ciertamente, fue superado en el concilio Vaticano II, y que nunca debiera haberse dado de haber seguido las pistas del Evangelio. Pero estoy tan convencido de su enorme influjo que me resulta difícil no descubrirlo en unas u otras dimensiones de la vida cristiana. El menosprecio del mundo, la fuga de la ciudad secular, la devaluación de los valores terrenos, la anulación de la persona, la subestima y desconfianza extrema en sí mismo, el ensalzamiento del autoritarismo y de la obediencia ciega, el repudio de la política y de la historia como lugar para la siembra y crecimiento del Reino de Dios, era una invitación a dimitir de esta vida, a desposeerse de sí mismo y entregar el asunto de la propia salvación en manos de instancias externas, depositarias de esa salvación otorgada por Dios.
Si la Iglesia era la administradora, en exclusiva, de esa salvación, quedaba asegurada triplemente una cosa: la veneración de ella como transmisora de la salvación divina, la dependencia de ella y el apartamiento de la realidad secular, como lugar del peligro y del pecado. En el fondo, una teología herética, nada católica, que negaba la bondad original de la obra de Dios, -del Dios Creador- como si nada tuviera que ver con la obra plenificadora del Dios histórico, revelada en Jesús: “No he venido, diría Jesús, a abolir la Ley y los Profetas, sino a darles cumplimiento (Mt, 5,17).
Sería instructivo analizar toda una tarea de formación ascética, espiritual y teológica donde se plasmaba este dualismo, y que reforzaba como consecuencia la sacralización del clero como mediador de la salvación y fomentaba un estilo de vida cristiano que se exilaba de los compromisos de la tierra y la historia. Ejemplo de esta espiritualidad monacal, convertida en santo y seña para todos los fieles, lo encontramos en el Kempis, forja y libro de cabecera de muchas generaciones .
Sólo desde esta premisa, puede uno explicarse la fuerte y agresiva reviviscencia que en nuestros días parece mostrar esta espiritualidad dualista, que añora la hegemonía de una Iglesia clerical y de un laicado cristiano pasivo y despersonalizado.
Han pasado más de 50 años después del concilio, pero las raíces viejas no se han cambiado ni se han visto sustituidas por la energía y savia de otras nuevas.

El postconcilio tuvo una corta fase primaveral, para pasar luego a una larga fase invernal. El intento solemne de ponerse a caminar con el mundo, en respeto, admiración y colaboración con él y acabar así con una larga historia de enfrentamiento y hostilidad, fue diseñado y ratificado por la doctrina conciliar. Pero pudo más la nostalgia de un modelo de Iglesia clerical, con primacía absoluta en la sociedad, y con postergación del protagonismo y de los ministerios laicales. La modernidad ponía en el centro al hombre, cantaba su dignidad y derechos, reclamaba justicia, igualdad, libertad y la Iglesia –clerical evidentemente- se atrincheraba en el pasado, en presupuestos y normas que reclamaban la primacía y monopolio de siempre.
Esta es precisamente la reyerta que hoy, paradójicamente, asoma y lanza sus últimas embestidas frente a un mundo adulto que demanda una Iglesia renovada, sin abdicar jamás de la dignidad, libertad y ética naturales.

7. HAZ ESTO Y VIVIRAS

Hay un pasaje en el Evangelio donde Jesús deja claro el criterio para obrar de quien quiera seguirle: amar, “Haz esto y vivirás”. No hace falta que recordemos el pasaje del buen samaritano.
Siempre ha estado claro que el amor y no su teoría ha sido el distintivo de los discípulos de Jesús. No hay mejor señal para conocerlos. Y son muchos los campos de vida individual y social donde hemos visto aplicado dicho principio.
Pero hay un campo donde la realidad es netamente contradictoria: el político. Ahí, la presunción es de que la política es irrredenta, empecatada como está por un poder de dominio, de injusticia y de egoísmo. En consecuencia, se la da como perdida e incompatible con la fe.
Los resultados están a la vista: individualismo feroz, insolidaridad, idolatría del tener, imposición de la ley del más fuerte. Y, en Occidente, somos mayormente cristianos, herederos de un mensaje de amor. Y, en España, presumimos de ser católicos, portadores del mismo mensaje.
Observando y analizando el panorama político de nuestro días, la impresión se nos queda en susto: corrupción, falsificación de los hechos, acorralamiento del adversario, descalificación, endiosamiento de las propias ideas. Se dicen cristianos lo que tal hacen, ¿pero son cristianos sus comportamientos? La simple pregunta reporta ironía y sarcasmo.
Sin embargo, la política es la gran oportunidad para la fe y el compromiso cristiano, porque en ella principalmente se barajan los medios, las estrategias y los fines que promueven y aseguran el Bien Común. El común vivir es el bien común, el amor abarca el bien de todos.
Es, por esta razón, que me parece urgente trasladar el amor al terreno político. El concilio Vaticano II lo hace con entera naturalidad: “Conságrense al servicio de todos con amor”.

   
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