Sociólogo y teólogo, cura “in partibus infidelium”, profesor en la Universidad Pública, vivo entre Valencia y Latinoamérica.

1ª ¿Te identificas (te sientes a gusto) con las posturas que está tomando actualmente la iglesia jerárquica española (hacia dentro y hacia fuera de sí misma) o, por el contrario, tienes dificultades? Si fuera esto último, ¿por qué?

Pertenezco a la generación de creyentes, que vivió el Vaticano II como irrupción de libertad, vocación y corajes. El Concilio conformó mi residencia mental y cordial.

Hoy constato que aquellas rutas conciliares se han secuestrado, por lo que sufro una profunda desafección y disonancia cognitiva con respecto a la Iglesia de la restauración: la que camina hacia el gueto, la que ignora a los testigos que construyeron historia, la que prescinde de la lucidez de algunos teólogos, la que rehabilita posiciones sectarias, la que ignora a la mujer, la que no practica en su interior la misericordia ni la cultura de los derechos humanos.

Me disgusta que la Iglesia no sea contemporánea, y encierre tanta polilla que se distancia de los modos de sentir, pensar y vivir de la gente sencilla. Este distanciamiento produce muchos damnificados. Sin ver cómo vive la gente, cómo son, qué quieren, qué les disgusta, que les preocupa no hay Iglesia de Dios.

Comparto la opinión del gran teólogo dominico francés, Yves Congar, en Diario de un Teólogo cuando apartado de la enseñanza y humillado, reconoció que “se me ha desprovisto de todo aquello en lo que he creído y a lo que me he entregado”.

Esta situación no se cancela con la existencia de un catecismo ni con un papa teólogo, ni con las manifestaciones en la Plaza Colon.

2ª ¿Cómo crees que podría ser y te gustaría que de hecho fuera la Iglesia en España?

Me gustaría que la Iglesia en España trajera “esa débil fuerza mesiánica” del “enano jorobado”, que tanto añoró Walter Benjamin en lugar de practicar la arrogancia y la autosuficiencia; que fuera capaz de despertar la bondad de todo ser humano, como hace el sanador herido en cercanía con sus gente.

Me gustaría una Iglesia centrada en los pobres, de carne y hueso, en aquellos que dejaron de esperar a causa del poder destructivo del capitalismo salvaje.

Creo en una Iglesia que se aleje de entusiasmos espirituales y soflamas carismáticas, como deseaba Pablo en 1 Cor, 12 y vuelva al seguimiento de Jesús que quedó conmovido por los gemidos de los que sufren y por las luchas históricas a favor de quienes están peor situados.

Una Iglesia sinodal, que no puede respirar con un solo pulmón. Sino que incorpora las voces de todos los pueblos, los carismas de dentro y de fuera; de la hora primera y de la tercera; de los gestores y de los disidentes. Y de este modo camine como Pueblo de Dios con una jerarquía que escucha y unos fieles que hablan, en colaboración activa, razón compartida y solidaridad compasiva, Iglesia cordial, con sujetos que aman y sienten, caen y se levantan, cantan y lloran, lejos de los invernaderos de afectos.

Tengo para mí que la renovación evangélica de la Iglesia vendrá por la irrupción de los pobres en nuestras vidas, ellos nos llevarán a nivel colectivo y personal al seguimiento de Jesús. La centralidad de los pobres y de los perdedores será lo único que abrirá avenidas hacia el Dios compasivo que trajina y acampa en los excluidos y perdedores. Cuando se reconozcan como sujetos eclesiales y encuentren en la Iglesia un espacio para articular su vida, sus luchas y sus resistencias, amanecerá un nuevo Pentecostés, que no sé si nos llevará al Vaticano III pero seguro que apunta hacia el Evangelio de Jesús.

   
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