VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

celibatoPara amarrar la ley, unifica en la misma fe celibato y ministerio
En el número 10 de la primera carta a los sacerdotes en el Jueves Santo de 1979, Juan Pablo II plantea aclaramente el problema con estas preguntas:
“- ¿Qué debe hacer la Iglesia, cuando parece que faltan sacerdotes, cuándo su falta se hace notar especialmente en algunos países y regiones del mundo?
– ¿En qué manera debemos responder a las inmensas necesidades de evangelización y cómo podemos saciar el hambre de la Palabra y del Cuerpo del Señor?”

Sabiendo que la Iglesia ha introducido cambios, al margen del Evangelio, responde:

“La Iglesia que se empeña en mantener el celibato de los Sacerdotes como don particular por el reino de Dios, profesa la fe y expresa la esperanza en su Maestro, Redentor y Esposo, y a la vez en el que es “dueño de la mies” y “dador del don” (Mt 9, 38; 1 Cor 7, 7) . En efecto, “todo buen don y toda dádiva perfecta viene de arriba, desciende del Padre de las luces” (Sant 1, 17). Nosotros no podemos debilitar esta fe y esta confianza con nuestra duda humana o con nuestra pusilanimidad”.

Adhiriéndose al “empeño” eclesial, coloca en el mismo nivel la voluntad divina y la eclesial. Es la ideología clerical del poder absoluto: Dios quiere lo que quiere la autoridad eclesial. Sabemos a dónde conduce este modo de pensar: las cruzadas, la inquisición, los juicios de Dios, guerras de religión, oposición a la democracia, incluso “corregir al Espíritu Santo” (Cf. González Faus: la autoridad de la verdad. Sal Terrae. Santander 2006. P. 110ss…).

Supone que la vinculación celibato-sacerdotes es voluntad de Cristo

“La Iglesia profesa la fe y expresa la esperanza en su Maestro, Redentor y Esposo, y a la vez en el que es “dueño de la mies” y “dador del don” (Mt 9, 38; 1 Cor 7, 7)”.

Es una clara manipulación del evangelio y de los textos paulinos. Jesús confía -tiene fe- en que el Padre (“dueño de la mies” y “dador del don”) dará trabajadores del Evangelio, y, por ello, invita a orar a los discípulos para que el Padre envíe operarios a su mies. Pero ni Jesús, ni Pablo, incluyen como voluntad divina el que dichos operarios sean célibes (“a todos -los cristianos- les desearía que vivieran como yo, pero cada uno tiene el don particular que Dios le ha dado; unos uno y otros otro” -1Cor 7,7-).

“Nosotros no podemos debilitar esta fe… con nuestra duda o con nuestra pusilanimidad”

En primer lugar, no pertenece a la fe de la Iglesia la vinculación ministerio-soltería por el Reino de Dios. La Iglesia primera y ahora la Iglesia católica oriental no lo comparten. Lo que es signo claro de que el celibato no pertenece por voluntad divina al ministerio. Por tanto, si se anula la ley actual, no por ello se debilita “esta fe”, porque no tiene por qué existir “tal fe” en la Iglesia. Sobre esto no hay “duda” ni “pusilanimidad” (ánimo pequeño, cobarde).

En segundo lugar, pidiendo la anulación de la ley celibataria, no sólo no debilitamos la fe cristiana, sino, al contrario, aceptamos la voluntad de Jesús de que no falten sacerdotes a su Iglesia por causa de nuestra injerencia. Fortalecemos la fe poniendo todos los medios humanos y divinos para que se realice la voluntad de Dios. Manteniendo la ley, tentamos a Dios exigiéndole que conceda vocación sacerdotal sólo a célibes. Así actuamos como el tentador: “si eres Hijo de Dios, tírate abajo…” (Mt 4,5-6; Lc 4,9-11). Decimos a Dios: “Si quieres sacerdotes, concédeles el celibato previo. Si no lo concedes (nuestra voluntad), no habrá sacerdotes (tu voluntad no se realizará, lo impedimos)”. En el fondo sabemos que esta exigencia es interesada: menos problemas para la autoridad eclesial, así el clero será más clase protegida, menos problemas económicos, matrimoniales, educativos…). Estas son las razones más profundas del inmovilismo eclesial ante la ley celibataria, por mucho que lo revistan de espiritualidad. Más fe demostraría la Iglesia si respetara, como Pablo, lo que cada uno decida, aunque “en lo humano pasarán sus apuros” (1Cor 7, 28). Es la encarnación en la realidad humana, en la que viven los cristianos, a quienes comprenderemos mejor si vivimos sus mismos avatares. ¡Qué fácil es aconsejar desde fuera y construir una ética ideológica, siempre interesada!

La solución del Papa: “convertirnos cada día”

“En consecuencia, todos debemos convertirnos cada día…, exigencia fundamental del Evangelio, dirigida a todos los hombres (Cfr. Mt 4, 17; Mc 1, 15.), y tanto más debemos considerarla como dirigida a nosotros. Si tenemos el deber de ayudar a los demás a convertirse, lo mismo debemos hacer continuamente en nuestra vida” (n. 10).

No deja de ser curiosa la contestación a estas preguntas:

– “¿Qué debe hacer la Iglesia, cuando parece que faltan sacerdotes…?

– ¿En qué manera debemos responder a las inmensas necesidades de evangelización y cómo… saciar el hambre de la Palabra y del Cuerpo del Señor?”

La Iglesia (la autoridad eclesial) no debe hacer nada ante la falta de sacerdotes, la necesidad de evangelización y la imposibilidad de poder celebrar la eucaristía en muchas comunidades. La autoridad ha puesto una condición para ser sacerdotes que no puso Jesús, que está impidiendo que muchos seminaristas no sigan adelante, y que muchos ministros “ordenados” tengan que dejar el ministerio por dicha ley. Y la Iglesia no tiene que hacer nada respecto de su proceder. Sólo invitar a los demás a convertirse más a Jesús y a su Evangelio. Como si esta ley humana fuera integrante del Evangelio y del seguimiento de Jesús. ¿No tendría que convertirse a la voluntad de Jesús?

Más aún: identifica la conversión a lo fundamental cristiano con aferrarse al celibato

“Convertirse es retornar a la gracia misma de la vocación…, la inmensa bondad y el amor infinito de Cristo, que… a cada uno nos ha dicho: `Sígueme´” (n. 10).

Esto es para todo cristiano: retornar a la gracia primera, y a todos sus dones y servicios.

“Convertirse quiere decir dar cuenta en todo momento de nuestro servicio, de nuestro celo, de nuestra fidelidad ante el Señor de nuestros corazones, para que seamos “ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios” (ICor 4, 1)” (n. 10).

Esto vale también para sacerdotes casados y solteros. Todos debemos ser fieles al amor pastoral.

“Convertirse es dar cuenta de nuestras negligencias y pecados, de la cobardía, de la falta de fe y esperanza, de pensar únicamente “de modo humano y no “divino”. Recordemos, a este propósito la advertencia hecha por Cristo al mismo Pedro (Cfr. Mt 16, 23.)” (n.10).

Es para todo cristiano. Bien haría la autoridad eclesial no “pensar de modo humano”, que es lo que está haciendo al vincular por ley celibato y ministerio. Esa sería su conversión: volver a la voluntad de Jesús que “no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1Tim 3, 2-5; Tit 1, 5-6)” (Pablo VI: encícl. “Sacerdotalis Caelibatus”, n. 5). Prefieren su comodidad a la libertad evangélica.

“Convertirse quiere decir… buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día, dominarnos, realizar conquistas Espirituales y dar alegremente, porque “Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9, 7.)” (n.10).

Esto es común a todo cristiano.

“Convertirse quiere decir “orar en todo tiempo y no desfallecer” (Lc 18, 1; Jn 4, 35)” (n. 10).

Orar como Dios quiere: pidiendo que se cumpla su vlontad, no la nuestra. Manteniendo la ley actual sobre el celibato, la Iglesia “se expone a luchar contra Dios” (He 5, 39). El estamento dirigente de la Iglesia debería escuchar el consejo del jurista judío Gamaliel a la sinagoga: “nos os metáis con esos hombres, dejadlos. Si su actividad es cosa humana, fracasarán; pero si es cosa de Dios, no lograréis hacerlos fracasar…” (He 5, 38-39). ¿Habrá alguna ley de la Iglesia más fracasada a través de toda su historia? La Iglesia ha atribuido los frutos buenos del celibato a su ley. Y no es verdad. Los frutos buenos son debidos al celibato por el Reino. Los frutos de la ley han sido y siguen siendo la represión psíquica, doble vida, hijos sin padres, mujeres invisibles, destierros, vivir desrealizados (sin poder realizar la vocación y el carisma sacerdotales, dados por Dios)… Con toda razón se preguntaba Pepe Mallo en su artículo de la semana pasada en este Blog:

“¿Puede el amor (matrimonial) ser tan indigno que por su causa se pueda restringir, condicionar y anular la vocación de una persona? ¿Puede el matrimonio convertir a alguien en inepto para ejercer el ministerio para el que ha sido llamado y `ordenado´ (con la unción eterna del Espíritu)?”.

Pues la ley actual del celibato supone tal “indignidad e ineptitud”. Por eso, urge anularla.

   
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