Alandar

Hoy quería hablar de autoridad eclesial, de manera que me calzo los zapatos de plomo y espero que no se vea oportunismo en el texto que sigue. Lo digo porque escribo justo cuando arrecian las críticas a la iglesia católica –y, en particular, a Benedicto XVI- por escandalosos asuntos de pederastia y el clero cierra filas en torno a su sumo pontífice, que reacciona responsabilizando a su vez a la “mezquindad de la opinión dominante”. El enroque ha sido tan desafortunado que incluso han conseguido ofender a judíos y anglicanos.

También crecen las voces que piden la dimisión del papa. No creo que, cuando ustedes lean esto, lo haya hecho. Y, si me equivoco, tengo para mí que no servirá de mucho. A modo de ejemplo, y más allá de la gravedad o la implicación personal en cada caso, el semanario alemán Der Spiegel, poco sospechoso de anticlericalismo, menciona estos días el caso de Margot Kässmann, obispa protestante de Hannover y presidenta de la Iglesia Evangélica alemana, que renunció a su cargo en febrero por dar positivo en un control de alcoholemia.

La comparación puede parecer extravagante, pero viene a cuento porque muestra a las claras los distintos modos de gobernar y, desde luego, las distintas estructuras de poder en las iglesias. A los grandes jerarcas católicos se les llena la boca hablando de “las diversas sensibilidades y la escuela de comunión que es la Iglesia”. Pero siempre acaban apelando a la sacrosanta unidad como valor supremo y a la autoridad de origen divino como argumento definitivo. Así, la comunión acaba siendo sumisión. Y cualquier crítica u objeción a la persona del papa, un ataque a todos los católicos. El resultado de este personalismo es que, al final, quien sale perdiendo es, en efecto, la Iglesia.

En el fondo, es una cuestión de ver –o no ver- la verdad del otro, reconocer que puede tener el mismo valor que la tuya y llegar a un consenso entre los dos. Es decir, algo tan viejo y tan de sentido común como ponerse en el lugar del otro. Los anglicanos –y los zulúes, como ahora verán- lo saben muy bien. La última conferencia de Lambeth, que reúne cada diez años a los obispos anglicanos de todo el mundo, parecía abocarse en 2008 a un estrepitoso fracaso –léase cisma- por diferencias en torno a la ordenación de mujeres obispos y el matrimonio homosexual. El encuentro, sin embargo, acabó no sólo con un acuerdo final respaldado por los 657 obispos participantes, sino en un ambiente “globalmente positivo, incluso excelente”, en palabras de Bernard Ntahoturi, primado de Burundi.

¿Cómo lo consiguieron? Cambiando el método de trabajo. En lugar de las habituales sesiones plenarias, con fastidiosas votaciones de innumerables resoluciones y enmiendas, eligieron un sistema inspirado en una tradición zulú: el “indaba” o reunión de pequeños grupos de 8 obispos, primero, y 40 después, antes de la puesta en común. Este sistema permitió una mejor comprensión mutua: los occidentales pudieron percibir el sufrimiento de los africanos o la humillación de los dalits en India, mientras que los prelados del sur encontraron eco en sus colegas americanos a sus reticencias sobre la bendición de las parejas homosexuales.

Como señaló Thabo Makgoba, arzobispo de Ciudad del Cabo, “el indaba es escuchar a un hermano decir: “Estoy teológicamente en desacuerdo contigo, pero no dejaré la comunión”. Con él, hemos compartido nuestras convicciones respetándonos unos a otros”. “Aprender del otro no significa necesariamente estar de acuerdo con él, sino estar seguro de haber hecho todo lo humanamente posible para comprenderlo”, recordó, por su parte el primado de la Comunión anglicana, Rowan Williams.

Pero los máximos expertos en esto de la colegialidad son, sin duda, los ortodoxos, tradicionales y firmes sostenedores de la teología de la comunión. En la iglesia ortodoxa, el primado, el patriarca o el arzobispo que preside un sínodo no tiene más peso o autoridad que el resto; forma parte del grupo con el mismo título que sus pares. Las decisiones se toman siempre por consenso, prácticamente por unanimidad. Para que haya concordia, todo el mundo tiene que ponerse de acuerdo. Este sistema de colegialidad tiene, claro, sus límites: alcanzar el consenso lleva tiempo y a veces no se llega a nada. Los distintos patriarcados, por ejemplo, llevan medio siglo preparando un concilio pan-ortodoxo y aún no han podido convocarlo. Pero con paciencia también se consiguen cosas: recientemente, las dos iglesias rusas, la del interior y la de la diáspora, se han reunificado tras un cisma que ha durado 80 años, y algo similar está ocurriendo ahora en Ucrania. “Para decisiones rápidas, un sistema piramidal sería más eficaz”, reconoce el archimandrita ortodoxo Job Getcha. “Pero algunos problemas, si descartan con demasiada rapidez, acabar por resurgir tiempo después. Como dice un proverbio africano, “si quieres ir deprisa, marcha sólo; si quieres ir lejos, marcha con los demás”.

Algunas voces, incluso católicas, reclaman la práctica del indaba o un método similar en el diálogo ecuménico para llegar a esa deseada unidad de todos los cristianos. Aunque si queremos ir lejos de verdad, el siguiente paso sería alcanzar una colegialidad que no fuera sólo clerical. Pero eso, me temo, es otra –y mucho más ardua- historia.

   
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