VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Revista alandar
El pasado 22 de enero se inauguró un nuevo templo en la Urb. La Paz, del Puerto de la Cruz (Tenerife), con el boato y solemnidad del ritual propio para estos casos. Una ostentación que se venía poniendo de manifiesto con ese “mote” admirativo de “La Catedral”, conque el nuevo párroco –artífice de la construcción, conjuntamente con su coadjutor– quiso mostrar “el gran cariño que ha puesto en su obra”.

Afortunadamente, el obispo puso algo de aire fresco en aquel ambiente protocolario, al remitir a los orígenes, recordando que en la Iglesia al principio no había templos, que las primeras comunidades se reunían por las casas y lo compartían todo. Más tarde, emulando a la catedral romana (pagana), aparecerían los grandes templos y basílicas (de “basileus”= rey), de forma que la reunión de los cristianos empezó a celebrarse, diríamos, en la “casa del rey”, o sea, en palacios. Y aunque hoy se tiende a construir edificios más pequeños, es preciso decir que no entró en el proyecto de Jesús, ni aparece en todo el Nuevo Testamento, el erigir templos como lugares de culto o para la prestación de determinados servicios religiosos. Más bien, ante quienes se quedan admirados por la belleza del templo y sus adornos, Jesús advierte: “no quedará piedra sobre piedra” (Lc 21,5-6). Como se ha constatado en la historia, pasada y reciente, con numerosos ejemplos. En definitiva, lo importante no es el lugar de reunión, sino la comunidad.

Los templos del milagro

No hace mucho, en una televisión local (ATV), se agradecía a estos dos sacerdotes la gran labor realizada con la construcción de sendos templos, tanto en La Paz como en El Tejar: “un trabajo incansable”, “dos templos ‘de esa categoría’ en tan poquitos años”, “han hecho un milagro”. Y es que “esta gente trabaja con oro, diamantes y no sé cuantas cosas”, apostillaba el entrevistador. Todo un lujo. Al fin y al cabo, una casa “digna” para el Señor, “que se le hace para que Dios esté con nosotros”, se puntualizaba. Ninguna referencia a los feligreses de “Los Dolores y S. Felipe” (su anterior parroquia) y su esfuerzo durante años por recaudar una importante suma de dinero. Y así se levantó el edificio de bloques y cemento, incluyendo “decoraciones muy especiales”. Pero, ¿se construyó también la comunidad?; ¿en qué situación dejaron la parroquia?; ¿se podría hablar de división y, aún más, de exclusión? En cualquier caso, habría que precisar que la comunidad cristiana, cuerpo de Cristo, es el verdadero Templo de la nueva Alianza, el nuevo “templo de piedras vivas” (1 Pe 2,5); que sus miembros son “templos de Dios y en ellos habita el Espíritu de Dios” (1 Cor 3,16-17); y también, que a Dios se le ha de adorar, no en un determinado lugar, sino “en espíritu y en verdad” (Jn 4,20-24).

Nichos en los templos

Más grave es lo del “columbario” (nichos para guardar las urnas cinerarias) del nuevo templo de La Paz, donde –se dijo– “queremos poner 9.700 personas en cenizas”. Armario que “está costando en torno a 21 millones de pesetas”, pero no hay problema ya que su rentabilidad está garantizada: “quien nos dé un ‘donativo’ de 1000 €” puede poner sus cenizas ahí el día de mañana o de los seres queridos que han sido incinerados. Haciendo cuentas salen 9.700.000 € en total, ¡más de 1.600 millones de pesetas! Un negocio redondo, que se suma al ya conocido “negocio de la muerte”. Resulta también escandaloso que se acuda al medio televisivo con el fin de publicitar y “vender el producto”, con frases como: “los primeros que vengan van a ir debajo del sagrario”; “vamos, el que quiera coger ya un buen puesto…y además ahora estarán hasta más favorables que más tarde”; “todos los días se ofrecerá también la oración y la Eucaristía”; “la segunda intención de la misa va a ir destinada por ellos”; y, por si fuera poco, es “de por vida”. Sin olvidar que “le desgrava de su declaración de la renta” y que cuenta “con todos los permisos de sanidad y del obispado”. Finalmente, para justificar el objetivo pretendido, se alude a una ley vaticana (¿otra ley “humana” más?) que prohíbe esparcir e, incluso, guardar en casa, las cenizas de los cristianos.

Llaman a dicho lugar “capilla de la resurrección”, supuestamente en la creencia de que esas cenizas estarían llamadas a resucitar. Sin embargo, cuando preguntan a S. Pablo: “¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida?”, aquél responde: “¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere. Y lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano. Y Dios le da un cuerpo a su voluntad: a cada semilla un cuerpo peculiar”. Para añadir después: “Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Cor 15,35-38.44). Además de tener un enfoque medieval del juicio final, parece ignorarse lo que hoy se considera doctrina común de fe (catequesis posconciliar, liturgia renovada, teología actual): que la resurrección, sea como sea, acontece ya en el momento de la muerte. Por lo demás, todos los creyentes que formamos la Iglesia, somos ya partícipes de la salvación (cf. Hch 2,47).

El templo convertido en un mercado, que denunció Jesús (cf. Jn 2,16), vuelve a ponerse en evidencia una vez más. Pero no, no es esta la Iglesia que queremos y deseamos vivir como comunidad cristiana. Por eso y por amor a nuestra Iglesia, denunciamos también públicamente estos hechos, que ensombrecen, distorsionan y ocultan la luz del Evangelio. Son, asimismo, un escándalo para muchos de los que estamos dentro de esta Iglesia y, especialmente, para quienes están fuera o lejos de la misma y, quizás por ello, no se acercan.

   
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