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En la introducción de su escrito en Orientación (10 de diciembre de 1978) sobre el documento pastoral con instrucciones presacramentales, Monseñor Romero escribe:
“Cuando un hombre acoge con sinceridad la buena nueva, o sea, el Evangelio, se reúne con otros que también quieren seguir con sinceridad el espíritu del Evangelio para formar una comunidad que busca y trabaja por construir y vivir el reino anunciado por Jesús. Esos hombre y mujeres, que por eso se llaman cristianos, constituyen una comunidad que se alimenta del Evangelio – se evangeliza – y, a la vez, siente el deber de anunciar a otros el tesoro encontrado – evangeliza -.”

Es difícil comprender lo que Monseñor Romero escribe sobre la necesidad, la importancia y el significado de los sacramentos, sin comprender de lleno el párrafo arriba citado o aún más sin vivir en la práctica el camino que ese párrafo describe. Así que vamos a dedicar esta reflexión a la exploración de ese párrafo.

El punto de partido de una comunidad eclesial es que un hombre /una mujer acoge con sinceridad la buena nueva, el Evangelio de Jesús y que va en búsqueda de otros hombres y mujeres que también quieren seguir con sinceridad el espíritu del Evangelio. Aquí recordamos lo que el Etíope contestó a Felipe (He 8,31): Si nadie me explica, ¿cómo voy a entender? Si nadie nos habla de Jesús, si nadie nos comparte con su vida la buena nueva de la vida de Jesús, ¿cómo alguien puede conocerlo, amarlo y seguirlo con sinceridad? Uno de los problemas que enfrentamos hoy es que en las iglesias se ha dedicado mucho más importancia a enseñar doctrinas y normas (litúrgicas, morales,…) que a dar a conocer a Jesús. Al otro lado en nuestros tiempos se dan tantos relatos sobre Jesús, tantas interpretaciones, tantas diversas lecturas que no es fácil saber dónde y cómo descubrir e ir al encuentro del verdadero Jesús. El mismo anunció que iban a surgir muchos falsos profetas que iban a hablar en su nombre (Mt 24,4-5). La Iglesia tiene la responsabilidad de dar testimonio fiel y de dar a conocer fielmente la vida, el asesinato y la resurrección de Jesús. Y esto debe realizarse sin intereses políticos.

Si hombre y mujeres logran acoger con sinceridad el Evangelio y empiezan a seguir con sinceridad el espíritu del evangelio, entonces van a formar una comunidad fraterna. Su misión comunitaria es “buscar y trabajar por construir y vivir el reino anunciado por Jesús.” Monseñor utiliza tres verbos: buscar el reino, trabajar por construir el reino y vivir el reino anunciado por Jesús. Nos parece que los tres verbos son importantes.

En primer lugar hay que buscar el reino que ya está presente, quizás en pequeños núcleos o espacios o testimonio. Quien no vive atento por descubrir esas presencias del Reino, jamás podrá ser un trabajador en la construcción del Reino. Luego hay que lanzarse a trabajar por construir el reino. Esas semillas del reino exigen cuido y atención. Habrá que hacer pasos nuevos para ir construyendo fraternidad, solidaridad, libertad, verdad, justicia, misericordia,… Todo esto no será posible si desde la comunidad eclesial las y los cristianos no viven el reino anunciado por Jesús. La vida misma, la vida personal, la vida de pareja, la vida de familia, la vida entre los vecinos, la vida entre compañeros/as de trabajo,… debe ser testimonio vivo del Reino que se pretende anunciar y construir.

Por último, Monseñor Romero menciona del doble movimiento de evangelizarse en la comunidad eclesial y de evangelizar fuera de la comunidad. El pequeño núcleo de aquellos hombres y mujeres que desean vivir como Jesús formando comunidad tienen la necesidad de alimentar su fe, su compromiso, su entrega. Nunca conocemos de verdad a Jesús. En cada circunstancia de la vida, con su alegría y su sufrimiento, sus logros y sus fracasos, podemos descubrir nuevos aspectos de la vida y del mensaje de Jesús. Es tan importante volver siempre a Jesús, aprender a leer y reflexionar los evangelios. Monseñor llama esa dinámica: evangelizarse. Pero no basta, la comunidad eclesial está fundamentalmente comprometido en la dinámica hacia afuera, hacia otros hombres y otras mujeres.

Monseñor lo llama: evangelizar. Quien de verdad ha acogido el mensaje y la persona de Jesús siente el deber de compartir ese tesoro que ha descubierto para su vida. Muchos/as viven un ritualismo religioso superficial o social porque nadie les hablado de ese tesoro, de la vida de Jesús. Y es un deber, un no poder hacer de otra manera. Quien recibe el Evangelio con gozo y lo vive, no para de anunciarlo a otros: evangeliza. (3 de enero de 2020)

   
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