VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

AIS

La reciente ofensiva del Ejército israelí en Gaza, denominada “Nubes de Otoño” y saldada con decenas de civiles muertos (entre ellos 19 miembros de una misma familia), refuerza la sensación de irracionalidad en el ejecutivo del primer ministro Ehud Olmert, obsesionado por romper al gobierno bipartito palestino pero, al mismo tiempo, condicionando al Estado israelí a una condena formal en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Con los ecos aún frescos de su derrota militar ante el movimiento islamista Hizbulah en el sur del Líbano, las fuerzas armadas israelíes profundizan en los territorios palestinos una criminal política de autodefensa que tiene a los civiles como principales perjudicados pero que, paradójicamente, refuerza la potencialidad de su principal enemigo, el movimiento islamista Hamas, que acaba de romper la tregua que frágilmente se mantenía desde hace meses con el Estado israelí, anunciando la renovación de los temidos atentados suicidas.

Con todo este escenario, resulta un enigma interpretar cuáles son los cálculos que en Tel Aviv realizan sobre el actual panorama regional y las posibilidades de activar los mecanismos de diálogo. La inclusión del líder ultraderechista y antiárabe Avigdor Lieberman en el gobierno de Olmert, con la única finalidad de asegurar cuotas de poder para un primer ministro en la cuerda floja tras la vergonzosa derrota en el Líbano, contribuye a fomentar aún más la radicalización políticas hacia sus vecinos palestino, sirio y libanés, sin olvidar las reacciones que esta movida política pueda causar en Irán.

Al mismo tiempo, informes militares israelíes auguran una posible confrontación militar con Siria y Líbano en los próximos meses, acusando al Hizbulah de fomentar un clima de tensión que puede acabar con el frágil gobierno libanés del primer ministro Fuad Siniora, lo cual renovaría la espiral de violencia parcialmente cerrada en agosto pasado.

Las constantes idas y venidas entre Al Fatah y Hamas para formar gobierno en la Autoridad Nacional Palestina y la reciente ofensiva militar israelí contra el contrabando de armas en Gaza, colocan al gobierno de Olmert en un callejón sin aparente salida, ya que podría estar perdiendo a los interlocutores palestinos más moderados, tales como el presidente Mahmud Abbas, y apoyos políticos externos, como por parte de un estratégico aliado militar como Turquía.

Tanto Abbas como el gobierno turco acusaron a Israel de cometer un “crimen de guerra” contra civiles mientras el Alto Mando Israelí, criticado internamente por su derrota en el Líbano, se apresuró a pedir disculpas y prometer una investigación que esclarezca lo que consideraron fue un error.

Ante el cambio en el equilibro de poder en Washington, con un Congreso y un Senado en manos del partido Demócrata y el presidente George W. Bush en sus horas más bajas, la estrategia israelí se mueve entre lo irracional y la desesperación. Washington está más concentrado en Irak e Irán, así como desacreditado regionalmente para implementar una política de negociación que reabra las puertas de pacificación entre palestinos e israelíes.

Por otro lado, la apuesta de Olmert por Lieberman puede ser una efectiva táctica política interna pero con efectos desastrosos en política exterior, ya que anunciaría una mayor radicalización desde Tel Aviv y daría alas a Irán y sus aliados Siria, Hizbulah y Hamas. Del mismo modo, la población árabe y palestina en Israel podría sufrir los embates de una política oficial xenófoba por parte de un Lieberman que defiende la expulsión de los árabes del Estado israelí.

Mientras los políticos manejan torpemente los hilos, la población palestina se desangra entre los ataques militares israelíes, la indiferencia internacional y la miseria en los territorios ocupados. Y la pasividad de la sociedad israelí ante la criminal política oficial parece avalar esta desastrosa estrategia.

(*) Roberto Mansilla Blanco es Analista del IGADI (Instituto Gallego de Análisis y Documentación Internacional)

   
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